Vidas precarias y violencia internacional: la muerte de niños iraníes y libaneses y los marcos de la guerra contemporánea
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- hace 2 días
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Flávia Abud Luz
Las guerras actuales ponen de manifiesto una contradicción que persiste en el mundo: incluso con un conjunto de tratados y convenciones que buscan proteger a las personas en tiempos de guerra —como las Convenciones de Ginebra y la Convención sobre los Derechos del Niño—, la muerte de civiles sigue ocurriendo con frecuencia en acciones militares. Es decir, el fortalecimiento de las normas del derecho internacional humanitario no ha conseguido evitar que los derechos humanos sean constantemente vulnerados.
Ante ello, las guerras actuales muestran un problema entre lo que establecen las convenciones y tratados y lo que los países y ejércitos hacen en la práctica. Por un lado, existe un número considerable de tratados y acuerdos que colocan la protección de los civiles como prioridad, con reglas como la distinción entre combatientes y no combatientes, la proporcionalidad y la necesidad militar. Por otro lado, los constantes ataques que matan a personas que no están combatiendo muestran las limitaciones de estas leyes, especialmente cuando se enfrentan a los objetivos de los Estados, la desigualdad de poder y la idea de seguridad que guía muchas invasiones.
Entre los civiles muertos, la muerte de niños es particularmente grave, ya que muestra que las leyes internacionales no están funcionando para proteger a las personas y también revela cuán frágiles son las justificaciones utilizadas para defender las acciones militares actuales —como los discursos sobre “guerra quirúrgica”, “ataques precisos” o “daños colaterales inevitables”.
En este sentido, las reflexiones de Judith Butler sobre la precariedad y el encuadre de las vidas ofrecen una clave analítica importante para comprender cómo ciertos cuerpos —particularmente los de poblaciones periféricas o racializadas— se vuelven más susceptibles a la violencia y menos reconocidos como vidas plenamente dignas de duelo y protección.
La intención del presente texto es analizar la muerte de niños iraníes y libaneses en ataques militares realizados respectivamente por Estados Unidos e Israel desde marzo de 2026, a partir de la teoría de la precariedad de la vida. Se argumenta aquí que estas muertes revelan la existencia de jerarquías globales del valor de la vida humana, en las cuales ciertos cuerpos son construidos discursivamente como menos dignos de ser llorados y, por lo tanto, más vulnerables a la violencia militar. Al explorar esta dinámica, busco contribuir a una reflexión crítica sobre las relaciones entre guerra, poder y reconocimiento humano en las Relaciones Internacionales contemporáneas.
Cambios en la forma de hacer la guerra, recurrencia de la violencia y debates en las Relaciones Internacionales
Los conflictos actuales suelen ser retratados como tecnológicamente más avanzados, precisos y controlados en comparación con las guerras del pasado, que a su vez estaban marcadas por la extensa necesidad de intervención humana (de tropas) en el terreno. El progreso en armamentos guiados, aeronaves no tripuladas y sistemas de monitoreo de vanguardia ha fortalecido la idea de que las acciones militares actuales podrían reducir considerablemente las muertes entre los no combatientes. Sin embargo, esta esperanza coexiste con la continuidad de la agresión contra la población civil, mostrando una divergencia entre lo que se afirma y lo que realmente ocurre.
En este sentido, la tensión más prominente en el campo de las Relaciones Internacionales no se refiere tanto al cuestionamiento de la soberanía estatal —elemento clásico de los debates sobre poder, su distribución y el equilibrio en el sistema internacional—, sino más bien a la forma en que la gestión poblacional, aspecto vinculado al poder del Estado, se ha venido realizando de manera no habitual. La gestión de la población constituye una función del Estado moderno, integrándose en las dimensiones de autonomía, soberanía y legitimidad, pero en el contexto de los conflictos internacionales actuales ha sufrido cierto debilitamiento, ya que dicha gestión experimenta interferencias externas al Estado que han sido determinantes para la conducción de una dinámica diferencial de administración, lo que hace necesario retomar las contribuciones de Michel Foucault (2008) sobre la biopolítica.
Al abordar la biopolítica, Foucault (2008) sostuvo que este concepto mostraba las formas de ejercicio del poder en Occidente y, en articulación con el concepto de gubernamentalidad (básicamente la idea de “arte de gobernar”, mediante un conjunto de instituciones, técnicas, saberes y estrategias orientadas a las poblaciones que conforman un Estado), presentaba las distintas formas en que el comportamiento de las personas es organizado o estandarizado por el Estado. La biopolítica se refiere justamente a las tácticas, el conocimiento y la lógica utilizados para guiar el comportamiento; es decir, no sustituye otras formas de poder, sino que se suma a ellas, especialmente al poder disciplinario. Así, opera a través de los llamados dispositivos de seguridad, que son centrales en este enfoque. A diferencia de la disciplina (que aísla y normaliza) o de la soberanía (que prohíbe), los dispositivos de seguridad trabajan con probabilidades y riesgos; buscan regular procesos en lugar de suprimirlos completamente; y aceptan ciertos niveles de fenómenos (como la criminalidad o la enfermedad) dentro de márgenes considerados “normales”.
