La Organización de Cooperación de Shanghái: la otra arquitectura de poder de Eurasia
Marco Alves
De la cooperación en materia de seguridad a la construcción de un orden multipolar, con Irán como nueva prueba de poder
Hace veinticinco años, la Organización de Cooperación de Shanghái todavía era apenas una estructura regional relativamente discreta, surgida de las preocupaciones en materia de seguridad de China, Rusia y las repúblicas de Asia Central. Su principal foco eran las fronteras, el terrorismo, el separatismo y la estabilidad de una región considerada desde hacía mucho tiempo periférica por las potencias occidentales.
Hoy, su peso es completamente diferente.
La cumbre de Biskek, en Kirguistán, que se celebra a comienzos del mes de septiembre con motivo del vigésimo quinto aniversario de la organización, ofrece un ejemplo espectacular de ello. Junto a Xi Jinping, Vladímir Putin y Narendra Modi se encuentran, entre otros, el presidente iraní Masoud Pezeshkian y los líderes de los Estados de Asia Central, Pakistán y Bielorrusia. La OCS cuenta ahora con diez Estados miembros: China, Rusia, India, Irán, Pakistán, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán.
Esta reunión tiene lugar, sobre todo, en un contexto excepcional: Irán está involucrado, desde febrero de 2026, en un enfrentamiento militar con Estados Unidos e Israel, marcado por ataques, una crisis en torno al programa nuclear iraní, tensiones en el estrecho de Ormuz y una sucesión de intentos de alto el fuego. En Biskek, Masoud Pezeshkian declaró, además, que Teherán estaba dispuesta a retomar sus compromisos si Washington volvía a cumplir los suyos, en el marco del memorando firmado en junio.
La presencia simultánea del líder iraní junto a los presidentes de China y Rusia confiere, por tanto, a la cumbre un alcance que supera ampliamente la cooperación regional.
La cuestión que se plantea ahora es la siguiente: ¿se está convirtiendo la Organización de Cooperación de Shanghái en una verdadera estructura de poder capaz de alterar las relaciones de fuerza internacionales, o continúa siendo, ante todo, una plataforma diplomática que reúne a Estados con intereses divergentes?
La respuesta probablemente se encuentre en algún punto intermedio entre ambas opciones.
I) Génesis de la organización
A) Una organización nacida al margen del antiguo orden mundial
Para comprender la OCS es necesario remontarse a Asia Central en la década de 1990.
Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, surgieron cinco nuevas repúblicas independientes, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, en una región estratégica situada entre Rusia, China, Irán, Afganistán y el subcontinente indio. El colapso de la URSS provocó entonces un doble movimiento. Moscú buscaba preservar su influencia en lo que consideraba su «extranjero próximo». Pekín, por su parte, deseaba estabilizar sus fronteras occidentales y evitar que Asia Central se convirtiera en una zona de inestabilidad, radicalismo o influencia estadounidense.
Es en este contexto cuando surge, en 1996, el «Grupo de Shanghái», que reunía a China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Posteriormente, Uzbekistán se incorporó al proceso. El objetivo inicial era muy concreto: resolver las cuestiones fronterizas y reducir las tensiones militares heredadas del período soviético. El 15 de junio de 2001, en Shanghái, los seis Estados fundaron oficialmente la Organización de Cooperación de Shanghái.
Inicialmente, por tanto, no se trataba en absoluto de crear una organización destinada a competir con la OTAN o con las instituciones occidentales. Pero el contexto internacional transformaría progresivamente su vocación.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la intervención estadounidense en Afganistán situaron Asia Central en el centro de la estrategia estadounidense. Washington comenzó entonces a instalar infraestructuras militares en la región y a desarrollar relaciones estrechas con varios Estados de Asia Central. La OCS se encontró así ante una nueva realidad: el espacio que pretendía estabilizar se convirtió también en un escenario de competencia entre grandes potencias. La lucha contra el terrorismo, el separatismo y el extremismo se convirtió en el cemento oficial de la organización.
