BRASIL NECESITA VOLVER A PENSAR COMO BRASIL
Wesley S.T Guerra
Existe algo profundamente preocupante en la política brasileña contemporánea, y no me refiero únicamente a la intensidad de las disputas entre izquierda y derecha, sino a la transformación progresiva de la divergencia política en una especie de conflicto existencial, en el que el adversario deja de ser alguien que piensa de manera diferente sobre el futuro del país y pasa a ser percibido como una amenaza que debe ser derrotada, desacreditada o incluso eliminada del espacio legítimo del debate democrático. En este ambiente, la política deja de ser el espacio donde diferentes visiones de país compiten, dialogan y, eventualmente, encuentran puntos de convergencia, para convertirse en una disputa permanente en la que reconocer un acierto del adversario parece significar automáticamente una traición a nuestras propias convicciones.
Quizás uno de los ejemplos más evidentes de esta distorsión pueda encontrarse en la reacción que provocó el discurso del presidente Luiz Inácio Lula da Silva ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el que volvió a colocar en el centro del debate internacional cuestiones que deberían trascender las fronteras ideológicas de cualquier gobierno, como la defensa de la soberanía nacional, el respeto al derecho internacional, el fortalecimiento del multilateralismo y la necesidad de adaptar las instituciones internacionales a una realidad geopolítica profundamente diferente de aquella que existía cuando fueron creadas después de la Segunda Guerra Mundial.
Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con Lula en innumerables cuestiones, podemos cuestionar sus políticas económicas, sus decisiones internas, sus prioridades sociales o incluso determinados aspectos de su política exterior, porque precisamente eso forma parte de la democracia; lo que resulta mucho más preocupante es que la polarización nos haya llevado a un punto en el que una parte de la sociedad parece incapaz de reconocer la relevancia de una determinada posición simplemente porque quien la pronuncia pertenece al campo político que considera adversario.
La reforma de la gobernanza internacional, por ejemplo, no es una invención de un gobierno brasileño ni una reivindicación exclusiva de la izquierda latinoamericana. La propia estructura de las Naciones Unidas refleja un equilibrio de poder construido en 1945, en un mundo que ya no existe, y desde hace décadas existe un debate internacional sobre la necesidad de ampliar la representación de regiones y países que han adquirido un peso económico, demográfico y político considerablemente mayor. África continúa reivindicando una representación permanente en el Consejo de Seguridad, mientras países como Brasil, India, Japón y Alemania forman parte desde hace años del debate sobre una eventual ampliación de su composición.
Por eso, cuando Brasil defiende una reforma de la gobernanza internacional, no debería ser interpretado automáticamente como un gesto partidista, sino como parte de una discusión mucho más amplia sobre qué tipo de sistema internacional queremos construir para el siglo XXI. Podemos discutir cuál debería ser la reforma, qué países deberían estar representados, qué competencias deberían tener las instituciones internacionales o incluso si determinadas propuestas son viables, pero resulta difícil sostener que el mundo de 2026 pueda continuar siendo representado indefinidamente por las mismas estructuras de poder diseñadas para el mundo de 1945.
Y aquí llegamos a una palabra que, en Brasil, parece haber sido secuestrada por la disputa política: soberanía.
Defender la soberanía brasileña no significa ser enemigo de Estados Unidos, de China, de Europa o de cualquier otra potencia; tampoco significa defender el aislamiento internacional ni rechazar la cooperación, el comercio o las alianzas estratégicas. Significa, simplemente, reconocer que un Estado soberano debe conservar la capacidad de tomar sus propias decisiones de acuerdo con sus intereses nacionales - intereses estos que también reflejan la oposición como formuladora de opinión y representante de grupos de interés - negociando con otros países desde una posición de autonomía y no aceptando que una potencia extranjera determine unilateralmente aquello que debe ser considerado bueno o malo para su propia sociedad.
Esto debería ser evidente para cualquier persona que comprenda mínimamente cómo funcionan las relaciones internacionales. Estados Unidos defiende los intereses de los ciudadanos estadounidenses, China defiende los intereses chinos, India defiende los intereses indios, los países europeos defienden sus propios intereses y Brasil, independientemente de quién ocupe el Palacio del Planalto, debería tener la capacidad de definir qué considera prioritario para los brasileños.
Esto no constituye una declaración de hostilidad hacia Estados Unidos. Al contrario, las relaciones internacionales maduras no se construyen a partir de la hostilidad permanente, sino de la capacidad de reconocer que incluso los países amigos tienen intereses propios que pueden coincidir con los nuestros en determinados momentos y divergir en otros. Brasil puede mantener una relación estratégica con Washington sin subordinar su política exterior a Washington, del mismo modo que puede ampliar sus relaciones con China sin transformar Beijing en el centro de sus decisiones internacionales, puede profundizar sus vínculos con Europa, fortalecer sus relaciones con África y ampliar su presencia en Asia sin convertir su diplomacia en una extensión de los intereses de ninguna otra potencia. Y nadie mejor que Lula para saber de esto...
