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El borramiento drástico de Palestina: entre mapas, silencio y la política de la invisibilidad

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    CERES
  • hace 5 días
  • 6 Min. de lectura

Júlia Saraiva


La historia de Palestina, particularmente en la Franja de Gaza, está siendo reescrita no solo por bombas, sino también por narrativas. Lo que observamos hoy no es simplemente una guerra: es un proceso multifacético de borramiento territorial, simbólico y político. Y quizá lo más alarmante es que este borramiento ocurre simultáneamente en dos niveles: en el terreno y en la percepción global.


La cartografía de la desaparición

Existe un elemento analítico que con frecuencia se pasa por alto: los mapas. La geopolítica siempre ha sido, en esencia, una disputa por la representación espacial, y en el caso palestino esto se vuelve brutalmente evidente.


A lo largo de las últimas décadas, los mapas de Palestina han sido progresivamente redibujados mediante ocupaciones, asentamientos y zonas militares. Más recientemente, la intensificación de las operaciones en Gaza y la ampliación de áreas de control y restricción refuerzan un patrón de reconfiguración territorial que va más allá de la lógica inmediata de seguridad. Se trata de un proceso que reduce no solo el espacio físico disponible, sino también la propia viabilidad de un territorio palestino funcional.


El análisis de imágenes satelitales y los informes de organizaciones internacionales señalan la destrucción sistemática de infraestructuras civiles —incluyendo viviendas, hospitales y zonas agrícolas—. Este patrón sugiere no solo una estrategia militar, sino una transformación estructural del territorio: los espacios se vuelven progresivamente inhabitables.


En este sentido, el mapa deja de ser una representación neutral y pasa a operar como un instrumento político. Aquello que no puede ser habitado, eventualmente deja de existir, al menos como entidad política viable.


¿Genocidio o disputa narrativa?


El término “genocidio” se ha convertido en un campo de disputa discursiva. Sin embargo, existe un creciente acervo de análisis institucionales y académicos que respaldan esta clasificación.


Informes de organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos apuntan a prácticas que se aproximan a los criterios definidos por la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio (1948), incluyendo asesinatos a gran escala, la imposición de condiciones de vida insostenibles y la destrucción de estructuras sociales esenciales.


Al mismo tiempo, existe una resistencia significativa a la adopción formal de este encuadre, especialmente por parte de actores estatales. Esta divergencia revela menos una ausencia de evidencia que una disputa política sobre las implicaciones jurídicas y estratégicas del término.


El reconocimiento de un genocidio no es meramente simbólico: implica responsabilidades internacionales concretas. Y precisamente eso es lo que está en juego en este debate.


La cortina de humo y la disputa por la atención internacional


Si la destrucción material en Gaza es visible, el borramiento narrativo opera de forma más difusa —y quizá más eficaz—. En este punto, la llamada “cortina de humo” no debe entenderse necesariamente como una estrategia formalmente coordinada, sino como un efecto recurrente de la geopolítica contemporánea: la competencia entre crisis por visibilidad.


Los recientes episodios de escalada militar que involucran a Israel e Irán, con participación directa o indirecta de Estados Unidos, ilustran este fenómeno. La centralidad de este nuevo eje de tensión en la cobertura internacional desplaza el foco mediático, reconfigurando las prioridades editoriales y, en consecuencia, la percepción pública global.


Este desplazamiento no es trivial. Los conflictos interestatales —especialmente aquellos que involucran potencias regionales y globales— tienden a recibir mayor atención de los medios occidentales que las crisis humanitarias prolongadas. El resultado es un efecto de “sustitución narrativa”: mientras el riesgo de una guerra regional más amplia domina los titulares, la situación en Gaza pasa a ocupar un espacio secundario, fragmentado y episódico.


Para Israel, este reordenamiento de la atención internacional puede tener efectos estratégicos indirectos. La reducción de la presión mediática y diplomática crea un entorno más permisivo para la continuidad de operaciones militares intensivas sin el mismo nivel de escrutinio internacional observado en fases anteriores del conflicto.


Este fenómeno se articula con problemas ya identificados en la cobertura periodística, como la selectividad en la humanización de las víctimas y la dificultad de sostener agendas de largo plazo en contextos de múltiples crisis simultáneas. En otras palabras, no se trata solo de desinformación, sino de un sistema informativo que, estructuralmente, jerarquiza las tragedias.


La “cortina de humo”, por tanto, no solo se produce: es incentivada por las propias dinámicas del sistema internacional y mediático.


El fallo de la agenda periodística


La cobertura mediática occidental desempeña un papel central en este proceso de borramiento. Estudios recientes indican patrones recurrentes: la individualización de las víctimas israelíes frente a la anonimización de los palestinos; la construcción de una falsa simetría entre partes con capacidades desiguales; y la constante problematización de la credibilidad de las fuentes palestinas.


