Quién ganó la guerra? La construcción de una falsa narrativa estadounidense en la guerra contra Irán
- CERES

- hace 20 horas
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Wesley S.T Guerra
Más de cuarenta veces, el presidente Donald Trump anunció que un acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán estaba cerca. Con cada nueva declaración, los mercados internacionales reaccionaban casi de inmediato. Los precios del petróleo se disparaban o se desplomaban, las bolsas de valores fluctuaban y los analistas intentaban interpretar cuál sería el siguiente movimiento de la Casa Blanca. El anuncio final tuvo lugar durante la visita de Trump al Palacio de Versalles, aprovechando su participación en una controvertida cumbre del G7 en Francia. Para Washington, era el final de una guerra victoriosa. Pero, ¿realmente ganó Estados Unidos?
La respuesta depende mucho menos de la narrativa construida por la Casa Blanca que de los resultados concretos observados tras el conflicto.
Para el electorado de Trump, la guerra se convirtió en otro ejemplo de la supuesta capacidad de Donald Trump para “resolver conflictos” sin intervenciones militares prolongadas. La retórica fue cuidadosamente construida para proyectar la imagen de un líder fuerte, capaz de imponer su voluntad a los adversarios y restablecer la paz mundial. Se trata de una narrativa políticamente eficaz, especialmente en vísperas de las elecciones de medio mandato, cuando la popularidad presidencial depende cada vez más de la percepción pública del éxito.
Sin embargo, fuera del entorno político interno de Estados Unidos, la percepción es significativamente diferente.
Al final del conflicto, Irán se encuentra, en términos estratégicos, muy cerca de la posición que ocupaba antes de la guerra. El país ya había mostrado disposición a negociar límites a su programa nuclear, mientras que el estrecho de Ormuz permanecía abierto a la navegación internacional. La guerra no alteró sustancialmente estos dos elementos centrales.
Por el contrario, el conflicto produjo efectos inesperados.
El primero fue la demostración práctica de la capacidad de Irán para controlar el estrecho de Ormuz. Aunque la navegación fue restablecida, parte de la región sigue afectada por minas navales y requiere un monitoreo internacional continuo para garantizar la seguridad de los buques. El episodio puso de relieve que Irán sigue siendo capaz de amenazar una de las rutas energéticas más importantes del mundo siempre que lo considere necesario.
El segundo efecto fue político. Varios países del Golfo observaron que, a pesar de la presencia militar estadounidense en la región, la protección ofrecida por Washington tiene límites muy claros. En un posible conflicto a gran escala, los intereses de Estados Unidos no siempre coinciden con las necesidades de seguridad de sus aliados. Esta percepción tiende a fomentar políticas exteriores más autónomas y diversificadas entre los Estados de la región.
En el ámbito interno, el régimen iraní también salió menos debilitado de lo que muchos analistas habían previsto.
Antes de la guerra, las sanciones económicas y el estancamiento venían erosionando lentamente la legitimidad del gobierno ante parte de la población. Sin embargo, la muerte del ayatolá se convirtió rápidamente en un símbolo nacional. La cultura del martirio, profundamente arraigada en la tradición religiosa y política iraní, reforzó el sentimiento nacionalista y proporcionó al régimen una inesperada recuperación de legitimidad y renovación justo en un momento de creciente tensión interna.
Paradójicamente, la guerra pudo haber dado al gobierno iraní un nuevo impulso político.
En el plano internacional, las ganancias estadounidenses también parecen limitadas. Washington logró movilizar a parte de la comunidad internacional en torno a su estrategia de contención de Irán, pero al coste de aumentar las tensiones diplomáticas, profundizar las divisiones entre aliados y colocar a Israel en una posición cada vez más radicalizada ante la opinión pública mundial. La creciente polarización en torno a la política israelí se convirtió en uno de los efectos indirectos más relevantes del conflicto.
La propia narrativa de Trump también merece atención.
El presidente afirma con frecuencia haber puesto fin a nueve guerras a lo largo de su carrera política. Sin embargo, su política exterior ha estado marcada por sucesivas crisis internacionales, amenazas a aliados tradicionales, presiones para aumentar el gasto militar de los miembros de la OTAN y una diplomacia basada en la coerción económica. Aunque sus seguidores interpretan estas medidas como demostraciones de fuerza, muchos observadores internacionales ven lo contrario: una creciente inestabilidad del orden internacional construido tras la Guerra Fría.
Mientras tanto, Irán podría acceder a nuevos mecanismos financieros internacionales destinados a la reconstrucción económica. Conviene recordar que, durante parte de la primera década de este siglo, antes del endurecimiento de las sanciones relacionadas con su programa nuclear, la economía iraní registraba tasas de crecimiento entre el 4% y el 7% anual. Si algunas restricciones se flexibilizan efectivamente, Teherán podría recuperar gradualmente su capacidad económica.
¿Significa esto que Irán ganó?
Tampoco.
El país sufrió pérdidas humanas, daños económicos y sigue sujeto a severas limitaciones impuestas por el sistema internacional. La guerra no representó una victoria militar clásica para ninguna de las partes. Pero, sin duda, representó una renovación para Irán.
Quizás el mayor ganador haya sido solo la imaginación estadounidense…
Al proclamar una victoria absoluta, Donald Trump busca ofrecer al votante estadounidense una narrativa sencilla: Estados Unidos derrotó a su adversario, restableció la paz y reafirmó su liderazgo global. Sin embargo, las relaciones internacionales rara vez siguen guiones tan lineales.
La historia ofrece numerosos ejemplos de guerras presentadas como grandes victorias que, años después, revelaron resultados muy diferentes. La guerra de Vietnam sigue siendo el caso más emblemático, aunque Hollywood vende la imagen de una victoria estadounidense; en realidad, Estados Unidos nunca ganó el conflicto. Incluso la Segunda Guerra Mundial, a menudo utilizada como referencia absoluta del triunfo militar estadounidense, fue mucho más una victoria de los comunistas soviéticos —tanto que produjo consecuencias geopolíticas mucho más complejas que la simple derrota de las potencias del Eje—, redefiniendo completamente el equilibrio internacional e inaugurando décadas de Guerra Fría.
En geopolítica, ganar una guerra no significa simplemente derrotar militarmente al adversario. Significa alcanzar objetivos estratégicos a largo plazo.
Desde esta perspectiva, aún es demasiado pronto para afirmar que Washington ha ganado. Los acontecimientos sugieren precisamente lo contrario: Estados Unidos obtuvo una importante victoria narrativa ante parte de su opinión pública interna —especialmente el electorado de derecha y extrema derecha, que suele ser reacio a contrastar información alternativa—, mientras que Irán preservó gran parte de su capacidad estratégica y política.
Quizás la mayor batalla de esta guerra nunca tuvo lugar en el campo militar, sino en el terreno de la información. Y, como tantas veces en la historia, las narrativas pueden ocupar titulares; los resultados concretos, en cambio, son mucho más difíciles de fabricar.

