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BTS vs. los Grammy: obsolescencia por ausencia y la geopolítica del rechazo

hace 20 horas
23 min de lectura

Uriel Barroso


Este artículo analiza la decisión de BTS de no presentar el álbum ARIRANG ni sus canciones a la 69.ª edición de los Grammy, prevista para 2027. El gesto se produjo después de que la Recording Academy anunciara la categoría de Mejor Interpretación de Pop Asiático, definida por el origen o el reconocimiento en los mercados asiáticos y por el uso significativo de una o varias lenguas asiáticas. Aunque se presenta como una ampliación de la diversidad, la categoría hace explícita una asimetría: el pop asociado al centro angloamericano conserva la apariencia de universalidad, mientras que las producciones asiáticas quedan territorializadas y marcadas lingüísticamente. A partir de Albert O. Hirschman, Susan Strange, Pierre Bourdieu, Dipesh Chakrabarty, Nancy Fraser y David Brackett, se sostiene que el rechazo de BTS transforma la salida en una forma pública de expresión y produce lo que este trabajo denomina obsolescencia por ausencia: la erosión de la autoridad de una institución cuando actores indispensables dejan de reconocer su jurisdicción simbólica.


El análisis combina documentos oficiales de la Recording Academy, declaraciones públicas, datos de audiencia y una lectura crítica de la canción Aliens. El artículo también moviliza, como repertorios distintos y no intercambiables, el concepto coreano de nunchi, la estrategia de Sun Tzu y la parábola del árbol considerado inútil en Zhuangzi. Se concluye que BTS no rechaza su identidad coreana, sino que rechaza que esta identidad se utilice como frontera institucional de su universalidad. La crisis de los Grammy, en este caso, no deriva únicamente de una acusación de injusticia, sino de la demostración de que el centro puede seguir existiendo formalmente y, aun así, volverse culturalmente periférico.


El análisis se basa en documentos oficiales, declaraciones públicas, datos de audiencia y una lectura crítica de la canción Aliens, de ARIRANG. El artículo también recurre, como repertorios diferenciados y no intercambiables, al concepto coreano de nunchi, a la estrategia de Sun Tzu y a la parábola del árbol considerado inútil en Zhuangzi. La conclusión es que BTS no rechaza su identidad coreana, sino que rechaza que esa identidad se convierta en una frontera institucional para su universalidad. En este caso, la crisis de los Grammy no deriva únicamente de una acusación de injusticia, sino de la demostración de que el centro puede mantenerse formalmente en pie y, al mismo tiempo, convertirse en culturalmente periférico.


1. Introducción: cuando el premio descubre que no es indispensable


Hay algo profundamente revelador en el momento en que una institución descubre que ha dejado de ser indispensable. Durante décadas, los Grammy han construido su autoridad no solo mediante la concesión de premios a obras musicales, sino también convirtiendo las decisiones de sus votantes en juicios aparentemente universales sobre la excelencia artística. El gramófono dorado funcionaba como un certificado de entrada al centro de la industria musical mundial: ganar significaba ser reconocido; ser ignorado significaba permanecer fuera. La decisión de BTS de no presentar ARIRANG a la edición de 2027 rompe este relato. Por primera vez en su trayectoria, el premio no aparece como un logro que se le ha negado al grupo, sino como una estructura cuyo reconocimiento el propio grupo ha decidido no solicitar.


El 29 de julio de 2026, los siete integrantes anunciaron que no presentarían canciones a la 69.ª edición de los Grammy y afirmaron que esperaban que la música pudiera escucharse y apreciarse sin dividirse por regiones o idiomas (BROADWAY; PARK; YANG, 2026). La decisión llegó poco más de un mes después de que la Recording Academy anunciara cinco nuevas categorías, entre ellas la de Mejor Interpretación de Pop Asiático. La definición oficial combina tres criterios: excelencia en las interpretaciones de pop asiático, origen o amplio reconocimiento en los mercados asiáticos y uso significativo de una o varias lenguas asiáticas (RECORDING ACADEMY, 2026a). La institución presentó el cambio como una respuesta al crecimiento y la diversidad del ecosistema musical contemporáneo.


El problema no reside simplemente en la existencia de otro premio. Tampoco puede afirmarse, sin pruebas, que la categoría se creara exclusivamente para BTS o que su objetivo declarado sea impedir que los artistas asiáticos compitan en las categorías generales. El propio director ejecutivo de la Recording Academy, Harvey Mason Jr., aclaró que la participación en una categoría de género o región no excluye las nominaciones a Álbum, Grabación o Canción del Año. La cuestión es más estructural: ¿por qué el pop producido en el centro angloamericano puede seguir siendo simplemente pop, sin ninguna marca territorial, mientras que el pop producido en Asia necesita ser gestionado mediante una clasificación que combina continente, mercado e idioma?


