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Inteligencia Artificial, un nuevo factor de poder geopolítico

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    CERES
  • hace 1 día
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Cada revolución tecnológica ha estado acompañada por una promesa: la de mejorar la condición humana. Así ocurrió con la máquina de vapor, que multiplicó la capacidad productiva de las sociedades industriales; con la electricidad, que transformó la organización de las ciudades y la industria; con la informática, que automatizó tareas antes impensables; y con Internet, que alteró para siempre nuestra forma de comunicarnos, acceder al conocimiento y organizar la economía. La inteligencia artificial representa el siguiente gran salto de esa secuencia histórica, aunque con una diferencia sustancial respecto a todas las revoluciones anteriores. Mientras las tecnologías del pasado ampliaban principalmente nuestras capacidades físicas o facilitaban el acceso a la información, la inteligencia artificial comienza a adentrarse en un territorio que durante siglos consideramos exclusivamente humano: la capacidad de analizar, interpretar, aprender, crear y tomar decisiones.


Nos encontramos, probablemente, ante la primera tecnología capaz de sustituir parcialmente funciones inherentes a la cognición humana. Esa afirmación, que hace apenas una década habría parecido una exageración propia de la ciencia ficción, hoy constituye una realidad observable. Los modelos de inteligencia artificial redactan informes jurídicos, diseñan edificios, desarrollan código informático, realizan diagnósticos médicos asistidos, producen imágenes con un nivel de realismo extraordinario, traducen entre decenas de idiomas, sintetizan investigaciones científicas y son capaces de superar pruebas académicas que exigen elevados niveles de razonamiento. Lo más llamativo es que apenas estamos contemplando el inicio de esa transformación.


La velocidad de su evolución resulta, de hecho, uno de los aspectos más desconcertantes del fenómeno. Hace tan solo unos años discutíamos si una máquina sería capaz de mantener una conversación coherente; hoy debatimos hasta qué punto puede reemplazar determinadas profesiones intelectuales. Diversos sistemas han sorprendido incluso a sus propios desarrolladores al encontrar soluciones no previstas, optimizar estrategias de manera autónoma o utilizar recursos distintos de aquellos para los que habían sido inicialmente diseñados. Aunque todavía estamos lejos de una inteligencia artificial general, resulta evidente que la evolución tecnológica avanza a un ritmo muy superior al de nuestra capacidad política, jurídica y social para comprender sus implicaciones.


No sorprende, por tanto, que en apenas cinco años hayan surgido miles de empresas y startups dedicadas exclusivamente a este sector. Nunca antes una tecnología había concentrado semejante volumen de inversión en un periodo tan corto. El entusiasmo es tal que numerosos economistas ya advierten sobre la posibilidad de una nueva burbuja tecnológica, comparable en algunos aspectos a la vivida durante el auge de Internet a finales de los años noventa. Tal vez exista una burbuja financiera; quizá no. Sin embargo, incluso si parte de ese capital termina desapareciendo, el cambio tecnológico ya es irreversible. La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de futuro para convertirse en una infraestructura estratégica del presente.


Precisamente por ello, considero que estamos formulando las preguntas equivocadas.


Durante los últimos años, el debate público ha estado dominado por cuestiones indudablemente relevantes: los riesgos éticos de la inteligencia artificial, los posibles sesgos de los algoritmos, los derechos de autor sobre las obras utilizadas para entrenar los modelos, la protección de la propiedad intelectual, el uso de imágenes sin consentimiento o la posible sustitución de determinados empleos. Todas esas cuestiones merecen atención y regulación. Sería irresponsable ignorarlas. Sin embargo, centrar casi exclusivamente la conversación en esos aspectos implica dejar de lado una cuestión mucho más trascendental: ¿para qué queremos realmente la inteligencia artificial?


Tengo la impresión de que hemos reducido una de las herramientas más poderosas jamás desarrolladas por la humanidad a un inmenso laboratorio de entretenimiento y productividad individual. Millones de personas utilizan diariamente sistemas de inteligencia artificial para generar imágenes, crear vídeos humorísticos, transformar fotografías en ilustraciones inspiradas en estilos artísticos reconocibles, escribir publicaciones para redes sociales o responder automáticamente correos electrónicos. No existe nada intrínsecamente negativo en esas aplicaciones. Toda innovación tecnológica comienza encontrando usos aparentemente triviales antes de expandirse hacia ámbitos más complejos. Internet también empezó siendo un espacio para compartir correos electrónicos y páginas personales antes de convertirse en la infraestructura básica de la economía global.


El problema no reside en que utilicemos la inteligencia artificial para divertirnos, sino en que parece que hemos decidido conformarnos con eso.


