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La Copa del Mundo y la Política de Pan y Circo: El espectáculo que reorganiza la atención global

  • Foto del escritor: CERES
    CERES
  • hace 2 días
  • 5 min de lectura

Júlia Saraiva

   

En la Antigua Roma, los emperadores comprendieron que la estabilidad política dependía no solo del poder militar, sino también del control de la atención pública. Así surgió la política del panem et circenses —pan y circo—, expresión utilizada por el poeta romano Juvenal para criticar la estrategia imperial de ofrecer alimento y grandes espectáculos a la población mientras cuestiones estructurales, como la desigualdad, la corrupción y las disputas políticas, permanecían en un segundo plano.


Más de dos mil años después, esta lógica parece haber sobrevivido. Los gladiadores dieron paso a los atletas, el Coliseo fue sustituido por estadios ultramodernos y el espectáculo se volvió global. La Copa Mundial de la FIFA, el mayor evento deportivo del planeta, mueve miles de millones de dólares, atrae a jefes de Estado, moviliza a la prensa internacional y concentra la atención de millones de personas. No es exagerado afirmar que, durante algunas semanas, la agenda mundial gira en torno al fútbol.


Es precisamente en este punto donde la teoría del Agenda-Setting ayuda a comprender el fenómeno.


Desarrollada por los investigadores Maxwell McCombs y Donald Shaw, la teoría surgió a partir de un estudio realizado durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 1968 y publicado en 1972 en el artículo The Agenda-Setting Function of Mass Media. La principal conclusión de los autores fue que los medios de comunicación no determinan necesariamente lo que las personas piensan, sino que influyen fuertemente en los temas sobre los cuales las personas piensan.


En otras palabras, la disputa política también es una disputa por la atención.


Cuando determinados temas ocupan titulares, transmisiones deportivas y redes sociales durante semanas, otros acontecimientos comienzan a recibir menor cobertura. Esto no significa afirmar que exista una conspiración mediática o una ocultación deliberada de los hechos. Significa reconocer que la atención pública es limitada y que algunos acontecimientos tienen la fuerza suficiente para monopolizarla.


La Copa Mundial de 2026 ofrece un ejemplo emblemático de este proceso.


Organizada por Estados Unidos, Canadá y México, la competición debería representar una vitrina del soft power estadounidense, concepto desarrollado por Joseph Nye para describir la capacidad de un país de influir en otros mediante la cultura, los valores y la atracción, en oposición al hard power, basado en la coerción militar, económica o política.


Históricamente, Estados Unidos ha utilizado Hollywood, la música, las universidades y el deporte como instrumentos de proyección internacional. Sin embargo, la Copa Mundial de 2026 expone una contradicción: mientras el país busca presentarse como anfitrión del mayor espectáculo deportivo del mundo, el gobierno de Trump intensifica políticas asociadas al hard power, especialmente en el ámbito migratorio.


El aumento de las restricciones de visados, el endurecimiento de los controles fronterizos y la presencia ostensible del ICE (Immigration and Customs Enforcement) en los alrededores del torneo han transformado la fiesta del fútbol en un espacio atravesado por tensiones políticas.


Según reportajes publicados por G1 y organizaciones de derechos humanos, la actuación del ICE ha generado preocupación entre las comunidades inmigrantes, que han comenzado a temer detenciones y controles más estrictos durante el evento. En uno de los episodios más controvertidos, informes señalaron que el fútbol estaría siendo utilizado como “carnada” para localizar inmigrantes en situación irregular, ampliando la sensación de inseguridad entre los extranjeros residentes en Estados Unidos.


La contradicción se vuelve aún mayor porque la Copa Mundial, por definición, debería simbolizar la libre circulación de personas, el intercambio cultural y la integración entre naciones. Sin embargo, parte de los aficionados enfrenta dificultades para ingresar al país precisamente en el momento en que la FIFA promueve el torneo como una celebración global.


El caso iraní quizá sea el más emblemático.


En medio de la escalada de las tensiones entre Washington y Teherán y del agravamiento del conflicto entre Estados Unidos e Irán, la selección iraní se ha convertido en protagonista involuntaria de una disputa geopolítica más amplia.


Jugadores y dirigentes han enfrentado obstáculos burocráticos, mientras que los aficionados iraníes han tenido dificultades para asistir presencialmente al torneo. Dentro del campo, algunos jugadores incluso enviaron mensajes de paz y unidad, evidenciando la incomodidad de representar a un país involucrado en una crisis internacional durante un evento que pretende unir a los pueblos.


Paradójicamente, mientras estos episodios ocurren, la atención mundial permanece concentrada en el espectáculo.


Se debate sobre la calidad de los campos de juego, el rendimiento de las selecciones, los récords de audiencia y la atmósfera de los estadios. Los debates sobre inmigración, política exterior o derechos humanos no han desaparecido, pero ocupan un espacio mucho menor frente a la magnitud del evento.


Es en este sentido que la política de pan y circo sigue vigente.


No requiere censura ni la eliminación del debate público. Basta con que exista un acontecimiento lo suficientemente poderoso como para reorganizar prioridades y monopolizar la atención colectiva.


La propia FIFA parece comprender esta lógica.


Aunque se presenta como una institución neutral y defensora de la unión entre los pueblos, la entidad ha sido criticada por su postura frente a las controversias que rodean la Copa Mundial de 2026. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha evitado confrontar directamente las políticas migratorias estadounidenses y ha sido objeto de críticas tanto por su cercanía con Donald Trump como por la polémica en torno a la concesión de un premio de la paz al presidente estadounidense.


La ausencia de posiciones más firmes refuerza la percepción de que, para la FIFA, preservar el espectáculo es más importante que enfrentar los conflictos políticos que lo rodean.


Además, la presencia constante de líderes políticos en los partidos demuestra que la Copa Mundial está lejos de ser un espacio neutral. Figuras como Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos y personaje altamente polarizador dentro de la política estadounidense, utilizan el torneo como un escenario simbólico de proyección política y nacionalismo.


El fútbol, por lo tanto, no está separado de la política. Por el contrario: es uno de sus escenarios más poderosos.


Si en la Antigua Roma el pan y circo servían para mantener entretenida a la población mientras el Imperio enfrentaba sus contradicciones, hoy los megaeventos deportivos desempeñan una función similar a escala global. La Copa Mundial de 2026 no elimina los conflictos políticos de Estados Unidos ni borra las tensiones internacionales. Pero, al concentrar la atención del mundo en torno al espectáculo, contribuye a que muchas de estas cuestiones dejen de ocupar el centro del debate.


Y quizá esta sea la mayor demostración de que la política de pan y circo nunca desapareció.

Simplemente aprendió a jugar al fútbol.


“Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad de la autora.”



 


Júlia Saraiva, es licenciada en Relaciones Internacionales por UniLaSalle-RJ y actualmente cursa un posgrado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la FAAP. Su investigación académica se centra en las políticas de Estados Unidos y Oriente Medio, con énfasis en la influencia de los grupos de presión, las estrategias militares y las relaciones diplomáticas en la región. Es investigadora del Centro de Estudios de Relaciones Internacionales (CERES) y consultora en internacionalización de empresas.

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