Esta asimetría distribuye de manera desigual el derecho a representar lo universal. Occidente aparece como un espacio musical sin marcas específicas; los demás aparecen como regiones musicales. No se trata de negar la relevancia de las categorías capaces de ampliar las oportunidades para artistas históricamente desatendidos, sino de preguntarse qué ocurre cuando el reconocimiento se ofrece en forma de confinamiento clasificatorio: la institución abre una puerta, pero decide de antemano en qué habitación debe permanecer el invitado.


Este artículo sostiene que el rechazo de BTS constituye una intervención en la estructura de poder de la música global. El grupo no intenta derrotar a los Grammy siguiendo las reglas de los propios Grammy. Se retira del juego y, al hacerlo públicamente, expone la dependencia de la institución respecto de los artistas, las audiencias y los circuitos culturales que pretende consagrar. Propongo denominar obsolescencia por ausencia a este mecanismo: el proceso por el cual una autoridad no es abolida formalmente, pero pierde la capacidad de representar el ámbito sobre el que reivindica jurisdicción porque agentes decisivos dejan de presentarse, presentar sus obras o solicitar su validación.


Desde el punto de vista metodológico, se trata de un ensayo académico-crítico basado en el análisis documental y la interpretación cultural. El corpus reúne el anuncio oficial de las nuevas categorías, la declaración de BTS, la respuesta institucional de los Grammy, los registros de actuaciones y audiencias, las noticias sobre la inaccesibilidad de archivos digitales y la canción Aliens, de ARIRANG. El objetivo no es demostrar intenciones internas de la Recording Academy, a las que no se tiene acceso, sino analizar los efectos simbólicos de sus clasificaciones y del rechazo del grupo.


2. El gramófono como máquina de consagración


Un premio no vale únicamente por su reglamento, su estatuilla o su ceremonia. Vale porque artistas, discográficas, periodistas, patrocinadores y audiencias aceptan tratarlo como algo valioso. En términos bourdieusianos, la consagración es un acto de poder simbólico: una institución investida de autoridad separa lo memorable de lo secundario, lo excelente de lo ordinario y el centro del margen. Esta capacidad no constituye una propiedad física del objeto entregado, sino que depende del reconocimiento social concedido a quien lo otorga (BOURDIEU, 1991).


Este poder de clasificación se aproxima a lo que Susan Strange (1988) denominó poder estructural: la capacidad de configurar los marcos dentro de los cuales otros actores se relacionan, toman decisiones y compiten por obtener resultados. El actor estructuralmente poderoso no necesita ganar todas las decisiones particulares; su mayor ventaja reside en definir la arquitectura de las decisiones posibles. Durante gran parte de su historia, los Grammy pudieron decidir qué diferencias serían tratadas como géneros, cuáles serían consideradas regiones y cuáles ni siquiera necesitarían ser nombradas.


El pop angloamericano ocupa, dentro de esta arquitectura, una posición comparable a la de una norma sin acento. Su origen geográfico desaparece de la clasificación precisamente porque ha sido naturalizado como centro. No existe una categoría de Mejor Interpretación de Pop Norteamericano condicionada al uso significativo del inglés. La ausencia de esta marca no significa que la producción carezca de ubicación, mercado o idioma, sino que una localización específica ha obtenido el privilegio institucional de presentarse como universal.

Chakrabarty (2000) describió un proceso similar en las ciencias humanas: Europa se convirtió en el sujeto teórico soberano de relatos que presentaban experiencias particulares como historia universal, mientras que otras sociedades eran transformadas en variaciones locales, tardías o incompletas. Provincializar Europa no significa negar su historia, sino retirarle el monopolio de representar lo general. Aplicada, con las debidas diferencias, al ámbito musical, esta operación permite comprender que el problema no es la presencia de la palabra «asiático», sino la ausencia de marcas equivalentes en el polo que se denomina simplemente «pop».


La nueva categoría hace visible esta geografía. Según la norma oficial, la elegibilidad no depende únicamente de características musicales reconocibles, sino que combina los mercados asiáticos y el «uso significativo» de lenguas asiáticas. El continente funciona como unidad clasificatoria a pesar de albergar industrias, idiomas, historias y tradiciones radicalmente diferentes. El K-pop, el J-pop y el C-pop aparecen como ejemplos de un mismo cajón no porque necesariamente compartan una única gramática sonora, sino porque son percibidos desde una distancia institucional común: todos se encuentran al otro lado del centro.


