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El Mito de la Globalización

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    CERES
  • hace 15 horas
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Durante décadas, la globalización fue concebida como uno de los principales vectores de transformación positiva del sistema internacional. La creencia predominante entre académicos y responsables de políticas públicas era que la intensificación de los flujos de bienes, servicios, capitales y personas promovería el crecimiento económico y una mayor estabilidad política. La interdependencia entre los Estados, al crear intereses compartidos, reduciría los incentivos al conflicto y consolidaría un orden internacional más cooperativo. En este sentido, la globalización integraría al mundo y lo haría más pacífico.


Esta visión encontró respaldo empírico en las últimas décadas del siglo XX y a comienzos del XXI. Las economías emergentes comenzaron a crecer de manera acelerada, impulsadas por las exportaciones y su inserción en las cadenas globales de valor. La expansión del comercio internacional contribuyó a la formación de clases medias en diversos países, mientras que las empresas multinacionales ampliaron su presencia global. A primera vista, parecía que el mundo avanzaba, aunque de forma desigual, hacia una convergencia económica y política.


La falla distributiva


A pesar de los beneficios agregados, la globalización reveló una fragilidad en su incapacidad para distribuir los beneficios de manera equitativa dentro de las propias sociedades, especialmente en las economías avanzadas. Aunque el aumento de la eficiencia productiva y la expansión del comercio internacional elevaron el nivel general de riqueza, estos beneficios estuvieron altamente concentrados. Los sectores intensivos en mano de obra, particularmente las manufacturas tradicionales, se convirtieron en los principales perdedores de este proceso, ya que la competencia internacional —especialmente de países con menores costos— presionó a las empresas a reducir costos, automatizar procesos o trasladar sus operaciones al exterior. Este movimiento eliminó empleos y desestructuró regiones enteras cuya identidad económica y social estaba anclada en la industria.


El impacto fue, por lo tanto, económico, social y político. A diferencia de transiciones económicas anteriores, en las que nuevos sectores absorbían rápidamente la fuerza de trabajo desplazada, la reabsorción en estos casos fue lenta, incompleta y desigual. Muchos trabajadores no contaban con las cualificaciones exigidas por los nuevos sectores, frecuentemente más intensivos en tecnología y conocimiento, lo que resultó en trayectorias marcadas por el subempleo, la informalidad o la salida definitiva del mercado laboral. Mientras tanto, los beneficios de la globalización se manifestaban de forma difusa y, muchas veces, invisible en la vida cotidiana. Los consumidores pasaron a tener acceso a una mayor variedad de productos a precios más bajos, y las empresas aumentaron sus márgenes y competitividad global. Sin embargo, estos beneficios no eran percibidos con la misma intensidad que las pérdidas concentradas. Los costos son localizados y visibles; los beneficios, dispersos. Esta asimetría contribuyó a la construcción de una narrativa negativa en torno a la globalización, incluso cuando, en términos agregados, generó beneficios netos.


La ausencia de políticas públicas eficaces amplificó este desequilibrio. En muchos países desarrollados, hubo un debilitamiento progresivo de las redes de protección social precisamente en el momento en que se volvían más necesarias. Los programas de recualificación profesional fueron insuficientes o mal orientados, los sistemas tributarios no lograron redistribuir los beneficios de manera significativa, y las políticas de desarrollo regional no consiguieron revitalizar las áreas afectadas por la desindustrialización. Como resultado, la globalización pasó a ser asociada con una sensación más amplia de abandono por parte del Estado.


Este desajuste entre eficiencia económica y legitimidad social volvió a la globalización políticamente vulnerable. Problemas complejos, como el impacto de la automatización, la financiarización de la economía o las políticas fiscales que favorecían la concentración de ingresos, fueron frecuentemente reducidos a una única causa visible: la competencia externa. A partir de este escenario, líderes políticos y movimientos comenzaron a instrumentalizar este descontento. La globalización fue presentada como una fuerza externa, casi depredadora, responsable de debilitar las economías nacionales y amenazar la soberanía de los Estados. Esta narrativa encontró terreno fértil en sociedades marcadas por la inseguridad económica y la desconfianza institucional. Al ofrecer explicaciones simples para problemas complejos, permitió la movilización política de amplios segmentos de la población.