Pero, detrás de esta cooperación en materia de seguridad, surgió gradualmente una ambición más amplia: construir un espacio euroasiático en el que las grandes potencias regionales pudieran defender sus intereses sin depender sistemáticamente de las instituciones dominadas por Washington.
B) La ampliación transforma completamente la naturaleza de la OCS
El verdadero punto de inflexión se produce con la ampliación. En 2017, India y Pakistán se convierten en miembros de pleno derecho. La organización deja entonces de estar esencialmente centrada en China, Rusia y Asia Central. Dos potencias nucleares rivales ingresan simultáneamente en la misma organización. La paradoja es considerable.
India y Pakistán están frecuentemente en desacuerdo respecto a la cuestión de Cachemira. Han librado varias guerras y continúan considerándose mutuamente adversarios estratégicos. Sin embargo, aceptan sentarse a la misma mesa en el marco de la OCS. Esta situación resume bastante bien la filosofía de la organización: no es necesario ser aliado para cooperar.
Irán ingresará oficialmente en la OCS en 2023, seguido de Bielorrusia en 2024. La organización cuenta ahora con diez miembros. Esta evolución altera profundamente su geografía.
Con China e India, la OCS incluye a dos de los países más poblados del mundo. Con Rusia e Irán, reúne a dos grandes potencias energéticas y militares. Con Kazajistán y Uzbekistán, integra a Estados que disponen de importantes recursos energéticos y minerales y ocupan posiciones centrales en los corredores terrestres euroasiáticos. La OCS se convierte, por tanto, simultáneamente en una organización de seguridad, un espacio energético, una plataforma económica y un instrumento diplomático.
Según datos del Banco Mundial, China e India, por sí solas, representan masas demográficas y económicas considerables. Considerando los diez miembros, la organización representa 3.500 millones de habitantes y una parte sustancial de la producción mundial, especialmente cuando se considera la paridad de poder adquisitivo. No obstante, es necesario evitar un error de interpretación: sumar las poblaciones o los PIB de los miembros no significa que la OCS posea un poder colectivo equivalente a la suma de esos valores.
Esta es precisamente una de sus características fundamentales: la organización no es un Estado ni una alianza integrada. Su poder potencial es superior a su poder institucional.
II) ¿La nueva búsqueda del poder?
A) Tianjin: el regreso del triángulo China-Rusia-India
La cumbre de Tianjin, en septiembre de 2025, constituyó una etapa importante en esta transformación. El encuentro entre Xi Jinping, Vladímir Putin y Narendra Modi otorgó nueva visibilidad al antiguo concepto del «RIC», Rusia, India y China, ideado en la década de 1990 por el primer ministro ruso Evgueni Primakov.
La idea de Primakov era sencilla: ante una potencia estadounidense que se había vuelto dominante tras el final de la URSS, Moscú debía promover un acercamiento entre las principales potencias continentales de Eurasia. Durante mucho tiempo, este proyecto pareció más teórico que real. La rivalidad sino-india, en particular, impedía el surgimiento de un verdadero triángulo estratégico.
Pero Tianjin mostró que algo había cambiado.
Después de varios años de tensiones, especialmente los enfrentamientos mortales de 2020 en el valle de Galwan, Pekín y Nueva Delhi comenzaron a buscar una forma de estabilización. La lógica no es la de una alianza, sino una lógica más pragmática: la rivalidad sino-india persiste, pero ninguna de las dos potencias desea necesariamente que esta desemboque en un enfrentamiento permanente. Esta distinción es esencial.
India mantiene relaciones estrechas con Estados Unidos, especialmente en el marco del Quad, junto a Washington, Tokio y Canberra. Paralelamente, adquiere armas de Rusia, desarrolla sus relaciones con las monarquías del Golfo y participa tanto en los BRICS como en la OCS. Nueva Delhi se niega, por tanto, a entrar en una lógica de bloques. Precisamente esto convierte a India en un actor tan importante para el futuro de la OCS. Impide que China transforme automáticamente la organización en un instrumento de su propia estrategia.