En el contexto de los conflictos contemporáneos, esta lógica de gestión poblacional se articula con prácticas que exponen a determinados grupos a niveles más elevados de vulnerabilidad: aquí la noción vaga de “daños colaterales” es clave en el discurso público que busca “justificar” moralmente lo que, en principio, no debería ser justificable, es decir, la muerte de civiles.
Cuando se habla de muertes civiles como consecuencias normales de la guerra, esto contribuye a despolitizar la violencia, es decir, busca presentar como neutral una acción que en realidad implica violencia, como por ejemplo una incursión en un Estado bajo la justificación de prevenir un peligro inminente. En este sentido, la moralidad reaparece como parte de un discurso “legítimo” del uso de la fuerza y, a partir de ello, se produce una normalización de dichas muertes.
Al reflexionar críticamente sobre la guerra, sus efectos y la construcción social del duelo, la filósofa Judith Butler (2015) destacó que la forma en que vemos la guerra es crucial para decidir qué vidas son lo suficientemente importantes como para ser recordadas y lloradas, y cuáles no lo son, estableciendo así una jerarquía del duelo. Esta dinámica propuesta por Butler se vincula con las reflexiones del filósofo camerunés Achille Mbembe, quien, al analizar la realidad palestina, acuñó el concepto de necropolítica —o política de la muerte— para describir cómo algunas muertes generan gran conmoción y movilización política, mientras otras permanecen invisibles o son rápidamente absorbidas por narrativas estratégicas.
A partir de la articulación de las ideas de Frantz Fanon (en su obra Los condenados de la tierra, originalmente publicada en 1961) y del concepto de biopolítica de Foucault, Mbembe destaca cómo la necropolítica influye en la valorización de la vida humana en el sistema internacional, mostrando cómo se configura un conjunto de fuerzas que permite a un Estado contemporáneo ejercer “el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién puede morir” (Mbembe, 2018, p. 5).
La violencia observada en los conflictos recientes no puede entenderse únicamente como un instrumento de política exterior, sino como parte de un régimen más amplio de producción de desigualdades en la distribución de la vida y la muerte. Así, se evidencia que la función de gestión poblacional, antes atribuida al Estado, experimenta interferencias externas, y son precisamente estas interferencias las que han alterado dicha gestión, reforzando una dinámica diferencial de administración. En el actual conflicto entre Estados Unidos e Irán, puede observarse la falta de preocupación en la conducción estadounidense por infligir dolor y muerte a la población civil iraní en su conjunto, y en particular a quienes requieren mayor protección del Estado persa: los niños.
La precariedad en el centro de los encuadres de guerra
El primer elemento de la retórica de Judith Butler que puede destacarse para la reflexión crítica sobre la violencia y el valor atribuido a la vida de determinadas poblaciones en contextos de conflicto es la noción de precariedad.
En Vida precaria: los poderes del duelo y la violencia (2019), Judith Butler sostiene que la relación entre precariedad, violencia y guerra no es casual, sino el resultado de una interacción entre la precariedad en sentido ontológico y la precariedad inducida en sentido político. En su sentido ontológico, la precariedad se entiende como la idea de que la vida humana es inherentemente vulnerable y necesita apoyo social y político para existir. Sin embargo, esta fragilidad no afecta a todas las poblaciones por igual, ya que ciertos individuos se vuelven más vulnerables debido a desigualdades económicas, sociopolíticas y geopolíticas.
Por su parte, la precariedad inducida se relaciona con la forma en que la vulnerabilidad se distribuye de manera desigual, de modo que algunos grupos enfrentan condiciones más difíciles debido a decisiones políticas, económicas y sociales que no necesariamente han sido tomadas por ellos. Así, dependiendo del contexto, ciertas poblaciones (generalmente las más vulnerables, como migrantes, mujeres y niños) cuentan con menor protección estatal, sufren diversas formas de violencia (física, psicológica e incluso sexual) y sus vidas son parcialmente consideradas como menos relevantes.
A partir del concepto de “frames” (encuadres), Butler (2015) sostiene que la forma en que hablamos, informamos o analizamos los conflictos contemporáneos define la percepción pública del conflicto. Como sociedad, participamos en la construcción y mantenimiento de estructuras discursivas que determinan qué vidas se consideran “plenamente humanas” y dignas de duelo, es decir, qué discursos definen quién puede ser considerado “víctima” o “villano”.
Aquí es fundamental la distinción entre “vidas dignas de duelo” y “vidas no dignas de duelo”. Las primeras son aquellas cuya pérdida se reconoce como significativa, generando conmoción y movilización social. Las segundas son aquellas cuya muerte no produce una ruptura moral relevante, siendo frecuentemente naturalizadas o invisibilizadas.
