Diez años después del Brexit: ¿la renuncia de Keir Starmer ou el agotamiento del modelo británico?
- CERES

- 24 jun
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El calendario político a veces depara símbolos marcantes. La renuncia de Keir Starmer, anunciada en la víspera del décimo aniversario del referéndum sobre o Brexit, pertenece a esa categoría de eventos que van mucho más allá de la trayectoria personal de un líder. Se trata de algo más que una crisis gubernamental o un simple incidente parlamentario. Surge como el punto culminante de una década de turbulencias que ha transformado profundamente el Reino Unido, su economía, su sistema político, su cohesión social e incluso su lugar en el mundo.
Cuando los británicos votaron, el 23 de junio de 2016, a favor de la salida de la Unión Europea, tomaron una decisión cuya magnitud histórica pocos evaluaron en ese momento. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ningún país occidental había optado voluntariamente por retirarse de un bloque económico y político tan integrado. Detrás del lema “Take Back Control” (Recuperar el control), se delineaba entonces la promesa de un renacimiento nacional. El Reino Unido debía recuperar su plena soberanía, retomar su vocación global y liberarse de las restricciones impuestas por Bruselas.
Diez años después, el balance es más ambiguo. Es verdad que el Reino Unido dejó las instituciones europeas y recuperó la total autonomía jurídica y regulatoria. Pero esta victoria política vino acompañada de una serie de consecuencias económicas, sociales y geopolíticas que continúan, hasta hoy, moldeando el debate nacional. Más aún, el Brexit parece haber revelado fragilidades profundas que ya existían en la sociedad británica y que este ayudó a ampliar.
La caída de Starmer no es, por lo tanto, solo la de un primer ministro. Constituye el último episodio de una crisis más amplia: la de un país que aún tiene dificultades para definir su identidad estratégica en el mundo pos-Brexit.
A) Una economía que nunca recuperó su impulso
Para comprender la situación actual, es necesario volver a una de las promesas fundamentales de los defensores del Brexit: la de una prosperidad recuperada. El argumento económico estaba en el centro de la campaña del “Leave” (Salir). Una vez libre de las regulaciones europeas, el Reino Unido debía convertirse en una economía más ágil, más competitiva y más orientada a los mercados mundiales.
Sin embargo, las cifras observadas a lo largo de la última década cuentan una historia diferente.
Incluso antes del Brexit, la economía británica sufría de un problema crónico de productividad. Desde la crisis financiera de 2008, el crecimiento de la productividad se había convertido en uno de los más bajos del mundo desarrollado. El referéndum de 2016 no creó esta debilidad, pero introdujo una nueva fuente de incertidumbre que pesó de forma duradera sobre las inversiones.
De acuerdo con las estimaciones del Office for Budget Responsibility, se prevé que el Brexit reduzca, a largo plazo, el volumen del comercio británico en cerca de un 15% en comparación con una situación de permanencia en la Unión Europea. Esta contracción no resulta de una ruptura abrupta, sino de la acumulación de múltiples costos administrativos, aduaneros y regulatorios que ahora hacen más complejas las relaciones comerciales con el principal socio comercial del país.
El paradoja es aún más marcado, ya que la Unión Europea sigue siendo, hasta hoy, el principal destino de las exportaciones británicas. A pesar de las ambiciones declaradas de una “Global Britain” (Gran Bretaña Global), los acuerdos comerciales firmados con Australia, Nueva Zelanda o varios socios asiáticos nunca compensaron la importancia del mercado europeo.
Esta realidad queda clara en los resultados económicos observados en los últimos diez años. Entre 2016 y 2026, el crecimiento británico permaneció consistentemente inferior al de los Estados Unidos y, a menudo, comparable al de las economías más frágiles de Europa Occidental. Las proyecciones de la OCDE para 2026 apuntan a un crecimiento inferior al 1%, mientras que la inflación permanece por encima de las metas del Banco de Inglaterra.
Aún más preocupante es la caída progresiva del nivel de vida. De acuerdo con varios estudios académicos, el PIB británico estaría hoy varios puntos por debajo de lo que habría sido en un escenario contrafactual de permanencia en la Unión Europea. Aunque las estimaciones varían según las metodologías utilizadas, la mayoría converge en la idea de un costo económico sustancial.