Eso debería ser una cuestión de Estado, no una cuestión de partido.
El problema es que la polarización ha llegado a un nivel en el que incluso la defensa de intereses nacionales relativamente elementales es interpretada a través del filtro de la disputa ideológica. Si Lula defiende una determinada posición internacional, algunos sienten la necesidad de rechazarla simplemente porque la defendió Lula; si un gobierno extranjero critica una decisión brasileña, otros sienten la necesidad de asumir automáticamente esa crítica como legítima porque coincide con su propia visión política. De esta manera, dejamos de preguntarnos qué posición protege mejor los intereses del país y comenzamos a preguntarnos únicamente qué posición favorece al grupo político con el que nos identificamos.
Esta es una de las formas más peligrosas de alienación política: cuando nuestra percepción de la realidad deja de construirse a partir de hechos, datos y argumentos y comienza a construirse exclusivamente a partir de la identidad de quien está hablando.
El fenómeno es particularmente visible en las redes sociales, donde millones de personas reciben diariamente una versión del mundo construida por algoritmos que premian la indignación, la confrontación y la confirmación de nuestras propias convicciones. Poco importa si una información está documentada por instituciones reconocidas, si existe evidencia estadística o si los datos contradicen nuestras percepciones; cuando una determinada narrativa confirma aquello que ya creemos, tendemos a aceptarla con una facilidad que difícilmente tendríamos si esa misma información cuestionara nuestras posiciones.
Y la realidad brasileña, como casi siempre, es mucho más compleja que la narrativa de cualquiera de los dos extremos.
Brasil continúa fuera del Mapa del Hambre de la FAO, después de haber reducido de manera significativa la prevalencia de la subalimentación; en 2025 registró una tasa anual de desempleo del 5,6 %, la menor de la serie histórica iniciada en 2012, con 103 millones de personas ocupadas, mientras que el agronegocio alcanzó los 169.200 millones de dólares en exportaciones y el país continuó ampliando y diversificando sus mercados internacionales.
Estos datos no significan que Brasil haya resuelto sus problemas, porque evidentemente no los ha resuelto. Seguimos enfrentando desigualdades profundas, problemas de seguridad pública, deficiencias educativas, dificultades de infraestructura, desigualdades regionales, desafíos fiscales, precariedades sociales y una enorme agenda pendiente de desarrollo económico, tecnológico y humano.
Pero reconocer estos avances no obliga a abandonar la crítica, del mismo modo que señalar los problemas existentes no debería obligarnos a negar aquello que está funcionando.
Una sociedad democrática madura debería ser capaz de hacer ambas cosas simultáneamente: reconocer los avances sin convertirlos en propaganda y señalar los problemas sin transformar cada dificultad en una prueba de que todo está fracasando.
Y quizás sea precisamente esa capacidad de mirar el país en toda su complejidad la que estamos perdiendo.
Porque Brasil no es Lula, pero tampoco es Bolsonaro. Brasil no es el Partido de los Trabajadores, pero tampoco es la oposición. Brasil no es la izquierda, pero tampoco es la derecha. Brasil no es el agronegocio, ni la industria, ni los trabajadores, ni los empresarios, ni las universidades, ni las periferias, ni las grandes ciudades, ni las pequeñas comunidades rurales; Brasil es la combinación contradictoria, desigual y extraordinariamente diversa de todas esas realidades.
Brasil es São Paulo y Amazonas, es el Nordeste y el Centro-Oeste, es la industria tecnológica y la agricultura familiar, es el empresario que exporta y el trabajador que depende de su salario, es la universidad pública y la empresa privada, es la periferia y el centro financiero, es la juventud que exige nuevas oportunidades y la población mayor que construyó buena parte del país que tenemos hoy.
Brasil es, precisamente, esa enorme diversidad que ninguna fuerza política puede representar por completo.
Por eso, quizás deberíamos dejar de pensar que la política consiste exclusivamente en descubrir quién tiene razón y comenzar a preguntarnos qué necesita el país para avanzar, porque una democracia no se fortalece cuando todos pensamos igual, sino cuando somos capaces de convivir con nuestras diferencias sin convertirlas en una guerra permanente contra quienes piensan de otra manera.