Esta politización tuvo consecuencias directas en la formulación de políticas económicas. Medidas proteccionistas, como aranceles, restricciones a la inversión extranjera e incentivos a la producción doméstica, ganaron legitimidad política y pasaron a ser presentadas como mecanismos de defensa nacional. La política económica, en este contexto, comenzó a incorporar de forma más explícita consideraciones de identidad, soberanía y seguridad. Sin embargo, el paradigma anterior —basado en la idea de que el comercio internacional genera beneficios mutuos e interdependencia beneficiosa— fue progresivamente sustituido por una visión más conflictiva. La globalización dejó de ser vista como un juego de suma positiva, en el que todos pueden ganar, y pasó a ser interpretada como un juego de suma cero, en el que la ganancia de unos ocurre necesariamente a expensas de otros.


Este cambio de percepción es crucial, ya que altera las políticas adoptadas, las expectativas y los comportamientos de los actores económicos y políticos. Cuando la globalización es percibida como excluyente e injusta, su legitimidad se erosiona, abriendo espacio para respuestas que, al intentar corregir sus fallas, pueden terminar profundizando la fragmentación económica y política. En este sentido, la crisis de la globalización es, al mismo tiempo, material y narrativa, pues deriva tanto de sus efectos concretos como de la forma en que estos efectos son interpretados y movilizados en el debate público.


Rivalidad entre Estados Unidos y China


La transformación de la globalización puede observarse de manera emblemática en la relación entre Estados Unidos y China. En las primeras décadas del siglo XXI, la integración económica entre ambos países era vista como mutuamente beneficiosa. La entrada de China en la economía global, tras su adhesión a la OMC, intensificó el comercio y profundizó los lazos financieros entre ambas potencias. Las empresas estadounidenses expandieron sus cadenas productivas hacia el territorio chino, aprovechando costos más bajos, mientras que China consolidaba su posición como la principal plataforma manufacturera del mundo. En este contexto, la interdependencia era interpretada como un mecanismo de estabilización. Cuanto mayor era el nivel de integración, menor era el incentivo al conflicto.


Sin embargo, esta relación comenzó a revelar tensiones profundas. El aumento del déficit comercial de Estados Unidos, la pérdida de empleos industriales y las prácticas económicas chinas —como subsidios estatales, exigencias de empresas conjuntas y restricciones al acceso de empresas extranjeras— alimentaron percepciones de competencia desleal. El llamado “choque de China” se convirtió en un símbolo de los costos de la globalización para los trabajadores estadounidenses, especialmente en regiones industriales afectadas por la deslocalización productiva. La interdependencia, que antes era vista como un activo, pasó gradualmente a ser percibida como una fuente de vulnerabilidad.


Este cambio de percepción tomó forma concreta durante los gobiernos de Donald Trump. Estados Unidos inició una guerra comercial al imponer aranceles sobre cientos de miles de millones de dólares en productos chinos, con el argumento de corregir prácticas desleales y reducir el déficit comercial. La respuesta de Pekín fue inmediata, con aranceles de represalia sobre productos estadounidenses, inaugurando un ciclo de escalada que rompió con la lógica anterior de liberalización comercial. El comercio bilateral, que antes simbolizaba cooperación, pasó a ser utilizado como instrumento de presión política. Paralelamente, la rivalidad se expandió al ámbito tecnológico. El gobierno estadounidense impuso severas restricciones a Huawei, prohibiendo a las empresas de Estados Unidos suministrar componentes y software esenciales. La justificación se basó en preocupaciones de seguridad nacional, reflejando el temor de que la infraestructura tecnológica pudiera ser utilizada con fines estratégicos por el gobierno chino.