Esta estancación se ha vuelto particularmente visible en las regiones que, sin embargo, habían apoyado masivamente el Brexit. Las antiguas zonas industriales del norte de Inglaterra, de las Midlands o de Gales continúan presentando indicadores socioeconómicos preocupantes. Las disparidades territoriales que caracterizan a la economía británica desde la era Thatcher no han desaparecido; en algunos casos, incluso se han acentuado.
B) El retorno de la cuestión social
Uno de los grandes errores de análisis cometidos tras el referéndum de 2016 fue considerar el Brexit como un simple voto sobre Europa. En realidad, se trataba también de un inmenso grito de protesta social.
En muchas ciudades industriales afectadas por la desindustrialización, el referéndum se convirtió en el vehículo de una rabia acumulada a lo largo de varias décadas. Los electores expresaban menos un rechazo a Bruselas que un rechazo a un modelo económico percibido como incapaz de cumplir con sus expectativas.
Esta división continúa hoy atravesando a la sociedad británica.
Las dificultades del National Health Service (NHS) (el sistema de salud pública del Reino Unido) constituyen probablemente el ejemplo más emblemático de esta crisis. Considerado durante mucho tiempo una de las instituciones más respetadas del país, el sistema de salud británico enfrenta una presión creciente relacionada con el envejecimiento demográfico, la escasez de personal y la falta crónica de inversión. Las listas de espera alcanzan niveles históricamente elevados, mientras que las restricciones presupuestarias limitan la capacidad de reforma.
En paralelo, la crisis inmobiliaria se ha agravado. En muchas regiones, especialmente en el sur de Inglaterra, el acceso a la vivienda propia se ha vuelto inaccesible para una parte significativa de las generaciones más jóvenes. Esta evolución alimenta un sentimiento de declive social que ahora afecta incluso a la propia clase media.
El aumento del costo de vida observado tras la pandemia y, posteriormente, tras la crisis energética relacionada con la guerra en Ucrania, acentuó esta dinámica. Aunque el Reino Unido fue presentado durante mucho tiempo como una de las economías más dinámicas del mundo occidental, una parte creciente de la población tiene la sensación de que el progreso económico ya no beneficia a la mayoría.
C) La fragmentación del sistema político británico: ¿el fin del modelo de Westminster?
Una de las consecuencias más profundas del Brexit es, sin duda, la transformación del propio sistema político británico. Durante casi un siglo, el Reino Unido fue presentado como la personificación de la estabilidad parlamentaria. El modelo de Westminster se basaba en una alternancia relativamente previsible entre conservadores y laboristas, facilitada por un sistema electoral mayoritario de una sola vuelta que marginalizaba a los partidos intermedios y favorecía la formación de mayorías sólidas.
El referéndum de 2016 sacudió profundamente este equilibrio. En realidad, el Brexit sirvió para revelar fisuras que ya existían en la sociedad británica, pero que hasta entonces permanecían contenidas dentro de los grandes partidos. La división entre defensores y opositores de la Unión Europea sustituyó gradualmente a la tradicional oposición entre izquierda y derecha. A partir de entonces, tanto los conservadores como los laboristas se vieron fracturados por líneas de división internas que hicieron su gobernanza cada vez más difícil.
La sucesión de seis primeros ministros entre 2016 and 2026 constituye, en este sentido, un síntoma particularmente revelador. Desde la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido raramente había pasado por tal inestabilidad en la cima del Estado. Las salidas sucesivas de David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y, por último, Keir Starmer revelan menos las debilidades individuales de estos líderes que la incapacidad del sistema político para producir un consenso duradero sobre el rumbo del país.
Más profundamente aún, el Brexit contribuyó al surgimiento de una nueva geografía electoral. Las grandes metrópolis globalizadas, con Londres a la cabeza, continuaron votando masivamente por partidos favorables a una cooperación estrecha con Europa. Por otro lado, los territorios afectados por la desindustrialización y el declive demográfico apoyaron ampliamente a las fuerzas soberanistas. Esta oposición territorial recuerda ahora más a las divisiones observadas en los Estados Unidos entre las costas y el interior del país que a los alineamientos tradicionales de la política europea.
El auge de Reform UK, impulsado por Nigel Farage, constituye la expresión más visible de esta reorganización. En muchos aspectos, Farage se convirtió en el beneficiario político de un fenómeno paradójico: la insatisfacción creciente respecto a las consecuencias del Brexit alimenta no un retorno al europeísmo, sino una demanda creciente de radicalismo soberanista. Al igual que en muchos movimientos populistas contemporáneos, las dificultades encontradas no se interpretan como prueba del fracaso del proyecto inicial, sino como consecuencia de su aplicación incompleta.