B) China pretende ahora dotar a la OCS de instrumentos de poder
Tianjin también fue importante por otro motivo: la voluntad china de fortalecer las capacidades económicas de la organización. Xi Jinping propuso allí la creación de un banco de desarrollo de la OCS y anunció financiación china, incluidos unos 10.000 millones de yuanes en préstamos durante tres años, equivalentes a aproximadamente 1.400 millones de dólares, a los que se sumaban subvenciones. Este detalle está lejos de ser meramente anecdótico. Una organización internacional solo se convierte verdaderamente en una arquitectura de poder cuando dispone de instrumentos que permiten transformar las declaraciones políticas en interdependencias concretas.
Un banco, mecanismos de pago, infraestructuras, corredores ferroviarios, inversiones energéticas o acuerdos comerciales crean un poder mucho más duradero que una simple declaración diplomática. China lo sabe. Su modelo de poder exterior se basa precisamente en la combinación de infraestructuras, financiación, comercio y diplomacia. La OCS puede, por tanto, convertirse en una extensión institucional de esta estrategia.
Pero, una vez más, Pekín se enfrenta a un límite: sus socios no quieren necesariamente convertirse en dependientes de China.
Kazajistán, por ejemplo, mantiene relaciones estrechas con Pekín, al mismo tiempo que se preocupa por preservar sus vínculos con Rusia, la Unión Europea y otros socios. India, por su parte, busca explícitamente preservar su autonomía estratégica. La OCS es, por tanto, también un espacio de negociación del poder chino.
III) El contexto global que lo cambia todo
A) Irán: el miembro que altera la geopolítica de la organización
La integración de Irán constituye probablemente la evolución más estratégica de los últimos años. Cuando Teherán se incorporó oficialmente a la organización en 2023, Irán ya estaba sometido a un régimen masivo de sanciones occidentales y llevaba mucho tiempo buscando diversificar sus asociaciones económicas y diplomáticas. Su entrada en la OCS le confiere una legitimidad adicional. Pero, sobre todo, aproxima el espacio euroasiático a Oriente Medio. Irán constituye un puente geográfico entre Asia Central, el Cáucaso, Rusia, el Golfo y el océano Índico. También es una gran potencia energética. Y, sobre todo, está situado en el corazón de uno de los puntos de paso más estratégicos del planeta: el estrecho de Ormuz.
Los datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos muestran que, en 2024, unos 20 millones de barriles de petróleo y productos derivados atravesaron diariamente el estrecho, lo que representa aproximadamente el 20 % del consumo mundial de productos petrolíferos. En el primer semestre de 2025, el flujo alcanzó unos 20,9 millones de barriles diarios.
En otras palabras, una crisis que involucre a Irán no afecta únicamente a Israel, Estados Unidos o Oriente Medio. Puede afectar a toda la economía mundial. Y esto explica por qué el encuentro entre Pezeshkian, Xi y Putin en Biskek reviste una importancia especial. Irán no ingresa en la OCS como un simple miembro adicional. Ingresa como un país en guerra, sometido a sanciones, que dispone de importantes recursos energéticos y controla uno de los principales puntos de paso del comercio mundial de petróleo.
B) La guerra contra Irán transforma la cuestión de la OCS
Desde febrero de 2026, la cuestión iraní ha adquirido una nueva dimensión. Estados Unidos e Israel lanzaron operaciones militares contra Irán, dirigidas principalmente contra sus infraestructuras nucleares y militares. El enfrentamiento se prolongó con ataques aéreos y negociaciones frágiles. En este contexto, la reacción de China y Rusia es particularmente importante. Ni Pekín ni Moscú desean necesariamente entrar directamente en guerra con Washington. Pero ambos tienen interés en impedir el colapso estratégico de Irán.