La generalización resulta reveladora. «Asia» es demasiado amplia para constituir un género coherente, pero suficientemente específica para funcionar como frontera. Sin duda, la categoría puede producir beneficios concretos: más artistas premiados, mayor visibilidad, nuevas posibilidades profesionales y una eventual corrección de omisiones históricas. Sin embargo, los beneficios distributivos no eliminan el problema de la jerarquía clasificatoria. Como sostiene Fraser (2000), un reconocimiento adecuado no se limita a la celebración positiva de las identidades, sino que requiere relaciones institucionales que permitan participar en condiciones de paridad. Una diferencia celebrada puede seguir siendo una diferencia subordinada.


Por eso, la defensa institucional según la cual los artistas pueden competir simultáneamente en las categorías generales no resuelve el problema en su totalidad. Formalmente, las puertas siguen abiertas. Simbólicamente, sin embargo, las categorías orientan las expectativas, las campañas, los procesos de selección y las percepciones de pertenencia. Indican a los votantes y al mercado dónde parece encajar «naturalmente» una determinada obra. No es necesario prohibir que un artista entre en la sala principal cuando toda la arquitectura del reconocimiento lo dirige hacia una habitación lateral.


Sarah Ahmed (2012) ha demostrado cómo los discursos institucionales sobre la diversidad pueden funcionar de manera paradójica: el lenguaje de la inclusión permite que las organizaciones se presenten como transformadas sin alterar necesariamente las relaciones que producen la exclusión. Esto no autoriza a concluir que toda iniciativa de diversidad esté vacía de contenido. Sí permite examinar la distancia entre la intención declarada, el diseño institucional y sus efectos prácticos. La categoría asiática puede constituir simultáneamente una oportunidad adicional y una tecnología de diferenciación. La contradicción no desaparece porque la institución haya elegido describirla como un homenaje.


3. Inclusión mediante el confinamiento y gestión de la diferencia


La expresión «separados pero iguales» aparece casi automáticamente ante las categorías regionales creadas por instituciones que continúan reservando al centro la apariencia de neutralidad. Sin embargo, su utilización exige cautela. La historia jurídica de la segregación racial en Estados Unidos no puede reducirse a una analogía con un premio musical. La formulación más rigurosa para este caso es la de inclusión diferenciada o inclusión mediante el confinamiento: se amplía el reconocimiento de un grupo, pero se conserva la estructura que lo identifica primero como una diferencia regional y solo después como participante de lo universal.


El anuncio de 2026 permite observar este mecanismo a través de dos movimientos paralelos. Además de Mejor Interpretación de Pop Asiático, la Recording Academy creó la categoría de Mejor Canción Latina, destinada a composiciones con al menos un 51 % de la letra en español (RECORDING ACADEMY, 2026a). Meses antes, Debí Tirar Más Fotos, de Bad Bunny, se había convertido en el primer álbum íntegramente en español en ganar el premio a Álbum del Año en los Grammy (RECORDING ACADEMY, 2026b). No existen pruebas de que la nueva categoría se creara para contener a Bad Bunny o impedir futuras victorias generales. Sería intelectualmente deshonesto presentar esa intención como un hecho.


La secuencia, sin embargo, permite plantear una pregunta legítima. Cuando las obras en español y coreano atraviesan las fronteras de las categorías regionales y empiezan a disputar el centro, ¿por qué la respuesta institucional más visible consiste en producir nuevas categorías definidas precisamente por la región y el idioma? La coincidencia no demuestra causalidad, pero revela una gramática recurrente de gestión de la diferencia. El sistema reconoce el cambio global e intenta absorberlo multiplicando clasificaciones que siguen partiendo del centro.


Este movimiento encierra un problema temporal. Los mercados asiáticos y latinoamericanos no son fenómenos emergentes a la espera del descubrimiento occidental. Poseen sus propios circuitos de producción, audiencias, premios, tecnologías e historias. Cuando la Recording Academy los presenta como espacios «nuevos» que necesitan una oportunidad específica, convierte su propia percepción tardía en una cronología universal. El objeto parece nuevo únicamente porque el observador institucional tardó en verlo.


