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La Copa del Mundo de 2026 y la geopolítica del fútbol: soft power, soberanía, migración y la transformación de la FIFA en un actor político global

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    CERES
  • hace 1 día
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Marco Alves

Introducción


La Copa del Mundo organizada por la FIFA siempre ha trascendido los límites del deporte. Desde su creación, el torneo ha constituido un espacio privilegiado para la proyección de poder, la construcción de legitimidad nacional y la afirmación simbólica de las grandes potencias. El fútbol, frecuentemente presentado como un lenguaje universal capaz de unir a pueblos y culturas, se ha convertido, a lo largo del siglo XX y principios del siglo XXI, en un instrumento estratégico de influencia política, diplomática e ideológica. En este contexto, la Copa del Mundo de 2026 surge como un posible punto de inflexión histórico: no solo por la dimensión inédita del torneo, sino sobre todo por las circunstancias geopolíticas que rodean su organización.


La edición de 2026 se llevará a cabo simultáneamente en los Estados Unidos, Canadá y México, marcando la primera Copa del Mundo organizada por tres países. Sin embargo, el elemento más significativo reside en el hecho de que el evento ocurrirá durante un período de fuerte polarización internacional, marcado por el retorno del nacionalismo, la intensificación de las disputas entre las grandes potencias y la creciente instrumentalización política de los megaeventos deportivos.


Más que un torneo de fútbol, la Copa de 2026 podría transformarse en una gigantesca arena diplomática global. Cuestiones migratorias, rivalidades geopolíticas, conflictos armados, disputas narrativas y estrategias de soft power (poder blando) estarán presentes en cada dimensión de la competición. El evento corre el riesgo de evidenciar una contradicción central del sistema internacional contemporáneo: mientras el fútbol pretende representar la universalidad y la integración global, permanece profundamente condicionado por las estructuras de poder y por las tensiones políticas del mundo contemporáneo.


I) El fútbol como instrumento de poder político


La relación entre fútbol y política no constituye una novedad histórica. A lo largo del siglo XX, diferentes regímenes comprendieron rápidamente el potencial movilizador del deporte como herramienta de legitimación política y propaganda nacional.


La Copa de la FIFA de 1934, organizada por la Italia fascista de Benito Mussolini, representó una de las primeras utilizaciones sistemáticas del fútbol como instrumento ideológico. El torneo sirvió para proyectar internacionalmente la imagen de fuerza y unidad del régimen fascista italiano.


Décadas más tarde, la Copa de la FIFA de 1978 constituyó otro ejemplo emblemático de la instrumentalización política del deporte. Mientras miles de opositores eran encarcelados, torturados y desaparecían bajo la dictadura militar argentina, el régimen utilizaba el éxito deportivo de la selección nacional como mecanismo de construcción de consenso interno y neutralización de las críticas internacionales.


En el siglo XXI, la dimensión geopolítica del fútbol se ha vuelto aún más evidente. La Copa de la FIFA de 2022 simbolizó el ascenso de los Estados del Golfo como actores centrales de la diplomacia deportiva global. Catar utilizó la competición como una herramienta de soft power, buscando reposicionar su imagen internacional, ampliar su influencia diplomática y consolidar su relevancia estratégica en el sistema internacional.


La lógica subyacente permanece constante: organizar una Copa del Mundo significa controlar las narrativas globales. El país anfitrión se convierte en el centro de la atención mediática internacional durante semanas, pudiendo proyectar imágenes cuidadosamente construidas de modernidad, estabilidad, prosperidad y legitimidad política. El fútbol se transforma, así, en un mecanismo de fabricación simbólica del poder.


II) La Copa de 2026 y la reconfiguración del orden mundial


La Copa del Mundo de 2026 se desarrollará en un contexto internacional profundamente distinto de aquel que caracterizó a las últimas décadas de la globalización liberal. El sistema internacional contemporáneo atraviesa un período de transición marcado por la erosión de la hegemonía occidental, el ascenso de China, el fortalecimiento de los BRICS y el retorno de la competencia estratégica entre las grandes potencias.