La oposición tiene un papel fundamental en una democracia, y su función no es simplemente esperar el fracaso del gobierno para demostrar que tenía razón, sino contribuir a formular alternativas, fiscalizar, cuestionar decisiones y, cuando sea necesario, defender intereses nacionales que incluso pueden coincidir con aquellos defendidos por el gobierno. Del mismo modo, un gobierno democrático debería comprender que la crítica no es necesariamente una amenaza y que una sociedad saludable necesita oposición, prensa libre, instituciones independientes y ciudadanos capaces de cuestionar el poder.
Porque el Brasil no pertenece al gobierno, pero tampoco pertenece a la oposición; pertenece a los brasileños.
Y quizás esta sea una de las reflexiones más importantes que deberíamos recuperar antes de cada elección: no estamos eligiendo simplemente entre personas, partidos o narrativas, estamos decidiendo qué proyecto de país queremos construir y qué lugar queremos ocupar en un sistema internacional en transformación.
Podemos tener diferentes respuestas para esa pregunta, y debemos tenerlas. Podemos defender modelos económicos diferentes, prioridades sociales diferentes, estrategias diplomáticas diferentes y visiones diferentes sobre el papel del Estado. Eso es democracia. Lo que no deberíamos hacer es permitir que nuestras diferencias políticas nos hagan olvidar que todos esos debates ocurren dentro del mismo país... Nuestra soberanía no es negociable...
Porque cuando Brasil se divide entre “los nuestros” y “los otros”, cuando dejamos de reconocer cualquier mérito en quien piensa diferente y cuando aceptamos que una potencia extranjera defina qué debe ser considerado un interés legítimo para nuestra sociedad, perdemos algo mucho más importante que una discusión electoral: perdemos la capacidad de pensar estratégicamente como nación.
Nadie debería exigir que los brasileños estén de acuerdo sobre el futuro del país.
Pero deberíamos ser capaces de estar de acuerdo en algo mucho más básico: el futuro de Brasil debe ser decidido por los brasileños.
Brasil debe tener amigos en todo el mundo, debe comerciar con todos aquellos que quieran comerciar con él, debe cooperar con todas las naciones con las que pueda construir intereses comunes y debe mantener abiertas sus puertas al diálogo internacional; pero precisamente para hacer todo eso de manera soberana, necesita conservar la capacidad de decidir por sí mismo qué considera mejor para su sociedad.
Porque ningún gobierno estadounidense, chino, europeo, ruso o de cualquier otra potencia se despierta cada mañana preguntándose qué será mejor para Brasil. Cada uno de ellos tiene, legítimamente, sus propios intereses nacionales.
Nos corresponde a nosotros defender los nuestros.
Y quizás haya llegado el momento de comprender que soberanía no significa elegir un bando contra otro, sino conservar la libertad suficiente para dialogar con todos, cooperar con muchos y, cuando sea necesario, decir que no.
No necesitamos un Brasil que piense igual. Necesitamos un Brasil que, incluso en medio de sus profundas diferencias, sea todavía capaz de pensar en sí mismo.
Porque antes de ser izquierda o derecha, gobierno u oposición, somos un país.
Y quizá sea precisamente eso lo que estamos olvidando.
Volver a pensar como Brasil.

Wesley Sá Teles Guerra es especialista en internacionalización, cooperación internacional y paradiplomacia, con una sólida formación académica en instituciones de referencia internacional. Es fundador del CERES – Centro de Estudos das Relações Internacionais en Brasil y actualmente se desempeña como gestor del Fondo de Cooperación Triangular entre Europa, América Latina y África en la Secretaria General Iberoamericana, con sede en Madrid.
A lo largo de su trayectoria académica y profesional, realizó estudios en el Centre de Promoció Econòmica de Barcelona en Negociaciones Internacionales; en la Fundação Escola de Sociologia e Política de São Paulo en Relaciones Internacionales y Ciencia Política; en la Universidade da Coruña (UDC), donde cursó el Máster en Políticas Sociales y Migraciones; en el Massachusetts Institute of Business, donde obtuvo un MBA en Marketing Internacional; en la Universitat Carlemany, con Máster en Smart Cities; en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), en Gestión de Fondos y Proyectos Europeos; y actualmente es doctorando en Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
Es autor de las obras Cadernos de Paradiplomacia, Paradiplomacy Reviews y Manual de sobrevivência das Relações Internacionais. Participa regularmente en foros internacionales sobre ciudades inteligentes, gobernanza global y paradiplomacia, y también ha sido comentarista invitado en la CBN Recife. Fue finalista del Premio ABANCA de Investigación Académica e integra redes y plataformas internacionales como CEDEPEM, ECP, Smart Cities Council y REPIT, manteniendo una participación activa en iniciativas internacionales vinculadas a la cooperación, la innovación y la gobernanza.






Comentarios