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La Gran Retirada: Cómo Trump Desmantela la Cooperación Internacional y Redefine el Orden Mundial a Su Favor

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    CERES
  • hace 2 horas
  • 4 Min. de lectura

El pasado 7 de enero, Donald Trump firmó una declaración que anunciaba la salida de Estados Unidos de 66 instituciones internacionales, de las cuales 32 forman parte del denominado “sistema ONU”. Este movimiento no constituye un hecho aislado ni una excentricidad coyuntural, sino la continuidad de una estrategia política claramente definida: una cruzada abierta contra el multilateralismo, la cooperación internacional y cualquier forma de gobernanza global que limite la capacidad de acción unilateral de Washington.


Entre las instituciones afectadas figuran organismos de enorme peso simbólico y estratégico, como el Foro Global de Contraterrorismo, el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el Fondo de las Naciones Unidas para la Democracia, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, así como plataformas especializadas como ONU-Océanos y ONU-Agua. No se trata, por tanto, de organismos secundarios, sino de pilares fundamentales de la arquitectura institucional que ha sostenido el orden internacional contemporáneo.


Esta retirada masiva evidencia una contradicción central en el discurso político estadounidense de las últimas décadas: la supuesta vocación de liderazgo global basada en valores como la democracia, la cooperación, la estabilidad y el desarrollo sostenible. Cuando una potencia abandona los principales espacios de concertación internacional, no solo renuncia a influir en ellos, sino que debilita los mecanismos colectivos diseñados para gestionar problemas que, por definición, no reconocen fronteras: el cambio climático, la seguridad global, las crisis humanitarias o la protección de los bienes comunes planetarios.


La idea de que Estados Unidos actúa como garante del orden internacional y benefactor del mundo ya no es solo una falacia: es una contradicción evidente. No existe liderazgo sin responsabilidad, ni soberanía sin interdependencia. En un planeta profundamente conectado, el aislacionismo no es neutral; es una forma activa de desestabilización. Aun así, buena parte de la opinión pública sigue sin comprender el papel real de las instituciones internacionales. Se acusa con frecuencia a la ONU de no actuar ante guerras, dictaduras o crisis humanitarias, sin tener en cuenta que no es un gobierno mundial ni un organismo con poder coercitivo. La ONU es, ante todo, un espacio de diálogo entre Estados, no un hegemón global ni una autoridad supranacional. Exigirle que funcione como una policía internacional es tan absurdo como pedirle a una sala de reuniones que resuelva un conflicto familiar: se confunde el foro con el poder.


Lo más revelador de este proceso es que las críticas ya no proceden únicamente de sectores progresistas, multilaterales o tradicionalmente críticos con Washington. Incluso figuras de la ultraderecha internacional —habitualmente cercanas al discurso de Trump— han comenzado a manifestar inquietud ante el desprecio sistemático por los principios básicos del derecho internacional. Marine Le Pen, líder del Rassemblement National francés, se ha posicionado públicamente en contra de la gestión estadounidense en episodios recientes, como el polémico caso de la detención de Nicolás Maduro. Y lo ha hecho no como un respaldo político al líder venezolano, sino como una defensa explícita del principio de soberanía estatal y del orden jurídico internacional.


En sus declaraciones, Le Pen subrayó que la soberanía de los Estados es un principio inviolable, independientemente de su tamaño, poder o alineamientos ideológicos, y advirtió que permitir excepciones interesadas hoy equivale a aceptar la propia subordinación mañana. Su postura, paradójica para muchos, revela hasta qué punto la estrategia estadounidense está desbordando incluso los márgenes ideológicos que solían respaldarla. Cuando la ultraderecha europea invoca el derecho internacional frente a Washington, algo se ha fracturado en el relato hegemónico.


Más preocupante aún es el impacto geopolítico de esta política. Trump no solo ha mostrado indiferencia hacia los mecanismos multilaterales, sino también hacia sus propios aliados históricos. Sus declaraciones sobre Groenlandia, su tono confrontacional con Europa y su desprecio por los consensos transatlánticos revelan una visión puramente instrumental de las relaciones internacionales, donde incluso las alianzas estratégicas se subordinan a una lógica de dominación y ventaja inmediata.


Este enfoque no persigue el fortalecimiento del sistema internacional, sino su reconfiguración bajo una lógica de poder desnudo: bilateral, transaccional y jerárquica. En lugar de normas compartidas, imposición; en lugar de cooperación, presión; en lugar de gobernanza, confrontación.


Lo que se dibuja, en última instancia, es un proyecto de retorno a una idea anacrónica de hegemonía: un mundo en el que Estados Unidos no lidera mediante el consenso, sino mediante la fuerza; no inspira, sino que impone; no coopera, sino que condiciona. Bajo esta lógica, el “interés nacional” se convierte en un eufemismo para justificar el desmantelamiento de los equilibrios colectivos que han sostenido —con todas sus imperfecciones— la estabilidad global desde el final de la Segunda Guerra Mundial.


La gran pregunta no es si este modelo es viable, sino cuánto daño colateral producirá antes de colapsar. Porque la historia demuestra que cuando las grandes potencias abandonan los espacios de diálogo, no emergen soluciones, sino vacíos de poder. Y los vacíos, tarde o temprano, siempre se llenan.




Wesley Sá Teles Guerra es experto en cooperación internacional y paradiplomacia, con una sólida formación en instituciones de referencia internacional. Es fundador del Centro de Estudos das Relações Internacionais (CERES) en Brasil y actualmente se desempeña como gestor del Fondo de Cooperación Triangular entre Europa, América Latina y África en la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), con sede en Madrid.

A lo largo de su trayectoria, ha cursado estudios en instituciones como el CPE de Barcelona (Negociaciones Internacionales), la FESPSP (Relaciones Internacionales y Ciencia Política), la Universidad de A Coruña – UDC (Máster en Políticas Sociales y Migraciones), el MIB de Massachusetts (MBA en Marketing Internacional), la Universidad de Andorra (Máster en Smart Cities) y es doctorando en Sociología en la UNED (España).

Es autor de los libros Cadernos de Paradiplomacia, Paradiplomacy Reviews y Manual de sobrevivência das Relações Internacionais. Participa regularmente en foros internacionales sobre ciudades inteligentes, gobernanza global y paradiplomacia, y ha sido comentarista invitado en la emisora CBN Recife. También fue finalista del Premio ABANCA de investigación académica. Además, integra redes y plataformas como CEDEPEM, ECP, Smart Cities Council y REPIT, con una activa participación en el ámbito internacional.

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