Niños iraníes, libaneses y la política de la invisibilidad
Entre los civiles muertos en conflictos contemporáneos recientes, destaca especialmente la muerte de niños, ya que la persistencia de esta práctica demuestra que el derecho internacional no está funcionando para proteger a las personas y también revela la fragilidad de las justificaciones utilizadas para las acciones militares actuales —como los discursos sobre “guerra quirúrgica”, “ataques precisos” o “daños colaterales inevitables”.
Aunque normativamente los niños suelen asociarse con la inocencia y la vulnerabilidad y son foco de protección en el derecho internacional, en la práctica esta protección universal no siempre se traduce en acciones políticas concretas.
Cuando los niños pierden la vida en ataques militares, sus muertes suelen ser olvidadas en medio de debates sobre seguridad y estabilidad regional o internacional. Este proceso ocurre porque el foco se desplaza: en lugar de lamentar la pérdida de vidas humanas, se discuten las razones por las que los ataques eran necesarios.
Al analizar la masacre en la escuela de Minab (Irán) y el bombardeo continuo contra civiles en el sur del Líbano, la precariedad inducida descrita por Butler (2019) deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una política de Estado respaldada por el silencio de las instituciones internacionales. La forma en que Irán y el Líbano son presentados como amenazas genera una percepción general que permite que la muerte de civiles, incluidos niños, sea vista como menos importante.
La omisión de la comunidad internacional opera como un filtro selectivo: reconoce el dolor (incluso diversos medios utilizan imágenes para representar la vida cotidiana del conflicto), pero niega a estos niños el estatus de “vida protegida”. Cuando la muerte de cientos de niñas en un entorno escolar es tratada como un error de inteligencia y no como un crimen de guerra, se confirma la tesis de Butler (2019) y Mbembe (2018) de que ciertas poblaciones tienen su vida gestionada de tal forma que su existencia o su muerte forman parte del proceso, y sus pérdidas no dejan siquiera rastro en el duelo oficial de Occidente.
En este contexto emerge una idea aún más grave: la omisión es —y debe entenderse como— una decisión política, no un vacío de acción, sino una elección dentro de una ontología social del sistema internacional que predefine quién merece protección.
Aunque en ambos casos discutidos (las muertes de niños en Irán y en el Líbano) la gestión de estas poblaciones vulnerables por parte del Estado presenta fallas, es la acción externa la que determina, en última instancia, la vida o la muerte. Este proceso solo es “posible” debido a las fragilidades de la soberanía estatal y a la naturalización de la muerte y la precariedad como parte del escenario político del Medio Oriente en su conjunto, lo que refuerza la crítica de Mbembe (2018) sobre la existencia de zonas de excepción donde la vida y la muerte coexisten bajo lógicas profundamente desiguales.
Como señala Butler (2015), por un lado la indiferencia colectiva se estructura y se expande a lo largo del tiempo según intereses políticos y económicos; por otro, ciertas poblaciones son progresivamente relegadas al olvido.
Bibliografía
BUTLER, Judith. Quadros de Guerra: quando a vida é passível de luto?. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 2015.
BUTLER, Judith. Vida precária: os poderes do luto e da violência. Belo Horizonte: Autêntica, 2019.
FOUCALT, Michel. Segurança, território e população: curso dado no Collège de France (1977-1978). São Paulo: Martins Fontes, 2008.
MBEMBE, Achille. Necropolítica. 3ªed. São Paulo: N-1 Edições, 2018.

Flávia Abud Luz
Profesora de Relaciones Internacionales. Doctora en Ciencias Humanas y Sociales por la UFABC. Máster en Estudios de la Religión por la Universidad Presbiteriana Mackenzie. Especialización en Política y Relaciones Internacionales por la FESPSP, y Licenciatura en Relaciones Internacionales por la FAAP.
Áreas de investigación: teorías poscoloniales, relaciones sociales de género, derechos humanos y movimientos de mujeres, conflictos internacionales, política y religión, especialmente temas relacionados con Oriente Medio (subregiones del Levante y del Golfo Pérsico), y política doméstica libanesa.
Autora de los libros “Feminismo islámico, movimientos sociales y la reconstrucción de los derechos de las mujeres en Marruecos” (Editorial Appris, 2025) y “La apropiación de los conceptos de martirio y yihad por Hezbolá y la cuestión de la violencia como resistencia” (Editorial Appris, 2020). Actualmente desarrolla investigaciones sobre la relación entre género, religión y Relaciones Internacionales.
Miembro de los grupos de investigación Ylê-Educare: Educación y Cuestiones Étnico-Raciales (PPGE/Uninove); Gina – Grupo de Investigación en Género, Raza e Interseccionalidades; Derecho a la Educación, Derechos Humanos y Políticas Públicas (UNIAN/SP); y el Grupo de Estudios e Investigación en Movimientos, Interseccionalidad y Políticas Educativas en América Latina – GEMINAL (Univas/MG).
Miembro de la Asociación Brasileña de Relaciones Internacionales (ABRI).





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