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Geopolítica: un eventual desgaste de Estados Unidos en Irán representa un riesgo para Cuba

  • Foto del escritor: CERES
    CERES
  • 24 mar
  • 5 Min. de lectura

Luis Augusto Medeiros Rutledge

Geopolítica Energética

 

A medida que el conflicto en Oriente Medio se intensifica, también aumenta la presión sobre la Casa Blanca para demostrar fortaleza y obtener resultados concretos en el escenario internacional. En contextos de guerra o de inestabilidad prolongada, los gobiernos tienden a buscar victorias políticas, militares o diplomáticas que refuercen su posición interna y su credibilidad externa.


La idea de que las dificultades de Estados Unidos en Irán puedan representar un riesgo para Cuba tiene sentido dentro de una lectura geopolítica más amplia, especialmente cuando se observa el encadenamiento de crisis energéticas.


En este contexto, el presidente Donald Trump puede redirigir su atención hacia regiones históricamente sensibles para la política exterior estadounidense, como Cuba. La isla, debido a su proximidad geográfica y al historial de tensiones con Estados Unidos —especialmente desde la Revolución Cubana—, continúa siendo un punto estratégico de influencia en el hemisferio occidental.


Cabe recordar que la región occidental, especialmente Cuba, ha registrado a lo largo de la última década un aumento sostenido de inversiones provenientes de China en sectores estratégicos. Estas inversiones se han concentrado principalmente en infraestructura, energía, telecomunicaciones y modernización portuaria, ampliando la presencia económica china en el Caribe. Sin embargo, la actual asfixia energética ha provocado el colapso de este escenario.


Una eventual frustración estratégica de Estados Unidos en un enfrentamiento directo o indirecto con Irán tendería a generar presiones políticas internas y externas sobre la Casa Blanca para recomponer su capacidad de disuasión y liderazgo global. En este contexto, Cuba podría emerger como una alternativa dentro de una lógica de reposicionamiento geopolítico en el hemisferio occidental.


Desde el punto de vista geopolítico, algunos factores estructurales explican este posible movimiento. Cuba sigue siendo uno de los pocos países del continente americano fuera de la órbita directa de influencia de Washington, con una fuerte carga histórica desde la Crisis de los Misiles. Una acción más contundente en la isla tendría un impacto inmediato en la percepción de control regional por parte de Estados Unidos.


Otro punto importante es la necesidad de reafirmación de poder tras un desgaste internacional. Un revés frente a Irán comprometería la imagen de fortaleza militar y diplomática de Estados Unidos, abriendo espacio a rivales estratégicos. En este escenario, actuar en Cuba —donde los costos operativos y logísticos son significativamente menores— podría ser visto como una forma de demostrar capacidad de acción rápida y eficaz.


Quizá el factor más sensible para el presidente estadounidense sea la intensificación de la competencia entre grandes potencias en Cuba. La creciente presencia de China y Rusia en la isla, mediante inversiones, cooperación tecnológica y posibles acuerdos estratégicos, convierte a Cuba en un punto clave del tablero global. Una eventual acción estadounidense podría tener como objetivo contener o revertir esta influencia, evitando la consolidación de un polo adversario cercano al territorio continental de Estados Unidos.


Existe también el componente de la seguridad energética y de las rutas estratégicas. El Caribe es una región relevante para los flujos marítimos, incluyendo rutas de energía y comercio. En un escenario de inestabilidad en Oriente Medio, diversificar áreas de control indirecto sobre corredores logísticos adquiere una importancia adicional.


Un elemento que no puede ser ignorado es el factor de la política interna. Los gobiernos bajo presión tienden a impulsar agendas externas que puedan traducirse en beneficios políticos internos. Una postura más dura hacia Cuba ha movilizado históricamente a sectores políticos en Estados Unidos, especialmente en estados clave, reforzando narrativas de firmeza frente a regímenes adversarios.


Sin embargo, esta estrategia conlleva riesgos significativos. Una escalada sobre Cuba podría reactivar dinámicas de confrontación propias de la Guerra Fría, aumentar las tensiones con potencias externas y generar inestabilidad regional, especialmente en América Latina. Además, el costo político internacional de una acción percibida como intervencionista podría profundizar el aislamiento diplomático de Estados Unidos, agravando precisamente el problema que se busca resolver.


Así, una posible acción sobre Cuba tras un fracaso en Oriente Medio no debe entenderse como un movimiento aislado, sino como parte de un intento más amplio de reequilibrar el poder, restaurar la credibilidad y contener el avance de rivales en un sistema internacional cada vez más multipolar.


Trazando un paralelismo con la última actuación estadounidense en América, el actual gobierno de Estados Unidos —caracterizado por el belicismo— percibe la experiencia reciente en Venezuela como un precedente positivo para aumentar el control político regional. La operación que resultó en la caída del presidente venezolano Nicolás Maduro fue presentada por Washington como una demostración de fuerza y capacidad de intervención rápida, señalando que Estados Unidos aún mantiene un poder decisivo en el hemisferio.


En este contexto, la lectura estratégica aplicada a Cuba pasa por intentar replicar, por medios distintos, un resultado similar: la sustitución del liderazgo actual. Las supuestas negociaciones mencionadas se inscriben en un enfoque clásico de presión combinada: sanciones, aislamiento y contactos indirectos con élites políticas y militares.


El objetivo central de esta estrategia sería el presidente Miguel Díaz-Canel. La hipótesis planteada por analistas es que Washington buscaría incentivar una transición interna de poder, evitando los costos y riesgos de una intervención directa.


Actualmente, el escenario de fuerte influencia geopolítica de Estados Unidos se traduce en el control de los sectores energético y político. Cuba siempre ha estado en el punto de mira del gobierno de Trump, especialmente del secretario de Estado Marco Rubio, de origen cubano. El camino hacia un cambio de régimen en Cuba, en los círculos políticos conservadores de Estados Unidos, se habría iniciado en Caracas a través de tres etapas: cortar el petróleo venezolano, acelerar la crisis económica y poner fin al régimen cubano.


La Casa Blanca bloqueó efectivamente a La Habana del suministro de petróleo venezolano tras la captura de Maduro, provocando una crisis energética y económica en la isla. Incluso la cuarentena impuesta por el gobierno de Kennedy, en el auge de la Crisis de los Misiles de 1962, impidió a Cuba acceder a importaciones esenciales y petróleo. El bloqueo actual de la administración Trump va aún más lejos.


Finalmente, Cuba está siendo presionada económicamente, aislada diplomáticamente y abiertamente amenazada por un presidente estadounidense que ya ha demostrado estar dispuesto a actuar. El bloqueo es más severo que cualquier otro visto desde la Crisis de los Misiles. El régimen está más débil que en décadas.

 

 

 

Luis Augusto Medeiros Rutledge es ingeniero de petróleo y analista de geopolítica energética. Posee un MBA Ejecutivo en Economía del Petróleo y Gas por la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y un posgrado en Relaciones Internacionales y Diplomacia por IBMEC. Se desempeña como investigador en la UFRJ, es miembro consultor del Observatorio del Mundo Islámico de Portugal, consultor de la Fundación Centro de Estudios del Comercio Exterior (FUNCEX), columnista del sitio Mente Mundo Relaciones Internacionales y autor de numerosos artículos publicados sobre el sector energético.

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