El regreso de BTS después del servicio militar ha amplificado esta contradicción. ARIRANG encabezó la lista Billboard 200 durante dos semanas consecutivas, según Reuters, y el grupo reanudó sus actuaciones colectivas con la dimensión de un acontecimiento global (BROADWAY; PARK; YANG, 2026). La nueva categoría podría ofrecer a BTS la mayor probabilidad de conseguir su primer Grammy después de cinco nominaciones sin victorias, según el propio historial oficial del premio (RECORDING ACADEMY, 2026c). Precisamente por eso, el rechazo tiene fuerza. El grupo no abandona la competición por falta de posibilidades, sino que rechaza una oportunidad aparentemente favorable porque discrepa del marco en el que se le ofrece.


Esta decisión no debe convertirse en una afirmación de pureza moral absoluta. BTS sigue formando parte de una gran corporación cultural, de cadenas de producción globales y de sofisticadas estrategias comerciales. El rechazo también genera publicidad, diferenciación de marca y fidelidad de las audiencias. El poder simbólico y el interés económico no son opuestos; en la industria cultural suelen reforzarse mutuamente. El punto decisivo es que, aunque resulte comercialmente productivo, el gesto altera la distribución del prestigio: el premio deja de aparecer como un destino inevitable y empieza a justificar públicamente por qué debería seguir importando.


Harvey Mason Jr. declaró que estaba entristecido, afirmó que respetaba la decisión y defendió que la categoría se había creado para celebrar la profundidad, la diversidad y el extraordinario crecimiento del pop producido en Asia. También insistió en que un mayor número de categorías significa más artistas reconocidos y en que las categorías generales siguen siendo accesibles (BROADWAY; PARK; YANG, 2026). La respuesta es institucionalmente coherente, pero no alcanza el núcleo de la crítica. BTS no afirmó que la nueva categoría eliminara legalmente su elegibilidad para competir en los campos generales. La crítica era anterior: ¿por qué las diferencias regionales y lingüísticas debían convertirse en un principio clasificatorio precisamente cuando esta música ya había demostrado que no necesitaba esas fronteras para circular?


4. La salida como voz: la geopolítica del rechazo


Albert O. Hirschman (1970) propuso una distinción clásica entre salida y voz. Ante el deterioro de una organización, sus miembros o consumidores pueden marcharse, retirando su participación, o permanecer y expresar su insatisfacción con el propósito de provocar cambios. A primera vista, la decisión de BTS pertenece al primer camino: el grupo simplemente no presenta su obra. Sin embargo, dado que la retirada fue pública, coordinada y acompañada de una justificación normativa, la salida se convirtió en voz. BTS se marchó hablando.


Esta transformación es fundamental. Una ausencia silenciosa podría interpretarse como desinterés, incompatibilidad de calendario o una decisión privada. Una ausencia declarada convierte el vacío en un mensaje. Comunica que la jurisdicción de la institución ha sido cuestionada. El premio no perdió simplemente una candidatura; perdió la posibilidad de presentar la participación del mayor grupo surcoreano de su época como prueba de su propia universalidad.


Es en este punto donde el rechazo adquiere una dimensión geopolítica. La geopolítica cultural no significa que todo producto musical sea una herramienta directa del Estado ni que BTS ejecute una estrategia oficial de Corea del Sur. La expansión de la cultura popular coreana depende de empresas, plataformas, audiencias transnacionales, trabajo artístico y políticas públicas, pero no se reduce a ninguno de estos elementos (JIN, 2016; LIE, 2015). El poder en cuestión circula a través de redes que atraviesan fronteras y reorganizan las relaciones entre centros de producción, plataformas de distribución y comunidades de consumidores.


BTS ha acumulado suficiente capacidad de circulación como para que el reconocimiento occidental siga siendo deseable, pero ya no necesario. Esta diferencia modifica la relación de dependencia. En etapas anteriores de su carrera, una nominación a los Grammy podía aumentar su legitimidad en Estados Unidos. En 2026, la participación de BTS también ampliaría la legitimidad global de los Grammy. La dependencia se ha vuelto bilateral, e incluso podría ser asimétrica en sentido contrario si se considera la movilización de las audiencias digitales.


Sun Tzu ofrece una imagen estratégica útil, siempre que se utilice como metáfora y no como una simplificación belicista. En el tercer capítulo de El arte de la guerra, la excelencia superior no consiste en ganar todas las batallas, sino en quebrar la resistencia del adversario sin depender de una confrontación directa (SUN TZU, 1910). BTS no organiza una campaña para conseguir votos, no intenta ganar la nueva categoría y no disputa el significado de la institución desde su escenario. Simplemente se niega a presentar su candidatura. La batalla que los Grammy estaban preparados para arbitrar deja de producirse; lo que pasa a ser juzgado es el propio árbitro.