Esta dinámica coloca a los partidos tradicionales en una situación delicada. Los conservadores tienen dificultades para reconstruirse tras haber promovido el Brexit y, posteriormente, haber fallado en cumplir con las expectativas que este había suscitado. Los laboristas, por su parte, se encuentran atrapados en una contradicción permanente: una parte de su electorado sigue siendo partidaria de un acercamiento a la Unión Europea, mientras que otra todavía considera el Brexit como un logro democrático intocable.
Diez años después del referéndum, la verdadera cuestión ya no es, por tanto, saber si el Reino Unido volverá algún día a la Unión Europea. Se trata de determinar si el sistema político británico aún es capaz de producir mayorías suficientemente cohesionadas para gobernar un país marcado por divisiones territoriales, sociales e identitarias cada vez más profundas.
D) El Brexit como factor de debilitamiento geopolítico de Londres
La promesa de una “Global Britain” constituía uno de los pilares intelectuales del Brexit. Según sus defensores, el Reino Unido debía recuperar la libertad necesaria para volver a ser un actor global autónomo, capaz de retomar su vocación histórica de potencia marítima y comercial.
Diez años después, esta ambición parece ampliamente inacabada.
El Reino Unido sigue siendo, incontestablemente, una gran potencia. Mantiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, posee armas nucleares, sigue siendo uno de los principales contribuyentes de la OTAN y mantiene uno de los centros financieros más influyentes del mundo gracias a la City de Londres. Sin embargo, la cuestión geopolítica fundamental no es la de sus capacidades intrínsecas, sino la de su influencia relativa.
Y es precisamente en este campo donde las consecuencias del Brexit son más visibles.
Durante casi medio siglo, Londres disfrutó de una posición excepcional. El país servía simultáneamente de enlace entre Washington y Bruselas, de intermediario entre las economías continentales y los mercados mundiales, y de potencia militar de referencia en Europa Occidental. Esta posición híbrida le permitía ejercer una influencia muy superior a su peso demográfico.
La salida de la Unión Europea alteró profundamente esta situación. Al dejar las instituciones comunitarias, Londres renunció a su capacidad de influir directamente en las normas, regulaciones y políticas europeas que, sin embargo, continúan afectando a su economía. Los líderes británicos recuperaron su soberanía decisoria, pero perdieron su capacidad de codecisión.
El conflicto en Ucrania ilustra perfectamente esta contradicción. Desde 2022, el Reino Unido ha desempeñado un papel central en el apoyo militar a Kiev. Sin embargo, las principales decisiones económicas, energéticas y regulatorias que afectan al continente europeo se siguen tomando en Bruselas, Berlín y París. Londres continúa siendo un actor esencial, pero ya no participa en la elaboración del marco institucional que estructura la respuesta europea.
Esta evolución es particularmente visible en el ámbito comercial. Mientras que los Estados Unidos y China libran una competencia tecnológica cada vez más intensa, la Unión Europea intenta construir su propia autonomía estratégica mediante políticas industriales ambiciosas. El Reino Unido, ahora fuera de este conjunto, necesita negociar constantemente su acceso a un mercado que todavía representa casi la mitad de su comercio.
A esta dificultad se suma una restricción presupuestaria creciente. Al igual que la mayoría de las potencias occidentales, el Reino Unido necesita, simultáneamente, financiar su transición energética, modernizar sus infraestructuras, sostener su sistema de salud, aumentar sus gastos militares y reducir su deuda pública. Esta acumulación de prioridades reduce automáticamente los recursos disponibles para mantener su posición internacional.
El Brexit, por tanto, no provocó un colapso del poder británico. En su lugar, aceleró una tendencia más antigua: la transición gradual de una potencia global de primera línea hacia una potencia media superior, obligada a seleccionar con más cuidado sus prioridades estratégicas.
E) ¿Cuáles son los escenarios para el Reino Unido hasta 2035?
En el momento en que el país entra en la segunda década de la era pos-Brexit, varias trayectorias parecen posibles.
Normalización pragmática: El primer escenario es el de una normalización pragmática de las relaciones con la Unión Europea. Este es el más probable. En esta hipótesis, Londres continuaría rechazando cualquier perspectiva de reintegración, pero multiplicaría los acuerdos sectoriales en las áreas de defensa, investigación, energía o comercio. Tal evolución permitiría reducir progresivamente los costos económicos del Brexit sin poner en duda su principio político.