Estos encuadres no son neutrales. Moldean la percepción pública e influyen directamente en el nivel de movilización internacional. Además, la lógica del agenda-setting contribuye a una especie de “fatiga de atención”: los conflictos prolongados tienden a perder espacio frente a nuevas crisis, independientemente de su gravedad continua.


El resultado es una cobertura fragmentada, episódica e incapaz de sostener el foco necesario para comprender la dimensión estructural del problema.


La implicación internacional y la complicidad difusa


Otro elemento central es el papel de la comunidad internacional, especialmente de las potencias occidentales.


El apoyo político, diplomático y militar a Israel plantea cuestionamientos sobre responsabilidad indirecta. Los Estados que son signatarios de la Convención sobre el Genocidio tienen la obligación no solo de no cometer tales actos, sino también de prevenirlos.


En este contexto, la continuidad del suministro de armamento y apoyo estratégico, incluso frente a denuncias consistentes de violaciones masivas de derechos humanos, puede interpretarse como una forma de complicidad estructural.


Al mismo tiempo, la implicación de otros países de Oriente Medio amplía la complejidad del conflicto, ya sea mediante alianzas estratégicas o mediante la instrumentalización política de la causa palestina en disputas regionales más amplias.


El conflicto, por tanto, deja de ser solo una cuestión territorial para integrarse en un tablero geopolítico más amplio.


Conclusión: la desaparición como proyecto político


El borramiento de Palestina no puede entenderse como un efecto colateral de la guerra: se configura, cada vez más, como un proceso político estructurado, sostenido tanto por la materialidad de la destrucción como por la inmaterialidad del silencio.


En el plano territorial, se observa una erosión continua de las condiciones mínimas de existencia: ciudades devastadas, infraestructuras colapsadas y poblaciones desplazadas. En el plano narrativo, existe una disputa asimétrica por la legitimidad del dolor, en la que algunas vidas son individualizadas mientras otras permanecen como estadísticas. En el plano internacional, la selectividad de las reacciones evidencia un sistema que no solo falla en prevenir crisis humanitarias, sino que, en ciertos contextos, las tolera.


La combinación de estos factores produce algo aún más profundo que la destrucción física: la normalización de lo inaceptable. Cuando la violencia se vuelve rutinaria y la indignación intermitente, se abre espacio para que procesos extremos avancen sin el debido monitoreo internacional —especialmente cuando nuevas crisis capturan la atención global y reconfiguran las prioridades políticas y mediáticas—.


En este escenario, el riesgo no es solo la desaparición de un territorio, sino el vaciamiento progresivo de su relevancia política y moral en el sistema internacional.

Ante ello, la cuestión que permanece no es solo qué está ocurriendo, sino cómo —y por qué— el mundo elige reaccionar.


Si la visibilidad internacional es selectiva y la indignación está condicionada, ¿hasta qué punto el silencio global deja de ser omisión para convertirse en parte del propio mecanismo que permite que este borramiento continúe?


Curiosidad: lo que los mapas no muestran


Existe un detalle aparentemente banal, pero profundamente revelador: muchos mapas, globos y materiales didácticos que representan Oriente Medio simplemente no incluyen a Palestina como Estado —o ni siquiera la identifican de forma clara—.


Esto no es una observación abstracta. Yo misma tengo, en mi casa, un mapa y un globo en los que Palestina no aparece. Y desde que me di cuenta de ello, he pasado a observar conscientemente: cada vez que encuentro un nuevo mapa, busco Palestina. La mayoría de las veces, no está —o aparece diluida, fragmentada, casi invisible—.


Lo que podría parecer una simple elección cartográfica revela, en realidad, algo más profundo: la forma en que el borramiento también se manifiesta en la producción y circulación del conocimiento. Estos mapas, ampliamente comercializados en Occidente, no son neutrales. Reproducen visiones del mundo, legitiman determinadas lecturas geopolíticas y silencian otras.


En este sentido, el borramiento de Palestina no ocurre solo en el campo de batalla o en la diplomacia internacional: también está presente en las paredes de los hogares, en las aulas y en los objetos cotidianos.


Y quizá sea precisamente ahí donde se vuelve más peligroso: cuando deja de percibirse como ausencia y pasa a naturalizarse como representación.



Bibliografía


  • Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism.

  • Foucault, Michel. Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings.

  • Said, Edward W. Orientalism.

  • Agamben, Giorgio. Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life.

  • Mbembe, Achille. Necropolitics.


Júlia Saraiva

Licenciada en Relaciones Internacionales por UniLaSalle-RJ y actualmente cursa un posgrado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la FAAP. Su investigación académica se centra en las políticas de Estados Unidos y Oriente Medio, con énfasis en la influencia de los lobbies, las estrategias militares y las relaciones diplomáticas en la región. Es investigadora del Centro de Estudios de Relaciones Internacionales (CERES) y trabaja como consultora en internacionalización de empresas.


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