En este escenario, Estados Unidos busca reafirmar su liderazgo global. La realización de la Copa en territorio norteamericano asume, por lo tanto, una dimensión geopolítica clara. El evento permitirá a los Estados Unidos proyectar una imagen de potencia tecnológica, organizativa y de seguridad, al mismo tiempo que intentarán demostrar su capacidad de liderazgo cultural y diplomático.


Sin embargo, la presidencia de Donald Trump introduce un elemento adicional de complejidad. Su política exterior basada en el unilateralismo, el endurecimiento migratorio y el nacionalismo económico contrasta directamente con la narrativa universalista tradicionalmente asociada a la Copa del Mundo. Surge, entonces, una paradoja central: ¿cómo conciliar un megaevento global basado en la circulación internacional de personas con políticas migratorias restrictivas y discursos nacionalistas?


Esta contradicción podría volverse particularmente visible en relación con Irán. Las tensiones entre Washington y Teherán permanecen elevadas desde hace décadas, involucrando disputas nucleares, rivalidades regionales y sanciones económicas. Aunque el derecho internacional deportivo impone a los países anfitriones la obligación de permitir la entrada de las delegaciones participantes, persisten dudas sobre el trato reservado a directivos, periodistas y aficionados iraníes.


El problema trasciende la dimensión deportiva. En caso de que las restricciones migratorias se apliquen de forma selectiva, la Copa corre el riesgo de transformarse en una manifestación explícita de las jerarquías geopolíticas contemporáneas. El acceso al espectáculo deportivo dejaría de depender exclusivamente de la clasificación atlética, pasando también a reflejar las relaciones de poder interestatales.


III) Migración, vigilancia y control


Otro aspecto central de la Copa de 2026 reside en la cuestión migratoria. El torneo ocurrirá en un momento de intensificación de las tensiones relacionadas con las fronteras, los flujos migratorios y la securitización de las sociedades occidentales. En los últimos años, Estados Unidos ha ampliado significativamente los mecanismos de vigilancia, control biométrico y monitoreo digital en nombre de la seguridad nacional.


Históricamente, los megaeventos deportivos funcionan como laboratorios de experimentación en materia de seguridad. Los Juegos Olímpicos y las Copas del Mundo frecuentemente justifican la implementación de tecnologías avanzadas de vigilancia, reconocimiento facial y control poblacional. En muchos casos, tales dispositivos permanecen activos incluso después del cierre de los eventos.


La Copa de 2026 podría profundizar esta tendencia. Millones de aficionados circularán entre Estados Unidos, Canadá y México, exigiendo operaciones de seguridad sin precedentes. En este contexto, existe el riesgo de que el torneo sea utilizado para legitimar nuevas formas de monitoreo masivo, particularmente dirigidas a poblaciones migrantes y comunidades latinoamericanas presentes en los Estados Unidos.


Además, el discurso político en torno a la inmigración podría influir directamente en la percepción internacional del evento. La Copa, que debería simbolizar la integración global, podría terminar asociada a imágenes de fronteras militarizadas, detenciones migratorias y selectividad geopolítica en la circulación internacional de personas.


Esto afecta incluso a las selecciones originarias de países afectados por las nuevas restricciones migratorias estadounidenses. El caso de Haití se ha vuelto emblemático: a pesar de su clasificación histórica para la Copa de 2026, muchos aficionados, periodistas e incluso miembros vinculados al fútbol haitiano enfrentan incertidumbres respecto a la obtención de visados para ingresar a los Estados Unidos. Las restricciones afectan de igual manera a otros países bajo mayor vigilancia migratoria, como Irán, además de naciones africanas como Senegal y Costa de Marfil. Aunque los atletas y las delegaciones oficiales deberían, teóricamente, beneficiarse de excepciones diplomáticas, persisten las dudas sobre los acompañantes, el personal técnico, los voluntarios y los aficionados. Algunos analistas temen incluso que las denegaciones de visados o los retrasos administrativos acaben creando una Copa "a dos velocidades", donde la universalidad proclamada por la FIFA chocaría directamente con las jerarquías geopolíticas y migratorias del mundo contemporáneo.[1]


IV) La FIFA y la crisis de la neutralidad


La creciente politización de la Copa de 2026 también pone en evidencia la transformación de la FIFA como actor político global. Tradicionalmente, la entidad insiste en la idea de la neutralidad deportiva, defendiendo que el fútbol debe permanecer separado de las disputas políticas. Sin embargo, esta posición se ha vuelto progresivamente insostenible.


