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El conflicto del Estrecho de Ormuz impacta directamente la economía global y, en particular, a China

  • Foto del escritor: CERES
    CERES
  • 16 abr
  • 4 Min. de lectura

 

Luis Augusto Medeiros Rutledge

Geopolítica Energética


Cuando una crisis geopolítica estalla en el Estrecho de Ormuz, sus efectos comienzan en el Golfo, pero rápidamente se propagan al resto de la economía global. Se trata de uno de los principales cuellos de botella logísticos del mundo, por donde transita una parte significativa del comercio internacional de petróleo y gas, de modo que cualquier disrupción afecta inmediatamente los precios, los flujos comerciales y las expectativas del mercado.


En este contexto, China tiende a ser una de las primeras grandes economías afectadas, surgiendo como uno de los actores más vulnerables en el corto plazo. El shock se manifiesta inicialmente en sus refinerías, presionadas por el aumento del costo del petróleo importado, y en las cuentas externas, con un incremento significativo de la factura energética.


Paralelamente, se producen efectos indirectos sobre el sector exportador, que ya opera bajo el peso de una demanda global debilitada, reduciendo márgenes, competitividad y ritmo de crecimiento.


Altamente dependiente de las importaciones energéticas y con fuerte exposición al Golfo, Pekín enfrenta un impacto directo sobre sus costos industriales, la inflación y la balanza comercial. Desde una perspectiva geopolítica, esto presiona al país a intensificar su actuación en Oriente Medio, ampliando asociaciones estratégicas, diversificando rutas y reforzando su presencia diplomática y económica para garantizar la seguridad del abastecimiento.


A medida que la crisis se prolonga, sus efectos dejan de ser regionales y adquieren un carácter más amplio y sistémico, afectando cadenas productivas, elevando los costos logísticos y aumentando la volatilidad en los mercados energéticos, con repercusiones directas sobre la inflación, la actividad económica y la estabilidad financiera a escala global.


Rusia tiende a interpretar el escenario desde una óptica distinta: el aumento de los precios de la energía genera, en el corto plazo, mayores ingresos, mejora del flujo fiscal y un estímulo adicional a las exportaciones. Este movimiento puede proporcionar un alivio inmediato al tesoro y sostener, aunque de forma temporal, la actividad en sectores estratégicos.


Sin embargo, este beneficio es inherentemente transitorio. En un entorno global de desaceleración económica, con demanda debilitada y mayor aversión al riesgo por parte de los inversores, las ganancias iniciales tienden a disiparse. La dependencia de los ingresos energéticos, combinada con restricciones estructurales y geopolíticas, puede transformar este impulso de corto plazo en un factor de vulnerabilidad en el mediano y largo plazo.


Pekín y Moscú se posicionan de manera desigual frente a la misma crisis. Pekín enfrenta un shock energético inmediato, con impactos directos sobre los costos industriales, la inflación y la balanza comercial. Moscú, por su parte, se beneficia de una ganancia coyuntural que tiende a revertirse gradualmente a medida que la demanda global se desacelera y los efectos acumulativos de la inestabilidad económica se hacen más evidentes.


China: presión energética, modelo de crecimiento e implicaciones geopolíticas


China, el mayor importador de petróleo del mundo, entra en este escenario de crisis con una elevada sensibilidad a los shocks externos. Estimaciones de la U.S. Energy Information Administration indican que, en 2024, el país importó alrededor de 11,1 millones de barriles diarios, frente a un consumo de aproximadamente 16,3 millones de barriles diarios de líquidos de petróleo, lo que evidencia una brecha estructural significativa entre la producción doméstica y la demanda.


Esta dependencia, sin embargo, no se traduce en una exposición concentrada a un único proveedor. China ha construido, en los últimos años, una estrategia de diversificación, teniendo como principales socios a Rusia y Arabia Saudí, cada uno con menos del 20% de las importaciones. Paralelamente, Pekín ha ampliado su relación energética con Irán, absorbiendo una parte relevante de sus exportaciones de petróleo, lo que refuerza su actuación pragmática y, en ocasiones, desalineada de las sanciones occidentales.


Aun así, la diversificación no elimina el llamado “efecto Ormuz”. El Estrecho de Ormuz sigue siendo un cuello de botella crítico para el flujo energético global, y una parte sustancial de las importaciones chinas transita directa o indirectamente por esta ruta. En un escenario de disrupción, China enfrentaría no solo restricciones físicas de oferta, sino también una intensificación de la competencia con otras economías asiáticas por fuentes alternativas, presionando precios, logística y contratos de largo plazo.


Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, este contexto refuerza la estrategia china de ampliar su seguridad energética a través de múltiples frentes: fortalecimiento de asociaciones bilaterales con productores bajo distintos alineamientos geopolíticos; expansión de inversiones en infraestructuras y rutas alternativas en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta; y aceleración de la transición energética doméstica, reduciendo gradualmente la intensidad de carbono de su modelo de crecimiento.


Al mismo tiempo, la mayor exposición a regiones inestables, como el Golfo, tiende a ampliar la implicación diplomática y estratégica de Pekín en Oriente Medio, incluyendo cuestiones de seguridad marítima y estabilidad regional. Así, la vulnerabilidad energética de China no es solo un factor económico, sino un vector central de su política exterior, con implicaciones directas sobre el comercio, las alianzas y el equilibrio de poder en el sistema internacional.


En este sentido, el conflicto en Ormuz actúa como catalizador de una reconfiguración más amplia de las relaciones internacionales. Por un lado, intensifica la competencia por recursos y rutas energéticas; por otro, acelera las estrategias de diversificación y transición energética. China y Rusia, aunque impactadas de manera distinta, se convierten en protagonistas de un nuevo equilibrio geopolítico en el que la seguridad energética, el poder económico y la influencia estratégica están cada vez más interconectados.

 

 

Luis Augusto Medeiros Rutledge es Ingeniero de Petróleo y analista de geopolítica energética. Posee un MBA Ejecutivo en Economía del Petróleo y Gas por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y un posgrado en Relaciones Internacionales y Diplomacia por IBMEC. Se desempeña como investigador en la UFRJ, es miembro consultor del Observatorio del Mundo Islámico de Portugal, consultor de la Fundación Centro de Estudios del Comercio Exterior (FUNCEX), columnista del sitio Mente Mundo Relações Internacionais y autor de numerosos artículos publicados sobre el sector energético.

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