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¿Está el Gobierno Trump 2.0 en crisis? Guerra, fragmentación doméstica y los límites de la guerra de distracción

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  • hace 2 horas
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Júlia Saraiva

La coyuntura política de los Estados Unidos en el segundo gobierno de Donald Trump evidencia un escenario de creciente tensión entre la política exterior y la dinámica doméstica, marcado por la superposición de crisis institucionales, fragmentación intraélite y cuestionamientos a la legitimidad gubernamental. Lejos de representar un episodio aislado, este escenario se inserta en un proceso más amplio de transformación de la política estadounidense, en el que la erosión de consensos tradicionales —especialmente en el ámbito de la política exterior— altera profundamente los mecanismos de coordinación entre el Ejecutivo, el Legislativo y la opinión pública. En este contexto, el análisis del compromiso militar externo, la reacción del Congreso, la reaparición del caso Jeffrey Epstein y la hipótesis de instrumentalización de la política exterior como estrategia de distracción se vuelve central para comprender los contornos y los límites de la crisis en curso.


La escalada militar que involucra a Irán constituye uno de los principales vectores de inestabilidad. La conducción de estas acciones por parte del Ejecutivo ha sido ampliamente cuestionada en el Congreso, reflejando no solo divergencias partidarias, sino también una inflexión más profunda en la relación entre los poderes. Como señalan análisis del Council on Foreign Relations (2025), se observa un creciente esfuerzo del Legislativo por afirmar sus prerrogativas en lo relativo al uso de la fuerza, especialmente ante la percepción de una expansión unilateral del poder presidencial en materia de seguridad internacional desde el periodo posterior al 11 de septiembre. Esta dinámica indica una reconfiguración institucional relevante, en la que el Congreso busca recuperar centralidad en decisiones estratégicas tradicionalmente monopolizadas por el Ejecutivo.


El aspecto más significativo de este proceso, sin embargo, radica en el carácter bipartidista de la resistencia a la intervención militar. A diferencia de episodios como la Guerra de Irak, en los que se observó una amplia alineación entre demócratas y republicanos, el escenario actual revela una convergencia inédita entre sectores de ambos partidos contrarios a la escalada del conflicto. Este movimiento puede interpretarse a la luz del creciente cansancio bélico de la sociedad estadounidense y de la reconfiguración ideológica del Partido Republicano, cuya base electoral ha incorporado elementos de escepticismo respecto al intervencionismo externo. Como sostiene Oliver Stuenkel (2023), la política exterior de los Estados Unidos viene siendo progresivamente tensionada por dinámicas domésticas que reducen el margen de maniobra del Ejecutivo y encarecen la sostenibilidad de compromisos militares prolongados.


Paralelamente, el resurgimiento del caso Jeffrey Epstein añade una dimensión adicional de inestabilidad, al exponer fracturas en el seno de las élites políticas y económicas. La presión por la transparencia, impulsada por distintos sectores del espectro político, contribuye a intensificar la percepción de una crisis sistémica, en la medida en que refuerza narrativas de connivencia entre el poder político y los intereses privados. De acuerdo con la cobertura del Financial Times (2025) y de The New York Times (2026), el caso trasciende la lógica tradicional de los escándalos partidarios, afectando simultáneamente a actores de distintas afiliaciones ideológicas y dificultando las estrategias de contención narrativa por parte del gobierno. En este sentido, el episodio actúa como catalizador de una crisis de legitimidad más amplia, al alimentar una desconfianza generalizada hacia las instituciones.


Es en este contexto donde la teoría de la “diversionary war” adquiere relevancia analítica. Desarrollada a partir de estudios clásicos de Jack Levy (1989), esta perspectiva sostiene que los líderes políticos, ante presiones domésticas, pueden recurrir a conflictos externos como forma de desviar la atención de la opinión pública, fortalecer la cohesión interna y recuperar apoyo político. El mecanismo central de esta estrategia reside en el denominado efecto “rally around the flag”, mediante el cual la percepción de una amenaza externa tiende a generar un apoyo temporal al liderazgo nacional.


Sin embargo, la aplicación de esta lógica al contexto contemporáneo de los Estados Unidos exige cautela analítica. Aunque es posible identificar correlaciones entre momentos de intensificación de crisis internas —como el avance de las investigaciones relacionadas con el caso Epstein— y la escalada de la retórica y de las acciones militares, los efectos esperados de la diversionary war parecen significativamente atenuados. En primer lugar, la fragmentación del sistema político reduce la capacidad de construir consensos nacionales en torno a amenazas externas. La ausencia de alineamiento bipartidista compromete el potencial movilizador del conflicto, transformando la guerra en objeto de disputa política interna, y no en un factor de cohesión.