Bajo el liderazgo de Xi Jinping, China respondió intensificando su estrategia de autonomía económica y tecnológica. Inversiones masivas en innovación doméstica y políticas industriales orientadas a la autosuficiencia pasaron a ocupar el centro de la agenda económica. Al mismo tiempo, las tensiones se ampliaron con la imposición de controles estadounidenses sobre la exportación de semiconductores avanzados y equipos de fabricación, restringiendo el acceso chino a tecnologías críticas. En respuesta, Pekín comenzó a utilizar su posición dominante en cadenas estratégicas, como la de tierras raras, como instrumento de negociación, evidenciando la creciente instrumentalización económica de la interdependencia.


Este entorno de desconfianza también impactó el comportamiento de las empresas multinacionales. Gigantes como Apple comenzaron a diversificar sus cadenas productivas, trasladando parte de la producción a países como India y Vietnam, en una estrategia de reducción de riesgo geopolítico. Al mismo tiempo, empresas chinas buscaron nuevas rutas de inserción internacional, invirtiendo en países con mayor acceso al mercado estadounidense, como México y economías del Sudeste Asiático. La lógica de eficiencia pura, basada en costos, fue sustituida por una lógica híbrida, en la que la seguridad y el alineamiento político pasaron a desempeñar un papel central.


Gradualmente, la interdependencia económica pasó a ser interpretada como un riesgo estratégico. La globalización se presenta ahora como un campo de disputa estratégica, reflejando la transición de un modelo de integración hacia un escenario de fragmentación y competencia.


La fragmentación de la globalización


Lejos de desaparecer, la globalización ha entrado en una nueva fase caracterizada por la fragmentación. A diferencia del modelo anterior, orientado principalmente por la eficiencia económica, la nueva configuración está fuertemente influenciada por consideraciones geopolíticas. Las decisiones empresariales y las políticas públicas pasan a priorizar la seguridad, la resiliencia y el alineamiento. Este cambio refleja una reinterpretación de las vulnerabilidades reveladas en las últimas décadas, desde crisis financieras hasta interrupciones en las cadenas de suministro y, sobre todo, la intensificación de la rivalidad entre grandes potencias, como Estados Unidos y China bajo el liderazgo de Xi Jinping.


En este contexto, prácticas como el “reshoring” y el “friend-shoring” adquieren relevancia. Las empresas buscan relocalizar sus cadenas productivas, acercándolas a sus países de origen o a aliados políticos, incluso si esto implica costos más elevados. Los gobiernos, a su vez, abandonan parcialmente la postura liberal clásica y pasan a adoptar políticas industriales más assertivas. La lógica es reducir dependencias consideradas críticas, especialmente en sectores sensibles como la energía, la defensa y la tecnología avanzada.


Esta reconfiguración, sin embargo, no ocurre de manera uniforme ni sin costos. La fragmentación de las cadenas globales implica la duplicación de estructuras productivas, la pérdida de economías de escala y el aumento del costo final de bienes y servicios. Esto puede resultar en cadenas menos eficientes y más caras, afectando a los consumidores y reduciendo el dinamismo económico global. Además, la fragmentación introduce nuevas formas de inestabilidad. Al sustituir la interdependencia amplia por redes más restringidas y políticamente alineadas, el sistema internacional tiende a dividirse en bloques. Esta dinámica puede reducir la cooperación entre países y aumentar la probabilidad de disputas comerciales y tecnológicas. Paradójicamente, al intentar mitigar riesgos específicos, como la dependencia de un único proveedor o país, esta nueva forma de globalización puede ampliar riesgos sistémicos, al debilitar los mecanismos que antes incentivaban la cooperación y la moderación de conflictos.