Rusia busca preservar su influencia en Oriente Medio e impedir que Estados Unidos consolide su posición en el espacio estratégico situado entre el Cáucaso, el mar Caspio y el Golfo.
China tiene una preocupación diferente, aunque complementaria: la energía y la estabilidad de las rutas comerciales. China es el principal destino del petróleo iraní y, por tanto, permanece directamente expuesta a las perturbaciones del mercado energético. Análisis recientes destacan que Pekín absorbe una parte muy significativa de las exportaciones de petróleo iraní, a pesar de las sanciones estadounidenses. La ecuación es, por tanto, sencilla. Washington puede ejercer una presión financiera considerable sobre Teherán. Pero mientras China continúe dispuesta a comerciar con Irán, especialmente en el sector energético, la capacidad de las sanciones estadounidenses para aislar completamente a la República Islámica seguirá siendo limitada.
Aquí es donde la OCS puede resultar interesante: ofrece a sus miembros un entorno político en el que las relaciones económicas pueden continuar desarrollándose a pesar de las sanciones occidentales. No obstante, no se debe exagerar esta capacidad. Actualmente, la OCS no posee un sistema financiero comparable al de Estados Unidos o la Unión Europea. Tampoco dispone de una moneda común. Pero contribuye al surgimiento de mecanismos paralelos: comercio en monedas nacionales, desarrollo de sistemas de pago alternativos, financiación china, cooperación bancaria y desarrollo de corredores terrestres.
El poder, por tanto, no desaparece del sistema mundial. Se desplaza.
C) La verdadera batalla: ¿quién controla los flujos?
La cuestión del poder en el siglo XXI ya no se reduce al número de tanques, aviones o misiles. También tiene que ver con las infraestructuras:
¿Quién controla los puertos? ¿Quién controla los corredores ferroviarios? ¿Quién financia las infraestructuras? ¿Quién controla las cadenas de suministro? ¿Quién puede seguir comerciando cuando Estados Unidos impone sanciones? Y, sobre todo, ¿quién puede transformar una crisis regional en un problema global?
Irán posee una capacidad especial en este ámbito gracias a su ubicación geográfica. El estrecho de Ormuz es el ejemplo más espectacular de ello. Pero los corredores terrestres son igualmente importantes.
El espacio de la OCS se encuentra en el centro de las nuevas rutas comerciales que conectan China con Europa, Oriente Medio y Rusia.
Rusia posee recursos energéticos y minerales. China dispone de capacidades industriales y financieras. India posee un mercado gigantesco y una posición estratégica en el océano Índico. Irán ofrece una conexión directa con el Golfo, Oriente Medio y las rutas marítimas del océano Índico. Los Estados de Asia Central, por su parte, aportan sus recursos naturales y su posición geográfica.
El potencial de la OCS reside precisamente en esta complementariedad.
IV) Lo que debe ser la OCS
A) Pero la OCS no es un bloque: las contradicciones son numerosas
Aquí es necesario tener cuidado para no realizar una interpretación excesivamente sensacionalista. Presentar a la OCS como una «OTAN del Este» sería un error. No posee un artículo 5. No dispone de un mando militar integrado. No obliga a sus miembros a adoptar una política exterior común. Y sus miembros mantienen importantes rivalidades entre sí.
India y China son competidores. India y Pakistán son adversarios.
Rusia y China cooperan estrechamente, pero sus intereses en Asia Central no siempre son idénticos.
Los Estados de Asia Central, por su parte, generalmente buscan evitar tener que elegir entre Moscú y Pekín.
Esta diversidad explica por qué la OCS funciona más mediante el consenso que mediante la imposición. El comunicado de los ministros de Asuntos Exteriores de la organización, en julio de 2026, insiste, de hecho, en una concepción del mundo «multipolar», al mismo tiempo que afirma que la OCS no tiene como objetivo a otros Estados u organizaciones internacionales y que se basa en el consenso y el respeto de los intereses nacionales. Esta formulación es fundamental. La OCS no pretende oficialmente crear un bloque antioccidental. Defiende, por el contrario, la idea de un mundo en el que ninguna potencia debería poder imponer por sí sola sus reglas. Esta es una diferencia importante.