En segundo lugar, la transformación del ecosistema informativo, marcada por la polarización y la multiplicidad de fuentes de información, limita la capacidad del gobierno para controlar la agenda pública. Como observa Fernanda Magnotta (2024), la política exterior estadounidense contemporánea opera en un entorno comunicacional fragmentado, en el que narrativas en competencia disputan legitimidad de forma continua. En este contexto, los intentos de redirigir la atención pública mediante crisis externas enfrentan obstáculos estructurales que no estaban presentes en periodos anteriores.


En tercer lugar, la propia experiencia histórica reciente de los Estados Unidos —marcada por intervenciones prolongadas y resultados ambiguos en Oriente Medio— contribuye a reducir la receptividad social a discursos de movilización externa. Como argumenta Cristina Pecequilo (2022), la legitimidad de las acciones internacionales de EE. UU. depende cada vez más de su capacidad para demostrar resultados concretos y coherencia estratégica, lo que se vuelve más difícil en contextos de elevada contestación interna.


De este modo, el intento de utilizar la política exterior como mecanismo de distracción se revela no solo limitado, sino potencialmente contraproducente. En lugar de producir cohesión, la guerra tiende a profundizar las divisiones internas, ampliando los conflictos entre el Ejecutivo y el Legislativo y exacerbando tensiones dentro de las propias bases partidarias. Este proceso contribuye a caracterizar la coyuntura actual como una crisis de legitimidad, en la que el gobierno enfrenta crecientes dificultades para sostener el apoyo político y coordinar su agenda estratégica.


Aun así, es importante destacar que la presencia de estos elementos no implica necesariamente un escenario de colapso institucional inminente. El sistema político estadounidense mantiene mecanismos de resiliencia que dificultan rupturas abruptas, y el presidente continúa contando con un apoyo significativo de su base electoral. La posibilidad de sustitución política —ya sea mediante un impeachment o la activación de la 25ª Enmienda— permanece condicionada a la formación de consensos entre las élites políticas, un escenario que, en el contexto actual de polarización, resulta poco probable. Nombres como J. D. Vance y Ron DeSantis aparecen como posibles alternativas, pero la fuerte personalización del Partido Republicano en torno a Trump constituye un obstáculo significativo para la emergencia de liderazgos sustitutos.


Ante este panorama, el gobierno Trump 2.0 puede interpretarse como un arreglo político en proceso de desgaste progresivo, en el que la superposición de crisis internas y externas limita la capacidad de acción del Ejecutivo sin, no obstante, producir una ruptura inmediata. La teoría de la diversionary war, al aplicarse a este contexto, revela no solo su potencial explicativo, sino también sus límites, evidenciando que la eficacia de esta estrategia depende de condiciones específicas —como la cohesión interna, el control narrativo y la legitimidad institucional— que se encuentran significativamente debilitadas en los Estados Unidos contemporáneos.


Referencias Bibliográficas


Jack Levy, J. (1989). The Diversionary Theory of War: A Critique.

Council on Foreign Relations (2025–2026). Congressional War Powers and U.S. Foreign Policy.

Brookings Institution (2025). Polarization and American Foreign Policy.

Carnegie Endowment for International Peace (2025). Domestic Constraints on U.S. Global Strategy.

Financial Times (2025–2026). Cobertura sobre la crisis política en EE. UU.

The New York Times (2025–2026). Cobertura sobre el caso Epstein.

Cristina Pecequilo (2022). Política Exterior de los Estados Unidos.

Oliver Stuenkel (2023). El Mundo Post-Occidental.

Fernanda Magnotta (2024). Análisis sobre política exterior y comunicación política en EE. UU.


Júlia Saraiva

Licenciada en Relaciones Internacionales por UniLaSalle-RJ y actualmente cursa un posgrado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la FAAP. Su investigación académica se centra en las políticas de Estados Unidos y Oriente Medio, con énfasis en la influencia de los lobbies, las estrategias militares y las relaciones diplomáticas en la región. Es investigadora del Centro de Estudios de Relaciones Internacionales (CERES) y trabaja como consultora en internacionalización de empresas.

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