La cooperación económica, que anteriormente actuaba como un freno a las rivalidades políticas, pierde parte de su capacidad moderadora. El resultado es un sistema internacional más volátil, en el que las crisis pueden propagarse con mayor rapidez y donde la previsibilidad de las relaciones económicas se reduce significativamente. Las implicaciones de esta transformación son particularmente preocupantes para los países en desarrollo. Históricamente, la integración a las cadenas globales de valor fue uno de los principales motores de industrialización y crecimiento. Países asiáticos, por ejemplo, lograron elevar rápidamente sus niveles de renta al insertarse en redes productivas globales, inicialmente en segmentos de menor valor agregado y, gradualmente, avanzando hacia actividades más sofisticadas. Este modelo dependía de un entorno internacional relativamente abierto, en el que las barreras comerciales eran reducidas y las inversiones fluían con mayor libertad.


Con la fragmentación de la globalización, este camino se vuelve más incierto. La reorganización de las cadenas productivas con base en alineamientos geopolíticos puede excluir a países que no estén insertos en bloques estratégicos relevantes. Además, las políticas industriales adoptadas por economías avanzadas, muchas veces con fuerte apoyo estatal, pueden dificultar la competencia de los países en desarrollo, que disponen de menos recursos para subsidiar sus sectores productivos. Barreras comerciales, exigencias regulatorias y criterios políticos pasan a limitar el acceso a los mercados, reduciendo las oportunidades de inserción internacional.


El resultado potencial es la cristalización de una nueva jerarquía global, en la que las oportunidades de ascenso económico se vuelven más restringidas. En lugar de un sistema abierto que permite movilidad relativa entre países, la fragmentación puede consolidar divisiones estructurales, perpetuando desigualdades y dificultando trayectorias de convergencia. La nueva fase de la globalización, aunque responde a preocupaciones legítimas de seguridad y resiliencia, conlleva el riesgo de debilitar uno de los principales mecanismos históricos de desarrollo económico para gran parte del mundo.


Reforma


Ante este escenario de fragmentación, tensiones geopolíticas y pérdida de legitimidad social, la respuesta no debe ser el abandono de la globalización, sino su profunda reformulación. La experiencia de las últimas décadas demuestra que, a pesar de sus beneficios agregados, la globalización falló en distribuir sus ganancias de manera equilibrada y en crear mecanismos institucionales capaces de sostener su propio funcionamiento en el largo plazo. Reformarla, por lo tanto, no es solo deseable, sino necesario para evitar que sus distorsiones comprometan definitivamente su potencial positivo.


En el plano doméstico, el punto de partida es reconocer que los mercados abiertos y la integración internacional generan ganadores y perdedores. La ausencia de políticas eficaces para lidiar con este desequilibrio fue uno de los principales factores que erosionaron el apoyo político a la globalización. En este sentido, resulta fundamental fortalecer las redes de protección social, ampliar las inversiones en educación y recualificación profesional y desarrollar políticas públicas que faciliten la transición de los trabajadores entre sectores. Crear condiciones para que los individuos puedan reinsertarse en nuevas dinámicas económicas, especialmente en sectores intensivos en tecnología y conocimiento.


Además, políticas fiscales y tributarias más progresivas pueden desempeñar un papel central en la reducción de las desigualdades exacerbadas por la globalización. En muchos países, la concentración de ingresos y riqueza fue intensificada por estructuras tributarias regresivas y por una regulación insuficiente de los mercados financieros. Corregir estas distorsiones es esencial para promover la justicia social y para restaurar la legitimidad política de un sistema económico abierto.


En el plano internacional, la reforma de la globalización exige la revitalización de las instituciones multilaterales, cuya credibilidad y eficacia han sido progresivamente erosionadas. Organizaciones como la OMC necesitan recuperar su capacidad de arbitrar disputas y garantizar el cumplimiento de reglas de forma consistente e imparcial. Esto implica, incluso, la disposición de enfrentar prácticas desleales tanto de grandes potencias como de economías menores, evitando la percepción de selectividad o politización. De la misma manera, instituciones financieras internacionales como el FMI y el Banco Mundial deben adaptar sus estructuras de gobernanza para reflejar mejor el peso creciente de las economías emergentes. Sin una representación adecuada, tales instituciones tienden a perder legitimidad y, en consecuencia, capacidad de coordinación.