B) India, árbitro potencial entre dos visiones de la multipolaridad
Uno de los principales desafíos para el futuro de la OCS será, por tanto, la posición de India. Porque, en realidad, existen dos concepciones de la multipolaridad:
La primera, defendida principalmente por China y Rusia, insiste en la transformación del orden internacional dominado por Estados Unidos y en la creación de un sistema más equilibrado entre los grandes polos de poder.
La segunda, defendida de forma más matizada por India, consiste en rechazar cualquier dominio, incluido el de una potencia no occidental.
Nueva Delhi no desea sustituir la hegemonía estadounidense por una hegemonía china. Por eso India participa simultáneamente en estructuras tan diferentes como el Quad, los BRICS y la OCS.
Esta estrategia puede parecer contradictoria. Pero no lo es. Responde a una lógica de autonomía estratégica. India desea disponer de varias opciones, en lugar de depender de una única alianza. Y precisamente esto podría impedir que la OCS se convierta en un bloque rígido. Pero, paradójicamente, esta ausencia de alineamiento también podría ser lo que la haga duradera.
C) Una organización que aprende a transformar poder en influencia
La OCS cumplirá 25 años en 2026. Su evolución ha sido espectacular. En 2001, reunía a seis Estados en torno a cuestiones esencialmente regionales.
En 2026, cuenta con diez miembros y se encuentra en el centro de un espacio estratégico que se extiende desde Europa Oriental hasta el océano Índico y desde Siberia hasta Oriente Medio.
Pero la próxima etapa será decisiva. Para convertirse en una verdadera arquitectura de poder, la OCS deberá pasar de la cooperación política a la integración funcional. Esto significa desarrollar el comercio, las infraestructuras, las inversiones, los mecanismos de pago, los proyectos energéticos, la cooperación tecnológica y las capacidades de seguridad.
El Consejo Empresarial de la OCS ya viene trabajando en este sentido. En junio de 2026, una reunión en Biskek tuvo como foco, entre otros asuntos, el comercio, la inversión y la cooperación industrial entre los Estados miembros. Quizá esto sea menos espectacular que una cumbre de jefes de Estado. Pero probablemente sea más importante. Una arquitectura internacional solo se vuelve poderosa cuando crea intereses económicos suficientemente fuertes como para hacer duradera su cooperación.
Conclusión: la OCS, un laboratorio para un mundo sin un único centro
La Organización de Cooperación de Shanghái no constituye, por tanto, ni una nueva OTAN, ni una alianza militar asiática, ni un bloque homogéneo liderado por Pekín. Es algo más flexible y, quizá, más representativo del período histórico que se inicia. Constituye un laboratorio de la multipolaridad. Su originalidad reside en su capacidad para reunir a potencias que no comparten ni el mismo régimen político, ni los mismos intereses, ni la misma visión del mundo, pero que tienen un interés común: disponer de una mayor libertad estratégica.
Y, a partir de ahora, Irán constituye la prueba más importante de esta ambición. La guerra entre Washington, Israel y Teherán transforma, en efecto, una cuestión regional en un problema euroasiático. Si China y Rusia consiguen mantener a Irán conectado económica y diplomáticamente al espacio euroasiático, entonces las sanciones occidentales demostrarán sus límites.
Si, por el contrario, Irán permanece aislado a pesar de su adhesión a la OCS, ello mostrará que la organización continúa siendo, ante todo, un foro político, incapaz de transformar su masa económica y demográfica en una verdadera potencia colectiva.
La cumbre de Biskek debe, por tanto, ser vista menos como otra reunión diplomática y más como un indicador. Detrás de los apretones de manos entre Xi Jinping, Vladímir Putin, Narendra Modi y Masoud Pezeshkian, está en juego una cuestión mucho más profunda: ¿es posible construir una potencia internacional sin crear un nuevo bloque?