Esta aproximación no significa que un premio sea un enemigo militar ni que los artistas asiáticos formen un bloque civilizatorio en guerra con Occidente. La utilidad de la metáfora reside en el desplazamiento estratégico: en lugar de invertir recursos para triunfar en un campo diseñado por otro actor, se retira el recurso que sostiene ese campo. La victoria potencial no consiste en recibir la estatuilla, sino en demostrar que esta ya no organiza todo el horizonte del valor.


Propongo, por tanto, definir la obsolescencia por ausencia como la pérdida progresiva de centralidad de una institución provocada por la retirada de agentes cuya presencia confirmaba su autoridad. El mecanismo presenta cuatro elementos: la institución depende de la participación de actores externos para escenificar su universalidad; un actor dotado de suficiente autonomía se niega a participar; el rechazo se hace público y se interpreta como un juicio sobre la institución; y la institución permanece formalmente poderosa, pero empieza a revelar que su centralidad debe negociarse.


El concepto no presupone el colapso inmediato de los Grammy. Los premios siguen controlando recursos, visibilidad, archivos, redes profesionales y un sello de prestigio reconocido mundialmente. La obsolescencia, en este caso, no significa desaparición, sino desfase entre la autoridad reivindicada y el mundo que consigue representar. El gramófono sigue siendo dorado. El problema es que una parte creciente del futuro ya no necesita encajar en él.


5. Audiencia, archivo y vulnerabilidad del prestigio


El capital simbólico de una ceremonia de premios contemporánea depende de la audiencia. Sin artistas capaces de movilizar la atención, la ceremonia corre el riesgo de convertirse en un ritual autorreferencial: la industria premiándose a sí misma ante un público progresivamente menor. Esto no significa que popularidad y calidad sean equivalentes, sino que una institución que pretende representar «la noche más importante de la música» no puede tratar la circulación global como un detalle secundario.


Los datos disponibles exigen una comparación cuidadosa. La retransmisión en directo del regreso de BTS, BTS THE COMEBACK LIVE | ARIRANG, celebrada en Seúl, registró 18,4 millones de espectadores en todo el mundo según la métrica Live+1 de Netflix, entró en el Top 10 semanal de 80 países y alcanzó el primer puesto en 24 (NETFLIX, 2026). La ceremonia de los Grammy de 2026 tuvo una media de 14,4 millones de espectadores en Estados Unidos a través de CBS, lo que representa un descenso aproximado del 6,5 % respecto al año anterior, según los datos de Nielsen difundidos por la prensa especializada (DEADLINE, 2026).


Estas cifras no deben presentarse como equivalentes. Una mide la audiencia global acumulada durante la emisión y el día siguiente; la otra mide la audiencia televisiva media en Estados Unidos. El territorio, el periodo temporal, la plataforma y la metodología son diferentes. Por tanto, no es correcto afirmar que una sola retransmisión de BTS tuvo, en términos directamente comparables, más espectadores simultáneos que toda la ceremonia. Aun así, la comparación permite apreciar la escala: un grupo con sede fuera de Estados Unidos puede organizar por sí mismo un acontecimiento mediático global con cifras comparables a las de una de las principales ceremonias de la industria norteamericana.


Esta autonomía reduce el coste de la salida. Hirschman señaló que la posibilidad de marcharse depende de la existencia de alternativas. BTS no abandona los Grammy para quedarse en silencio. Dispone de plataformas, giras, retransmisiones globales, cobertura periodística y una comunidad transnacional capaz de seguir directamente sus actividades. La salida es poderosa porque el grupo no abandona el circuito cultural, sino únicamente una instancia particular de validación.


La controversia en torno a los archivos digitales ilustra la sensibilidad de este conflicto. El 30 de julio de 2026, los enlaces a las actuaciones de «Dynamite» y «Butter» en la página web de la Recording Academy conducían a páginas de error. La proximidad temporal con el rechazo alimentó entre los seguidores interpretaciones de represalia. Sin embargo, los informes disponibles no demostraron que la retirada fuera deliberada, y la grabación de «Butter» seguía accesible en el canal oficial de YouTube de BTS. La descripción factual correcta es más limitada: los vídeos no estaban disponibles en la página web de los Grammy, pero se desconocía la causa (LEE, 2026).