Otro elemento central de esta reforma es la necesidad de establecer reglas más claras y equilibradas para temas que han adquirido relevancia estratégica, como la tecnología, los flujos de datos, las inversiones y las políticas industriales. La ausencia de consensos en estos ámbitos ha contribuido a la escalada de disputas entre países, como se evidencia en las tensiones entre Donald Trump y Xi Jinping. Crear mecanismos de cooperación que concilien los intereses económicos con las preocupaciones de seguridad será uno de los mayores desafíos de la próxima fase de la globalización.


La sostenibilidad de la globalización dependerá de su capacidad para equilibrar tres dimensiones fundamentales: eficiencia económica, cohesión social y estabilidad política. Ignorar cualquiera de ellas tiende a generar desequilibrios que, como se ha visto, pueden comprometer todo el sistema.


Conclusión


El sistema internacional actual no es menos globalizado, sino globalizado de forma diferente: más selectivo, más politizado y más condicionado por intereses estratégicos. Los flujos de comercio, capital y tecnología siguen siendo intensos, pero están cada vez más filtrados por criterios geopolíticos, reflejando un orden internacional en proceso de reconfiguración.


El desafío contemporáneo, por lo tanto, es decidir sobre qué bases puede operar la globalización de manera más equilibrada y sostenible. Esto exige reconocer tanto sus beneficios como sus fallas, evitando narrativas simplificadoras que la traten exclusivamente como solución o como problema. Si se gestiona adecuadamente, la globalización aún puede contribuir significativamente al crecimiento económico, la innovación y la cooperación internacional. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en otro vector de división en un sistema ya tensionado por disputas de poder y crisis recurrentes.


En este contexto, el futuro de la globalización permanece abierto. Será moldeado por decisiones políticas, institucionales y estratégicas. La forma en que gobiernos, empresas y sociedades respondan a los desafíos actuales —desde las desigualdades internas hasta las rivalidades entre grandes potencias— determinará si la próxima fase de la globalización será capaz de recuperar su potencial integrador o si consolidará una dinámica de fragmentación duradera.


Entre integración y conflicto, el mundo se encuentra en un punto de inflexión. El desenlace de esta trayectoria dependerá de la capacidad colectiva de reformar, y no abandonar, uno de los procesos más transformadores de la historia contemporánea.


Referencias


K. O’Neil, Shannon . “It’s Not Deglobalization, It’s Regionalization.” Yale University Press, 2023, yalebooks.yale.edu/2023/10/26/its-not-deglobalization-its-regionalization/.

---. “The Globalization Myth.” Council on Foreign Relations, 2022, www.cfr.org/articles/globalization-myth.

Manak, Inu, et al. “A Year after “Liberation Day,” Experts Review the Costs of Trump’s Tariffs.” Council on Foreign Relations, 2026, www.cfr.org/articles/a-year-after-liberation-day-experts-review-the-costs-of-trumps-tariffs.

Prasad, Eswar. “How Geopolitics Overran Globalization.” Foreign Affairs, 2026, www.foreignaffairs.com/united-states/how-geopolitics-overran-globalization.



João Pedro Nascimento es graduado en Relaciones Internacionales, con posgrado en Políticas Públicas. Cuenta con experiencia en internacionalización de negocios, expansión hacia mercados exteriores, negociaciones internacionales y gestión estratégica de alianzas.

Es consultor en política exterior y economía internacional, además de socio de una firma de asesoría financiera, conectando empresas e inversores con oportunidades globales mediante el análisis de escenarios, la evaluación de riesgos y la estructuración estratégica.

Es fundador de RI Talks, un espacio independiente de análisis y debate sobre la realidad nacional e internacional.

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