Los escándalos de corrupción revelados en 2015 debilitaron profundamente la legitimidad institucional de la FIFA. Las acusaciones que involucraban la compra de votos, contratos oscuros y redes internacionales de corrupción revelaron el funcionamiento altamente politizado de la organización. Desde entonces, la entidad intenta reconstruir su imagen, pero sigue enfrentando críticas recurrentes relacionadas con la transparencia y la gobernanza.


La relación entre el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y diversos líderes políticos internacionales refuerza esta percepción. Infantino ha cultivado cercanía con jefes de Estado de diferentes orientaciones ideológicas, incluyendo líderes autoritarios o controvertidos.


La cercanía entre Gianni Infantino y Donald Trump, por ejemplo, se ha convertido en uno de los símbolos más controvertidos de la creciente politización de la FIFA. Desde el primer mandato de Trump, Infantino cultivó una relación particularmente cordial con el presidente estadounidense, viendo en los Estados Unidos un socio estratégico esencial para la expansión comercial y mediática del fútbol. Este acercamiento generó críticas dentro y fuera del mundo deportivo, sobre todo después de que Infantino entregara a Trump una distinción presentada como un "premio mundial de la paz" (¿quizás para apaciguar el corazón del presidente estadounidense por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz?), un gesto interpretado por muchos analistas como un intento de reforzar las alianzas políticas en torno a la Copa del Mundo de 2026. Para numerosos observadores, este episodio simboliza la transformación de la FIFA en un actor diplomático global que hoy opera como una especie de diplomacia paralela (global), dispuesto a aproximarse a líderes políticos influyentes —independientemente de las controversias asociadas a sus políticas internas o internacionales— para preservar sus intereses económicos, estratégicos e institucionales a escala transnacional.


La Copa de 2026 podría profundizar aún más esta crisis de legitimidad. En caso de que las cuestiones migratorias o diplomáticas interfieran directamente en la competición, la FIFA se verá presionada a posicionarse políticamente. La neutralidad dejará de ser una opción viable.


V) Soft Power y guerra de narrativas


En el contexto contemporáneo, el fútbol se ha convertido en uno de los principales instrumentos de soft power disponibles para los Estados. El concepto, desarrollado por Joseph Nye, se refiere a la capacidad de influir en otros actores por medio de la atracción cultural, simbólica e ideológica, en lugar de la coerción militar o económica.


La Copa del Mundo representa, tal vez, la forma más poderosa de soft power deportivo existente. El evento moviliza a miles de millones de espectadores y produce un enorme impacto emocional global. Controlar la narrativa de la competición significa influir en las percepciones internacionales sobre la legitimidad, la modernidad y el prestigio nacional.


Para Estados Unidos, la Copa de 2026 constituye una oportunidad estratégica crucial. En un momento en que la influencia estadounidense es cuestionada por múltiples actores internacionales, el torneo podría funcionar como un mecanismo de reafirmación simbólica de la centralidad estadounidense en el sistema global. Sin embargo, este intento de reposicionamiento ocurre en un contexto de creciente fragmentación informativa. Las redes sociales, la polarización política y las disputas narrativas transformarán cada episodio de la competición en objeto de una batalla simbólica internacional. Cuestiones relacionadas con el racismo, la inmigración, los derechos humanos o la represión policial podrían adquirir rápidamente una dimensión planetaria.


Además, los atletas y las selecciones nacionales se han convertido progresivamente en actores políticos. En los últimos años, los jugadores han comenzado a posicionarse sobre temas como la discriminación racial, la desigualdad social y los conflictos internacionales. En 2026, la FIFA probablemente intentará limitar las manifestaciones políticas explícitas para evitar crisis diplomáticas. Sin embargo, esta estrategia podría revelarse inviable ante el ambiente altamente polarizado de la política internacional contemporánea.


Conclusión


La Copa del Mundo de 2026 podría entrar en la historia no solo como un megaevento deportivo, sino como un retrato de las tensiones estructurales del siglo XXI. El torneo ocurrirá en un momento de profunda transición geopolítica, marcado por la crisis de la globalización liberal, la intensificación de las rivalidades estratégicas y la creciente instrumentalización política del deporte.