Wesley Sá Teles Guerra es especialista en internacionalización, cooperación internacional y paradiplomacia, con una sólida formación académica en instituciones de referencia internacional. Es fundador del CERES – Centro de Estudios de Relaciones Internacionales, en Brasil, y actualmente se desempeña como gestor del Fondo de Cooperación Triangular entre Europa, América Latina y África en la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), con sede en Madrid.
A lo largo de su trayectoria académica y profesional, realizó estudios en el Centre de Promoció Econòmica de Barcelona en Negociaciones Internacionales; en la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo (FESPSP) en Relaciones Internacionales y Ciencia Política; en la Universidad de A Coruña (UDC), donde cursó el Máster en Políticas Sociales y Migraciones; en el Massachusetts Institute of Business, donde obtuvo un MBA en Marketing Internacional; en la Universitat Carlemany, donde cursó el Máster en Smart Cities; en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) en Gestión de Fondos y Proyectos Europeos; y actualmente es doctorando en Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España.
Es autor de las obras Cadernos de Paradiplomacia, Paradiplomacy Reviews y Manual de Sobrevivência das Relações Internacionais. Participa regularmente en foros internacionales sobre ciudades inteligentes, gobernanza global y paradiplomacia, además de haber sido comentarista invitado en CBN Recife. Fue finalista del Premio ABANCA de Investigación Académica e integra redes y plataformas internacionales como CEDEPEM, ECP, Smart Cities Council y REPIT, manteniendo una participación activa en iniciativas internacionales vinculadas a la cooperación, la innovación y la gobernanza.





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