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La performance de la producción excesiva en línea: ¿exhibicionismo mercadológico?

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    CERES
  • hace 8 horas
  • 3 Min. de lectura

Aline Batista dos Santos


En las últimas décadas, las redes sociales han dejado de cumplir una única función como espacio de conexión, pasando a operar como verdaderos escaparates de la vida cotidiana. Desde esta perspectiva, la producción ya no se concibe solo como un ejercicio o una responsabilidad, sino como un ideal fijo medido a través de indicadores de rendimiento. Experiencias cada vez más organizadas—agendas saturadas, actividades académicas sucesivas o estilos de vida basados en ideales “saludables”—se convierten en señales fundamentales de “éxito” en línea, evaluado mediante publicaciones cuidadosamente seleccionadas.


Esto plantea la duda sobre por qué es necesaria esta exhibición de desempeño: ¿responde este exhibicionismo a la realidad o encubre problemas no visibilizados (o negligenciados)? Es innegable que la exposición del “yo” en las redes implica un proceso de selección, con una edición real de pseudo-verdades. Así, los usuarios tienden a publicar momentos que validan y refuerzan aquello que desean proyectar, vendiéndose como referentes o como formas de promoción con fines mercadológicos. A través de esta curaduría se construyen narrativas de eficiencia que, muchas veces, no corresponden a la realidad.


En este contexto, la producción se convierte en un recurso de validación social. Si un individuo se mantiene constantemente ocupado y aun así demuestra eficiencia, surge una demanda de reconocimiento, impulsada por el engagement que genera lo producido. Se trata del ciclo de la performance en línea, en el que las acciones se miden por números y no por sus consecuencias o calidad. Esta lógica se vuelve cíclica y viciosa: se produce sobre la producción en lugar de actuar en la realidad; se prioriza lo “publicable”; y se refuerza la necesidad constante de probar y validar la propia eficacia.


La exposición masiva de estas imágenes y/o videos también genera consecuencias derivadas de la comparación social. Otros usuarios comparan sus vidas con las de influencers que aparentan mayor productividad, generando una sensación de insuficiencia sin una comprensión real de las desigualdades y variaciones socioeconómicas que atraviesan esta relación imprecisa. Además, esta idea de necesidad constante de producción conduce a la banalización del descanso, a la adicción a la performance como forma de aliviar la culpa asociada a la mediocridad y a un uso ineficiente del tiempo.


Este sentimiento de culpa suele derivar en remordimiento, que es “tratado” mediante cursos y formaciones vendidas como fórmulas mágicas para alcanzar el éxito. La narrativa de que las 24 horas de cualquier persona son las mismas que las de los influencers altamente productivos refuerza la comparación y proyecta la imagen de un individuo que no aprovecha al máximo sus capacidades—por tanto, “mediocre”. En consecuencia, el esfuerzo excesivo conlleva numerosos perjuicios psicológicos, que a su vez impulsan el uso de fármacos, ya sea para reprimir estos “daños” o para potenciar la productividad.


“¡Ellos duermen! Usa ese tiempo.” “¡Ellos desperdician su ocio! Produce más allá de lo que se considera mediocre.” La famosa frase que vinculaba el dinero con las horas del reloj hoy asocia los segundos con la validación social. Incluso cuando existen intentos por visibilizar el fracaso o la vulnerabilidad, el imaginario del éxito sigue vendiendo más, atrayendo seguidores y consumidores dispuestos a invertir en ideas y trayectorias hacia cimas irreales. La producción, así, deja de centrarse en la ejecución para convertirse en exhibicionismo (no después, sino en el ahora).


Más que un alivio personal por el cumplimiento de tareas u objetivos, la exposición del momento en que algo fue realizado y sus múltiples justificaciones busca validación y refuerzo del ego. Sin embargo, reflexionar sobre estas dinámicas de performance exacerbada—o exhibicionismo—resulta fundamental para fomentar una mayor conciencia en las redes sociales, especialmente en relación con las ideas que se consumen y las “verdades” que se asumen (la lógica mercadológica no ha abandonado estos espacios). En última instancia, en medio de consumos desenfrenados y comparaciones irreales, lo perjudicial también encuentra su propia forma de performar.

 

REFERENCIAS

HAN, BYUNG-CHUL. The Burnout Society. Petrópolis: Vozes, 2017.BAUMAN, ZYGMUNT. Consuming Life: The Transformation of People into Commodities. Rio de Janeiro: Zahar, 2008.DEBORD, GUY. The Society of the Spectacle. Rio de Janeiro: Contraponto, 1997.

 


 


Soy Analista Internacional, con formación en Relaciones Internacionales y título de grado obtenido en 2020. Asimismo, cuento con formación pedagógica que me habilita para la docencia en Geografía (2023), Historia (2023) y Ciencias Sociales (2025). Poseo especializaciones y posgrados en Ciencia Política (2022), Filosofía y Teoría Social (2024), Enseñanza de la Sociología (2025) y Tecnologías Aplicadas a la Educación (2025). Además, cuento con un MBA en Gestión de Proyectos Educativos (2022) y otro en Comercio Exterior y Marketing Internacional (2026).

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