Más que una simple competición futbolística, la Copa constituirá una arena diplomática global donde se confrontarán diferentes visiones del mundo, estrategias de poder y disputas narrativas. Cuestiones migratorias, rivalidades interestatales, vigilancia tecnológica, soft power y legitimidad internacional estarán presentes en cada dimensión del evento.


En este contexto, la FIFA deja progresivamente de ser solo una organización deportiva para convertirse en un actor político transnacional inserto en las dinámicas de poder de la globalización contemporánea. Su pretensión de neutralidad se revela cada vez más difícil de sostener.


La Copa de 2026 mostrará, tal vez de forma definitiva, que el fútbol contemporáneo ya no puede ser comprendido únicamente como deporte o entretenimiento. Se ha convertido en un territorio central de la competencia geopolítica global, donde los Estados, las corporaciones, las organizaciones internacionales y los actores privados disputan influencia, legitimidad y poder simbólico.


Al fin y al cabo, el verdadero significado político de la Copa tal vez resida precisamente en esta transformación: el fútbol se ha convertido en el espejo del orden internacional contemporáneo —con todas sus contradicciones, conflictos y batallas por el control del imaginario global.

 


Marco Alves

Máster en Ciencias Políticas por la Universidad de París Oeste Nanterre, en Derecho Internacional y Europeo por la Universidad Grenoble Alpes y en Relaciones y Negocios Internacionales por el Instituto de Relaciones Internacionales de París (ILERI).

Ha trabajado en 30 países, entre ellos Brasil, donde ejerció durante 10 años, incluyendo su labor para el Gobierno del Estado de Pernambuco como especialista en desarrollo.

Trabajó para ONG en el continente africano como especialista en reactivación económica en zonas de posconflicto.

Actualmente es director de una consultora internacional especializada en ciencias e ingeniería social, con intervenciones en Burkina Faso, Costa de Marfil, Malí y Níger.

Corresponsal para Francia y Europa de la emisora de radio CBN Recife.

Presidente de la Asamblea del IFSRA (Institute for Social Research in Africa).

Emprendedor social, conferenciante y mentor de la organización internacional MakeSense.

Consultor en inteligencia estratégica y gestión de riesgos para el sector empresarial.

 

Bibliografia

-          Allison, Lincoln. The Global Politics of Sport: The Role of Global Institutions in Sport. Routledge, 2005.

-          Black, David, e Janis Van Der Westhuizen. “The Allure of Global Games for ‘Semi-Peripheral’ Polities and Spaces: A Research Agenda.” Third World Quarterly, vol. 25, no. 7, 2004.

-          Boykoff, Jules. Power Games: A Political History of the Olympics. Verso, 2016.

-          Brannagan, Paul Michael, e Richard Giulianotti. “Soft Power and Soft Disempowerment: Qatar, Global Sport and Football’s 2022 World Cup Finals.” Leisure Studies, vol. 34, no. 6, 2015.

-          Foer, Franklin. How Soccer Explains the World. Harper Perennial, 2010.

-          Gaffney, Christopher. Temples of the Earthbound Gods: Stadiums in the Cultural Landscapes of Rio de Janeiro and Buenos Aires. University of Texas Press, 2008.

-          Giulianotti, Richard. Sport: A Critical Sociology. Polity Press, 2005.

-          Hobsbawm, Eric. Nations and Nationalism since 1780. Cambridge University Press, 1990.

-          Nye, Joseph. Soft Power: The Means to Success in World Politics. PublicAffairs, 2004.

-          Sugden, John, e Alan Tomlinson. FIFA and the Contest for World Football. Polity Press, 1998.

-          Tomlinson, Alan. FIFA: The Men, the Myths and the Money. Routledge, 2014.

-          Zimbalist, Andrew. Circus Maximus: The Economic Gamble Behind Hosting the Olympics and the World Cup. Brookings Institution Press, 2015.


[1] https://www.bbc.co.uk/sport/football/articles/cp37kpqpdq2o?utm_source=chatgpt.com "World Cup 2026: Which countries are banned? - BBC Sport"

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