Esta cautela factual no debilita la crítica; evita que dependa de una acusación no demostrada. Incluso sin represalias, la reacción pública ante la inaccesibilidad reveló una crisis de confianza. Una parte considerable del público consideró inmediatamente plausible que la institución pudiera eliminar archivos después de haber sido rechazada. Esa plausibilidad social constituye, por sí misma, un indicador del deterioro de su legitimidad. Cuando cualquier fallo técnico parece una venganza, el problema precede al propio fallo.


El episodio también pone de relieve una disputa por el archivo. Los premios intentan convertir las actuaciones históricas en patrimonio de su propia marca: «el momento Grammy», «la actuación en los Grammy», «la noche en que el artista fue reconocido». Los artistas y sus comunidades de seguidores, por su parte, conservan y recirculan esos momentos en ecosistemas digitales que la institución no controla plenamente. La autoridad para consagrar el pasado ya no garantiza el monopolio de su conservación, narración o circulación.


6. La ausencia de nunchi institucional


El término inicialmente intuido como «nut» corresponde, más precisamente, a nunchi, un término coreano romanizado relacionado con la capacidad de percibir señales sociales, comprender rápidamente una situación y ajustar el comportamiento de manera adecuada. Estudios recientes lo describen mediante dos dimensiones complementarias: captar las señales sociales y responder a ellas de forma pertinente (KIM, 2026). No se trata de una sabiduría «oriental» genérica. Convertirlo en eso borraría precisamente la especificidad cultural que este artículo pretende defender.


Como metáfora institucional, el nunchi ayuda a diagnosticar la situación de los Grammy. La Recording Academy ha comprendido correctamente que la industria ha cambiado. La creación de una categoría asiática demuestra que la expansión de los mercados y de los artistas fuera del eje angloamericano ya no puede ignorarse. El error reside en la respuesta: la institución interpreta el crecimiento global mediante herramientas clasificatorias concebidas para preservar su posición central. Reconoce el cambio del entorno, pero no ajusta su propia concepción de la universalidad.


Puede afirmarse, por tanto, que los Grammy sufren una ausencia de nunchi institucional. Perciben que la sala ha cambiado, pero siguen comportándose como si fueran los propietarios exclusivos de la casa. La categoría pretende comunicar apertura; para una parte del público y para BTS, comunica que la Academia sigue considerando Asia un espacio exterior que necesita recibir una atención «específica». El reconocimiento llega tarde y habla el lenguaje de quienes creen que todavía les corresponde distribuir los asientos.


El contraste con la declaración de BTS resulta llamativo. El grupo no pretende borrar las diferencias de idioma, tradición o territorio. Pide que la música se escuche sin quedar dividida por esos criterios. No exige asimilarse al inglés ni abandonar la identidad coreana. Lo que rechaza es la conversión de esa identidad en un límite institucional de su alcance.


Esta distinción evita interpretar erróneamente que BTS solo desea ser tratado como «universal» si se distancia de Corea. ARIRANG y, en particular, Aliens apuntan en la dirección opuesta. La universalidad reivindicada no consiste en la ausencia de particularidad, sino en el derecho de una particularidad a hablar al mundo sin tener que ser traducida institucionalmente como periferia.


7. Siete Aliens: Oriente no pide permiso para nacer


Aliens funciona como una autointerpretación estética de la posición de BTS en la cultura global. La canción transforma la condición de extranjero en un signo de excepcionalidad. El alien no es quien ha fracasado al integrarse en el centro, sino quien se ha vuelto demasiado grande para la taxonomía disponible. La canción presenta siete sujetos diferentes desde su nacimiento, observados por «civiles» incapaces de comprender plenamente la velocidad y la escala de su trayectoria.


Su lenguaje combina referencias globales con códigos coreanos que no se disuelven para facilitar el consumo externo. La estructura menciona el jungmori, un ciclo rítmico asociado a la música tradicional coreana; recorre el alfabeto coreano como equivalente propio del «de la A a la Z»; moviliza la costumbre de quitarse los zapatos al entrar en una casa; evoca la memoria de Kim Gu; y cierra con una imagen de inversión geográfica mediante la breve formulación romanizada haeneun dongjjogeseo risin', es decir, el sol sale por Oriente (BTS, 2026).


Esta casa simbólica tiene una regla sencilla: el público global es bienvenido, pero entra como visitante, no como propietario. En lugar de llamar a la puerta de Occidente para pedir traducción, legitimidad y permiso, BTS invita al mundo a cruzar la puerta coreana y respetar los códigos de quienes lo reciben. El gesto no es aislacionista. Es una forma de hospitalidad sin subordinación.