Esta es, probablemente, la gran experiencia geopolítica desarrollada por la OCS. Porque el poder del siglo XXI quizá ya no esté organizado en torno a un único centro, una única alianza o una única moneda. Podría estar distribuido entre varios polos, varias redes, varias instituciones y varios corredores. En este nuevo escenario, China dispone de poder industrial y financiero, Rusia de considerables recursos energéticos y militares, India de una masa demográfica y económica en expansión, Irán de una posición geográfica y energética estratégica, mientras Asia Central constituye uno de los grandes nudos de conexión del continente. Ninguno de estos actores controla por sí solo Eurasia. Pero, juntos, contribuyen a modificar profundamente su geografía estratégica.
La OCS quizá todavía no sea, por tanto, una arquitectura global alternativa. Pero se ha convertido en uno de los espacios donde esta arquitectura está siendo experimentada. Y aunque el mundo occidental haya considerado durante mucho tiempo a la OCS como una organización periférica, probablemente haya llegado el momento de contemplarla de otra manera. No porque ya sea capaz de sustituir a las instituciones occidentales, sino porque contribuye a crear algo más difícil de contrarrestar: un mundo en el que Occidente ya no es el único centro alrededor del cual se organizan las relaciones internacionales.
El verdadero desafío de la OCS no consiste, por tanto, en saber si algún día se convertirá en el equivalente oriental de la OTAN. El verdadero desafío es mucho más profundo. Se trata de saber si, gradualmente, conseguirá transformar la masa demográfica, económica, energética y geográfica de sus miembros en una capacidad autónoma de acción.
Si lo consigue, la OCS dejará de ser únicamente una organización de cooperación. Se convertirá en una de las infraestructuras políticas del mundo multipolar. Y, en ese mundo, la cuestión ya no será saber dónde se encuentra el centro del poder, sino cuántos centros de poder podrán, en adelante, coexistir.
Bibliografía
Reuters: India and China are partners, not rivals, Modi and Xi say
Iran's president says Tehran will reciprocate if US honours interim deal commitments
Associated Press: AP – China's Xi seeks expanded role for Shanghai Cooperation Organization
The Washington Post: Washington Post – China tries to use Trump turmoil to unite leaders against U.S.-led order
Le Monde: With Tianjin summit, Xi puts China at the center of a new anti-Western world order
TIME: Modi Can't Afford to Cut Ties with Trump
Organización de Cooperación de Shanghái: sitio web oficial.
Banco Mundial: datos demográficos y económicos de los Estados miembros.
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Özel Özcan, Merve Suna. “New Game Changer Power in Eurasia: Shanghai Cooperation Organization.” Eurasian Research Journal, vol. 5, n.º 4, 2023.

Marco Alves
Máster en Ciencias Políticas por la Universidad de París Oeste Nanterre, en Derecho Internacional y Europeo por la Universidad de Grenoble Alpes y en Relaciones y Negocios Internacionales por el Instituto de Relaciones Internacionales de París (ILERI).
Ha desarrollado su actividad profesional en 30 países, entre ellos Brasil, donde trabajó durante 10 años, colaborando con el Gobierno del Estado de Pernambuco como especialista en desarrollo. Trabajó para diversas ONG en el continente africano como especialista en reactivación económica en zonas de posconflicto.
En la actualidad, es director de una consultora internacional especializada en ciencias e ingeniería social con operaciones en Burkina Faso, Costa de Marfil, Malí y Níger. Es corresponsal para Francia y Europa de la emisora de radio CBN Recife, preside la Asamblea del IFSRA (Institute for Social Research in Africa) y colabora como emprendedor social, conferenciante y mentor con la organización internacional MakeSense. Asimismo, se desempeña como consultor en inteligencia estratégica y gestión de riesgos para el sector empresarial.






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