Mientras dedicamos enormes capacidades computacionales a producir imágenes espectaculares o contenido viral, seguimos afrontando algunos de los mayores desafíos de nuestra sociedad mediante procedimientos prácticamente idénticos a los de hace varias décadas. La paradoja resulta difícil de ignorar. Nunca habíamos dispuesto de una herramienta con semejante capacidad para procesar información, detectar patrones invisibles para el ser humano y anticipar escenarios complejos, y, sin embargo, apenas existe una discusión pública seria sobre cómo convertir ese potencial en una auténtica política de Estado.

Europa constituye un ejemplo especialmente revelador de esta contradicción.

Cada verano asistimos a la misma secuencia. Miles de hectáreas forestales desaparecen bajo el fuego. Municipios enteros son evacuados. Se movilizan miles de efectivos de emergencias. Las pérdidas económicas ascienden a cientos de millones de euros y, en demasiadas ocasiones, también debemos lamentar víctimas mortales. Cuando termina la temporada estival, los responsables políticos prometen reforzar la prevención para el año siguiente. Sin embargo, al llegar el siguiente verano comprobamos que el problema persiste con una intensidad creciente.


Resulta inevitable preguntarse por qué seguimos entendiendo la prevención como un conjunto de actuaciones reactivas cuando disponemos ya de tecnologías capaces de transformar radicalmente ese enfoque.


La inteligencia artificial podría integrar información meteorológica en tiempo real, índices pluviométricos históricos, humedad del suelo, presión atmosférica, dirección e intensidad de los vientos, densidad forestal, imágenes satelitales, mapas topográficos, evolución de la vegetación, actividad humana e incluso datos procedentes de sensores distribuidos por el territorio para construir modelos predictivos capaces de identificar zonas de riesgo con días o semanas de antelación. No se trata de una hipótesis futurista. Los algoritmos predictivos ya son utilizados desde hace años por compañías eléctricas para anticipar la demanda energética, por operadores ferroviarios para detectar averías antes de que se produzcan, por entidades financieras para prevenir fraudes y por empresas logísticas para optimizar millones de rutas de distribución diariamente.

La capacidad tecnológica existe. Lo que no parece existir es la voluntad política de convertirla en una prioridad estratégica

Y los incendios forestales constituyen únicamente un ejemplo entre muchos otros.

La sanidad pública podría utilizar inteligencia artificial para anticipar necesidades de medicamentos, optimizar la distribución de recursos hospitalarios, identificar patrones epidemiológicos antes de que evolucionen hacia crisis sanitarias o planificar campañas de prevención con una precisión inédita. Los sistemas educativos podrían detectar tempranamente factores asociados al abandono escolar y diseñar intervenciones específicas antes de que el problema se materialice. Las administraciones públicas podrían reducir de forma drástica la burocracia, automatizar procedimientos repetitivos, detectar ineficiencias administrativas y asignar recursos públicos utilizando modelos basados en evidencia y no únicamente en inercias políticas.


La agricultura podría anticipar plagas, optimizar el consumo de agua y fertilizantes y aumentar la productividad reduciendo el impacto ambiental. Las políticas de movilidad urbana podrían diseñarse sobre la base de millones de datos recogidos en tiempo real, optimizando el transporte público y reduciendo emisiones contaminantes. Incluso ámbitos tradicionalmente alejados de la digitalización, como la cooperación internacional para el desarrollo, podrían beneficiarse de modelos predictivos capaces de identificar riesgos de ejecución, estimar probabilidades de éxito o mejorar la asignación de recursos financieros.

En todos esos casos, la inteligencia artificial dejaría de ser una simple herramienta tecnológica para convertirse en un auténtico instrumento de gobernanza, ese elemento tan prometido en las Smartcities.


Y, sin embargo, estas posibilidades apenas ocupan espacio en el debate político.

Seguimos fascinados por la capacidad de la inteligencia artificial para responder preguntas, escribir textos o generar imágenes, pero mostramos mucho menos interés por utilizarla para responder a cuestiones mucho más complejas: dónde construir un hospital, cómo anticipar una crisis hídrica, qué zonas requieren mayor inversión educativa o qué políticas públicas producirán un mayor impacto social dentro de diez años.

Tal vez el problema no sea tecnológico...Tal vez el problema sea cultural...

Durante demasiado tiempo hemos entendido la innovación como un proceso orientado casi exclusivamente al mercado. Desarrollamos aquello que genera rentabilidad inmediata, aquello que atrae inversión de capital riesgo o aquello que consigue millones de usuarios en pocas semanas. Esa lógica resulta comprensible desde una perspectiva empresarial, pero profundamente insuficiente desde una perspectiva social. La historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas alcanzan su máximo potencial cuando dejan de responder únicamente a intereses comerciales y pasan a integrarse en proyectos colectivos de largo plazo.


Existe además otro aspecto especialmente preocupante. A medida que la inteligencia artificial gana capacidad para generar respuestas convincentes, disminuye la preocupación de muchos ciudadanos por verificar la calidad de la información que reciben. Se ha instalado una peligrosa tendencia a aceptar cualquier resultado producido por un algoritmo como si constituyera una verdad objetiva. Sin embargo, la inteligencia artificial no piensa; procesa información. Y la calidad de sus respuestas dependerá inevitablemente de la calidad de los datos con los que ha sido entrenada y de la capacidad crítica de quien la utiliza.