La referencia a Kim Gu amplía esta interpretación. En el texto conocido como «La nación que deseo», asociado a sus memorias, el líder de la independencia coreana afirma que no desea para Corea la supremacía militar ni una riqueza ilimitada, sino la fuerza de una alta cultura capaz de producir felicidad para sí misma y para los demás (KIM KOO MUSEUM & LIBRARY, s. f.). La autoría de pasajes concretos de este legado ha sido objeto de debates historiográficos recientes; aun así, la idea permanece culturalmente vinculada a la memoria pública de Kim Gu. Al invocarlo, Aliens conecta la proyección global contemporánea con un imaginario nacional en el que la cultura no es un adorno del poder, sino una forma de poder en sí misma.


Este poder no encaja por completo en la noción clásica de soft power. La fórmula de Joseph Nye tiende a privilegiar la capacidad de un Estado para obtener resultados mediante la atracción. En el caso de BTS, la circulación cultural no se limita a objetivos gubernamentales ni a un mensaje nacional controlado de arriba abajo. Los seguidores traducen, interpretan, financian, disputan narrativas y crean sus propias redes. Las plataformas privadas organizan la visibilidad. Las empresas coreanas y extranjeras negocian la distribución. El grupo participa creativamente en la construcción de su obra y de su imagen pública. Se trata de un poder cultural transnacional, distribuido y, en ocasiones, difícil de disciplinar por parte del Estado (JIN, 2016).


Es precisamente este ecosistema el que permite a BTS rechazar los Grammy. La autonomía simbólica se construyó antes del gesto. No nació con el anuncio de julio de 2026, sino que se hizo visible en él. El rechazo es la consecuencia institucional de una transformación acumulada durante años: el paso de un artista que necesitaba ser reconocido por los centros occidentales a un artista cuya presencia resulta necesaria para que esos centros sigan pareciendo globales.


El título Aliens también revela la insuficiencia de la categoría asiática. La canción es hip-hop, pop, interpretación multilingüe, comentario sobre la celebridad, afirmación cultural e intervención geopolítica. Reducirla a una localización continental no es necesariamente falso, pero sí radicalmente insuficiente. «Asiático» informa desde dónde puede contemplarse la obra, pero no explica lo que la obra hace.


Por tanto, BTS no rechaza la «K». La canción afirma que el mundo ya sabe dónde está esa «K». El grupo rechaza que esa marca funcione como techo. Su identidad coreana no es una etapa previa a la universalidad, algo que deba superarse para alcanzar el centro. Es precisamente el lugar desde el que se produce una universalidad alternativa.


8. El árbol que no encajaba en el taller de carpintería


El Zhuangzi, un texto filosófico chino compuesto entre los siglos IV y III a. C., cuenta la historia de un extraordinario roble ignorado por un maestro carpintero. El árbol era enorme y ofrecía sombra, pero su madera no servía para los usos convencionales: los barcos se hundirían, los utensilios se romperían, las puertas rezumarían savia y las vigas serían atacadas por los insectos. El carpintero lo declaró inútil. Sin embargo, en un sueño, el árbol le explicó que precisamente su inadecuación a los criterios de la madera útil le había permitido sobrevivir y crecer (ZHUANGZI, 2013).


La parábola no debe confundirse con una simple celebración del éxito. El pensamiento de Zhuangzi cuestiona los criterios humanos que convierten una forma particular de utilidad en la medida universal de todas las cosas. El árbol no adquiere valor porque finalmente demuestre que puede ser una viga mejor. Se vuelve comprensible cuando se advierte que la carpintería nunca ha sido el único horizonte posible del valor.


Durante décadas, los Grammy se comportaron como un carpintero del talento mundial. Midieron las obras según sus categorías, cortaron trayectorias en géneros manejables y convirtieron la adecuación institucional en excelencia universal. Los artistas aspiraban a convertirse en madera apropiada para el palacio: inteligible para los votantes, encajada en cajones y reconocible según los códigos del centro.


BTS creció de otra manera. La industria intentó describirlo sucesivamente como un fenómeno de nicho, un producto de sus seguidores, una excepción asiática, K-pop y, finalmente, un candidato a la consagración occidental. Cada denominación capturaba una parte del fenómeno y fracasaba ante su escala. La nueva categoría repite el impulso del carpintero: ante un árbol que ya da cobijo a multitudes, todavía se pregunta en qué mueble debería transformarlo.


El rechazo responde sin destruir el árbol ni reformar inmediatamente el taller. Simplemente niega la tala. El grupo prefiere permanecer frondoso antes que convertirse en una viga honorífica de una estructura que lo reconoce bajo determinadas condiciones. En este sentido, la decisión no constituye una renuncia a la universalidad, sino un rechazo de una universalidad demasiado estrecha.