Impulso soberanista reforzado: El segundo escenario sería el de un impulso soberanista reforzado en torno a Reform UK o una reorganización más radical de la derecha británica. En este caso, las tensiones con Bruselas podrían reavivarse, mientras se daría prioridad a una política migratoria más restrictiva y a una afirmación más fuerte de la soberanía nacional. Sin embargo, este escenario chocaría rápidamente con las realidades económicas de un país cuya prosperidad permanece íntimamente ligada al comercio internacional.
Fragmentación territorial: Un tercer escenario, más preocupante, se refiere a la integridad territorial del propio Reino Unido. Desde 2016, Escocia ha visto fortalecerse los argumentos de los defensores de la independencia. Como la mayoría de los escoceses votó en contra del Brexit, la salida de la Unión Europea reavivó el debate sobre el futuro de la unión política creada en 1707. Aunque la independencia de Escocia siga siendo improbable a corto plazo, la cuestión podría volver a ser central a lo largo de la próxima década.
Reinvención del modelo económico: Por último, un cuarto escenario se basa en una verdadera reinvención del modelo económico británico. Esto implicaría un esfuerzo masivo de inversión en infraestructura, investigación, nuevas tecnologías y capacitación. En esta perspectiva, el Brexit se convertiría progresivamente en un elemento secundario de un proyecto nacional más amplio, orientado a restaurar la competitividad del país en el contexto de la rivalidad tecnológica entre China y los Estados Unidos.
En el fondo, la cuestión central tal vez ya no sea la del propio Brexit. Diez años después del referéndum, el debate sobre la Unión Europea tiende progresivamente a dar paso a una indagación más fundamental: ¿qué papel desea desempeñar el Reino Unido en el mundo del siglo XXI?
La renuncia de Keir Starmer ocurre precisamente en este momento decisivo. Probablemente cierra el primer ciclo político del Brexit, aquel de las promesas, las rupturas y los ajustes. El desafío de la década que comienza será diferente. No se tratará ya de dejar Europa, sino de definir qué significa ser británico en un mundo donde el poder se mide menos por la soberanía jurídica que por la capacidad de influir en los grandes equilibrios económicos, tecnológicos y geopolíticos del planeta.
Conclusión: el Brexit, o la difícil búsqueda de la soberanía en un mundo interdependiente
Diez años después del referéndum de 2016, el Reino Unido se encuentra en un momento de verdad histórico. La renuncia de Keir Starmer no representa solo el fracaso de un gobierno o de una mayoría parlamentaria. Surge como el símbolo de una década durante la cual el país buscó redefinir su lugar en el mundo sin lograr nunca resolver las contradicciones reveladas por el Brexit.
Pues la verdadera lección de estos diez años va mucho más allá del caso británico. El Brexit fue, ante todo, una respuesta política a las angustias económicas, sociales e identitarias acumuladas a lo largo de varias décadas. Fue la expresión de un profundo malestar ante la globalización, la desindustrialización, las desigualdades territoriales y la percepción de un distanciamiento creciente entre las élites y los ciudadanos. En este sentido, la votación del 23 de junio de 2016 ya anunciaba las turbulencias que habrían de afectar a la mayoría de las democracias occidentales en los años siguientes.
Sin embargo, una década después, el Reino Unido se enfrenta a una realidad que muchos Estados afrontan hoy: en un mundo profundamente interdependiente, la soberanía recuperada no garantiza ni prosperidad, ni estabilidad, ni influencia. Los británicos retomaron el control de sus instituciones, pero no recuperaron por ello el dominio sobre las fuerzas económicas, tecnológicas y geopolíticas que moldean el siglo XXI. Los mercados financieros, las cadenas de valor globales, los flujos migratorios, las crisis energéticas o las rivalidades entre las grandes potencias continúan imponiendo sus restricciones a Londres, al igual que a todas las demás capitales.
Ahí radica toda la ambigüedad del Brexit. Desde el punto de vista jurídico y político, constituye una victoria incontestable de la soberanía nacional. Desde el punto de vista estratégico, redujo simultáneamente la capacidad del Reino Unido de influir en su entorno regional inmediato. Al dejar la Unión Europea, Londres ganó autonomía decisoria, pero perdió parte de su poder de codecisión sobre los asuntos del continente. El Reino Unido está hoy más libre que ayer, pero esa libertad se ejerce en un espacio de influencia más restringido.