Por eso, el auténtico desafío no consiste únicamente en desarrollar modelos cada vez más sofisticados, sino en formar ciudadanos capaces de cuestionar, contrastar y contextualizar la información producida por esos sistemas. La inteligencia artificial no elimina la necesidad del pensamiento crítico; la convierte en una competencia todavía más imprescindible.


Mientras tanto, las grandes potencias han comprendido perfectamente lo que está en juego. Estados Unidos y China ya no consideran la inteligencia artificial únicamente como un sector económico de alto valor añadido, sino como una cuestión de soberanía nacional, competitividad industrial, seguridad y liderazgo geopolítico. La carrera por el dominio de los algoritmos se parece cada vez más a las grandes competiciones tecnológicas del siglo XX, con una diferencia fundamental: el recurso estratégico ya no es el petróleo ni el acero, sino la información.


Durante décadas repetimos que quien controlara las reservas energéticas controlaría el mundo. Esa afirmación definió buena parte de la geopolítica contemporánea. Sin embargo, el siglo XXI parece estar sustituyendo progresivamente esa lógica por otra mucho más compleja. Hoy el recurso más valioso no es el petróleo. Es la capacidad para generar datos, interpretarlos, convertirlos en conocimiento y utilizarlos para anticipar decisiones antes que los demás. La información se ha convertido en la materia prima de la nueva economía, y la inteligencia artificial es el mecanismo más poderoso jamás desarrollado para transformarla en ventaja estratégica.


Por esa razón, el verdadero debate sobre la inteligencia artificial no debería limitarse a preguntarnos qué riesgos plantea esta tecnología, sino qué modelo de sociedad queremos construir con ella. Podemos seguir utilizándola principalmente para automatizar tareas rutinarias, generar contenido efímero o alimentar plataformas digitales diseñadas para captar nuestra atención. O podemos asumir que nos encontramos ante una oportunidad histórica para replantear la manera en que gestionamos nuestros recursos, protegemos nuestro medio ambiente, diseñamos políticas públicas y afrontamos desafíos colectivos cuya complejidad supera desde hace tiempo la capacidad de análisis exclusivamente humana.

La inteligencia artificial no resolverá por sí sola los problemas del mundo. Ninguna tecnología lo ha hecho jamás. Las herramientas carecen de voluntad; únicamente amplifican las prioridades de quienes las utilizan. Precisamente por ello, la cuestión más importante no consiste en preguntarnos hasta dónde llegará la inteligencia artificial, sino hasta dónde estamos dispuestos nosotros a llevar nuestra imaginación política.


Porque quizá el mayor fracaso de esta revolución tecnológica no sería que las máquinas llegaran a pensar como los seres humanos. El verdadero fracaso consistiría en disponer de la herramienta más poderosa jamás creada para comprender sistemas complejos y continuar utilizándola, mayoritariamente, para resolver problemas triviales. La historia difícilmente nos perdonaría haber confundido una revolución del conocimiento con una simple fábrica de entretenimiento digital.


Todavía estamos a tiempo de elegir otro camino. Pero esa decisión ya no depende de los algoritmos. Depende exclusivamente de nosotros.


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Wesley Sá Teles Guerra es especialista en internacionalización, cooperación internacional y paradiplomacia, con una sólida formación académica en instituciones de referencia internacional. Es fundador del CERES – Centro de Estudos das Relações Internacionais en Brasil y actualmente se desempeña como gestor del Fondo de Cooperación Triangular entre Europa, América Latina y África en la Secretaria General Iberoamericana, con sede en Madrid.

A lo largo de su trayectoria académica y profesional, realizó estudios en el Centre de Promoció Econòmica de Barcelona en Negociaciones Internacionales; en la Fundação Escola de Sociologia e Política de São Paulo en Relaciones Internacionales y Ciencia Política; en la Universidade da Coruña (UDC), donde cursó el Máster en Políticas Sociales y Migraciones; en el Massachusetts Institute of Business, donde obtuvo un MBA en Marketing Internacional; en la Universitat Carlemany, con Máster en Smart Cities; en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), en Gestión de Fondos y Proyectos Europeos; y actualmente es doctorando en Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Es autor de las obras Cadernos de Paradiplomacia, Paradiplomacy Reviews y Manual de sobrevivência das Relações Internacionais. Participa regularmente en foros internacionales sobre ciudades inteligentes, gobernanza global y paradiplomacia, y también ha sido comentarista invitado en la CBN Recife. Fue finalista del Premio ABANCA de Investigación Académica e integra redes y plataformas internacionales como CEDEPEM, ECP, Smart Cities Council y REPIT, manteniendo una participación activa en iniciativas internacionales vinculadas a la cooperación, la innovación y la gobernanza.

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