Es importante volver a distinguir los repertorios utilizados. Sun Tzu y Zhuangzi pertenecen a las tradiciones chinas; nunchi es un concepto coreano; BTS es un grupo surcoreano integrado en una industria transnacional contemporánea. Reunirlos bajo una esencia «oriental» homogénea reproduciría la misma violencia clasificatoria que critica este artículo. Aquí se utilizan como herramientas diferentes: la estrategia del rechazo, la percepción situacional y la crítica de los criterios convencionales de utilidad.


Consideraciones finales: el futuro no cabe en el gramófono


La decisión de BTS de no presentar ARIRANG a los Grammy de 2027 no abolirá la Recording Academy. Otros artistas asiáticos podrán beneficiarse de la nueva categoría; los Grammy seguirán siendo influyentes; sus premios continuarán teniendo efectos reales sobre las carreras y los mercados. Un análisis serio no necesita anunciar el colapso inmediato de la institución para reconocer la profundidad de la sacudida.


Lo que ha cambiado es la dirección del juicio. Durante años, la pregunta dominante era por qué los Grammy todavía no habían concedido una victoria a BTS a pesar de sus cinco nominaciones. Tras el rechazo, ha surgido otra pregunta: ¿por qué BTS seguiría necesitando un Grammy? La primera situaba al grupo ante el tribunal de la Academia. La segunda sitúa a la Academia ante el tribunal de la relevancia global.


La nueva categoría es ambivalente. Puede ampliar el reconocimiento y, al mismo tiempo, reforzar un orden en el que el pop occidental permanece sin marcas específicas, mientras que el pop asiático se define por el continente, el mercado y el idioma. Afirmar que los artistas siguen siendo formalmente elegibles para las categorías generales no elimina los efectos simbólicos de las clasificaciones. Las categorías no se limitan a dar la bienvenida a las obras; enseñan al sector a percibirlas.


El rechazo de BTS transforma la salida en voz. Al marcharse públicamente, el grupo retira de los Grammy aquello que el premio no puede fabricar por sí solo: presencia, audiencia, acontecimiento y confirmación de universalidad. Esta es la lógica de la obsolescencia por ausencia. La institución permanece materialmente intacta, pero la ausencia de un actor central revela que su poder depende del reconocimiento recíproco.


Aliens proporciona la clave estética del gesto. BTS no pide que se le considere universal a pesar de ser coreano. Afirma una universalidad producida desde Corea, que lleva consigo una lengua, un ritmo, una memoria histórica y unos códigos domésticos. El grupo no rechaza su hogar; exige que quien entre se quite los zapatos.


Quizá esto sea lo que los Grammy no consiguieron comprender. El equilibrio cultural se ha desplazado, no porque Occidente haya dejado de producir música relevante, sino porque ha perdido la exclusividad para definir dónde se encuentra el centro. El error de la Academia no consistió en escuchar demasiado tarde el sonido procedente de Asia, sino en imaginar que, después de escucharlo, todavía podía determinar por sí sola el lugar adecuado para guardarlo.


El carpintero puede conservar su regla, su taller y sus gramófonos. El árbol, sin embargo, ya ha crecido más allá de la carpintería. Bajo sus ramas hay millones de personas que no esperaron la autorización de Los Ángeles para reconocer lo que estaban escuchando. Los Grammy pueden seguir premiando el pasado de su propia autoridad. El resto del mundo ya está escuchando el futuro.


Referencias


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Uriel Barroso

Especialista en Relaciones Internacionales, con formación jurídica en curso y experiencia académica internacional en Francia. Desarrolla su actividad en la intersección entre cultura, comercio y diplomacia, con especial atención a las estrategias multilingües y las negociaciones interculturales. Ha desarrollado proyectos relacionados con la mediación, el arbitraje, el medio ambiente y la acogida académica, además de impartir clases particulares con énfasis en métodos de aprendizaje inmersivos y personalizados. Cuenta con experiencia en análisis geopolítico, traducción técnica y elaboración de contenidos académicos, así como en el manejo de herramientas digitales y la coordinación de equipos. Ha colaborado con instituciones en entornos multiculturales de América del Sur y Europa, conectando la teoría con la práctica desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria. Ha participado en iniciativas académicas y sociales orientadas a la inclusión, la educación y el desarrollo sostenible. Combina competencias técnicas e interpersonales con una excelente capacidad comunicativa y pensamiento estratégico.

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