Esta tensión remite a una cuestión más fundamental que va mucho más allá de las fronteras británicas: ¿cómo conciliar soberanía nacional y poder efectivo en un mundo multipolar? La década que comienza probablemente estará dominada por esta cuestión. Los Estados Unidos, China, la Unión Europea, la India y también las potencias emergentes del Sur Global están redefiniendo progresivamente los equilibrios internacionales. En este contexto, potencias medias como el Reino Unido se enfrentan a una elección estratégica crucial: intentar preservar solas su autonomía o buscar nuevas formas de integración y cooperación para mantener su influencia.
Quizás ahí resida la paradoja definitiva. El Brexit había sido presentado como el inicio de un renacimiento nacional. Diez años después, parece más una transición inacabada. El Reino Unido no es ni la “Global Britain” imaginada por los arquitectos del Leave, ni el país marginalizado anunciado por sus detractores. Continúa siendo una potencia militar, diplomática y financiera de primer plano, pero una potencia en busca de una nueva narrativa nacional capaz de conciliar soberanía, prosperidad y cohesión social.
Quizás la historia venga a registrar que la renuncia de Keir Starmer, ocurrida en el momento del décimo aniversario del Brexit, no marcó el fin de una crisis política común. Simbolizó el cierre del primer acto de una transformación histórica cuyo desenlace aún permanece incierto. Porque, en el fondo, la verdadera cuestión planteada por el Brexit nunca fue la de la relación entre Londres y Bruselas. Es aquella que ahora atraviesa a todas las democracias occidentales: cómo mantener el control de su destino en un mundo donde el poder ya no depende solo de la soberanía que se posee, sino de la influencia que se es capaz de ejercer.
Y es precisamente en este campo donde se decidirá el futuro del Reino Unido hasta 2035. Ya no en el debate sobre la salida de Europa, sino en su capacidad de responder a una pregunta mucho más exigente: ¿cómo volver a ser una potencia influyente en un mundo donde nadie puede actuar solo?
Bibliografía
Office for Budget Responsibility, Economic and Fiscal Outlook, diferentes ediciones 2022-2026.
OECD, OECD Economic Outlook 2026 – United Kingdom.
National Bureau of Economic Research, Measuring Brexit's Economic Toll on the United Kingdom, 2026.
Bank of England, Monetary Policy Reports, 2016-2026.
Institute for Fiscal Studies, Brexit and the UK Economy.
Anand Menon, Brexit and British Politics.
Tim Shipman, All Out War.
Chris Grey, Brexit Unfolded.
Fintan O'Toole, Heroic Failure: Brexit and the Politics of Pain.
Reuters, « Unloved Starmer quits as UK PM after just two years », 22 de junio de 2026.
Reuters, « Next UK PM's first job: manifest economic reality », 22 de junio de 2026.
Reuters, « EU reassesses whether to hold July UK summit », 22 de junio de 2026.
The Economist, dosieres especiales sobre el Brexit (2016-2026).
Financial Times, serie « Britain after Brexit ».
Le Monde, « Dix ans après le Brexit : le Royaume-Uni face à ses contradictions ».
Conflits, revue de géopolitique, dosieres Reino Unido y Europa.

Marco Alves
Máster en Ciencia Política por la Universidad de París Nanterre, en Derecho Internacional y Europeo por la Universidad Grenoble Alpes y en Relaciones y Negocios Internacionales por el Instituto de Relaciones Internacionales de París (ILERI). Ha trabajado en 30 países, entre ellos Brasil, donde colaboró durante 10 años, inclusive para el Gobierno del Estado de Pernambuco como especialista en desarrollo. Trabajó para ONGs en el continente africano como especialista en recuperación económica en zonas de posconflicto. Actualmente es director de una consultoría internacional especializada en ciencias e ingeniería social, con intervenciones en Burkina Faso, Costa de Marfil, Malí y Níger. Corresponsal para Francia y Europa de la emisora de radio CBN Recife. Presidente de la Asamblea del IFSRA (Institute for Social Research in Africa). Emprendedor social, conferenciante y mentor de la organización internacional MakeSense. Consultor en inteligencia estratégica y gestión de riesgos para el sector empresarial.





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